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Qué ancestro lloró tardes e imantó una birome
para escribir como yo
alguna carta de amor.
Yo me escondo de los locos
que ladramos al cenit.
Nuestras milongas abiertas
de fe.
Una cercana montaña
dialoga en todo saber
con nieves de la demencia
que es.
Qué prisión de amor y cielo…
Podados árboles vieron
mi ser.
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Fue entonces…

Una vaca lamió a un gato cojo y lo convirtió en cordero. En los países serios las ratas devoran a los gatos. Y las moscas convierten en orina a los hombres. Todo eso me lo contó el Trauco para agradecerme por darle cabida en mi literatura. Fue entonces que salí a caminar bajo una lluvia torrencial.

La fuente

Nunca me olvidé de La Fuente. La dejé en un cuadrado marciano de mi mente para que el tiempo no me matara. Apagué el televisor y prendí fuego mi alma con la antorcha del triunfo triste. Y brindé por Agustín el valiente. Millones de palomas salieron volando en todo el universo.

Un huracán

Un huracán me expulsó de la atmósfera. Me cremé a mí mismo y pasé siglos leyendo recetas de cocina. Después, en el sinfín, descorché un champagne a la salud de la Tierra.

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Las soledades de viento-mar
bosquejan una pradera azul
por la que te busco
mientras mi universo se destruye 
para reconstruirse en viento-mar.
Los galeones que otrora me cantaran
un hueco -también azul- en el alma
hoy me desean felicidades
desde un chisporroteante proverbio.
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