Vídeo de Carlos Fuentes: una clase magistral

A la memoria de Carlos Fuentes, uno de los grandes de la literatura universal. Si ves este vídeo del maestro y no se te ponen los pelos de punta mírate bien a ver si se te escapó el alma y no te diste cuenta. Pero no se ha ido: permanece, no lo sientes. Descanse en paz y memoria eterna para su obra.

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Mari Carmen, muchas gracias por comprarme un ejemplar en papel de La ciudad de un billón de sueños. ¡Ha sido un detallazo! El libro ya está aquí y Rubén te lo alcanzará en estos días. Va con sorpresa… ¡Un abrazo grande!

— Gracias a Mari Carmen

Paradojas de la crisis económica

¡Meloexpliquen!

Me gusta señalar que la obsesión informativa es un rasgo postmoderno para destacar que es una imposición ideológica, una creación cultural de esta época, que no sabemos qué dejará de bueno ni cuándo se producirá la revolución que dará paso a la siguiente. La paradoja es que, en este nuevo mundo donde se prestigia la posibilidad de acceder y recibir al instante la información, la misma está más controlada y es más sesgada.

No deja de ser, como se ha dicho tantas veces, un signo de inmadurez de los gobernantes -que, hasta donde yo sé, son personas como nosotros y no cabras, aunque siempre se cuele algún cabrón- que no confíen en que el pueblo, tal vez porque la palabra contiene aún un matiz peyorativo de “pueblerino” o “plebeyo” y se consideren élite, pueda asumir de forma responsable las consecuencias de un anuncio del tipo: quizás entremos en un “corralito” en unos meses, como augura el premio Nobel de Economía Paul Krugman. O bien: estaremos todavía una década por encima de los tres o cuatro millones de parados. El pueblo es capaz de salir a la calle y de articular ideas, soluciones, quejas -incluso de escribirlas en un blog-, pero ¿no puede asumir que el país se escora hacia la vía de Portugal, Italia… o tal vez Grecia? El pueblo puede asumir lo que tenga que asumir porque no creo que vayan a haber colas en Gibraltar para lanzarse desde El Peñón. Otra cosa son las quejas lícitas y sus demostraciones en manifestaciones o huelgas: hasta ahí podríamos llegar, que las manifestaciones de protesta del pueblo hacia sus dirigentes fuera suprimida -en ello andan, por cierto-. Y todo, tomando prestado el título del maravilloso espagueti-western de Sergio Leone, por un puñado de votos: ningún partido -ojo, el PSOE tampoco se suicidaría de esa forma- va a dar todas las noticias malas de golpe y, si puede ahorrarse alguna o camuflarla, mejor que mejor. Si nuestros gobernantes fueran más cabras que cabrones -me refiero en todo momento al macho cabrío, oiga- tal vez mejorarían las perspectivas sobre la imagen de nuestros políticos.

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El perfil público

Una de las consecuencias de este asunto de la publicación es que afecta a la privacidad. No debería sorprenderme tanto. Cuando visito el CAAM, o asisto a una actividad cultural, siento curiosidad por saber quién y cómo es al autor. Al menos, echar un vistazo a una foto reciente, como si su rostro o la ropa que llevara fueraN a explicarme las intuiciones de su obra y al verla dijera: “¡Ah, claro, ahora entiendo el collage y el azul degradado!”. Este interés por conocer a “quién es el que hizo algo” me temo que es consustancial a nuestra esencia y a nuestra época, que a veces parece que es lo mismo, pero no.

Uno de mis autores favoritos, Thomas Pynchon (1937) -El arco iris de gravedad es una genialidad-, mantiene un absoluto secreto sobre su identidad. No hay imágenes suyas, al menos desde las últimas décadas; no asiste a actos públicos, ni tan siquiera a los que ha sido premiado, y todo lo que se ha conseguido de él -hasta donde he podido averiguar- son imágenes de joven, como la de su anuario o vestido con el traje de la marina de los EE.UU. Esta ausencia voluntaria del foco público suele despertar más interés y ha dado pie a todo tipo de teorías, no sólo sobre su imagen actual sino, como sucede con Shakespeare, ¡sobre quién puede ser! Esta legítima postura la comparte Pynchon, en gran medida, con otro autor también celoso de su intimidad, aunque no hasta esos extremos: J.D. Salinger -El guardián entre el centeno-, con el que mantuvo correspondencia. Como imaginan, no pocos han querido ver a Pynchon como un álter ego de Salinger.

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