Menudo día más emocionante. Salimos en dirección a la zona de El Cebadal, en el norte de la capital, y llegamos a la altura de una nave, pasando la pescadería donde mis padres compran congelados.¡Aish! Qué rico el pescadito, ñam ñam.
Entramos en el garaje de la nave y miré a mi papá, que estaba serio, consultando su PDA. Para no ser menos, cogí mi I-Phone y me puse a trastear: ir a la carpeta de imágenes, verlas, darles la vuelta, y cosas así, hasta que pararon y me dijo de bajar.
Dentro del garaje, a pocos metros del coche, había una puerta, que el chófer abrió con una llave. Tras ella, la puerta de un ascensor. Entramos y, curiosamente, los números, en vez de subir, bajaban hasta el menos tres.
Al salir, había un bullicio extraordinario. Parecía un día de rebajas en El Corte Inglés -al que cobraré oportunamente por esta publicidad en cuanto sea famosa-. Era como una super mega oficina, llena de gente entrando y saliendo, con despachos de enormes cristaleras y las mesas y sillas separadas por módulos. Fuimos al final de la planta, doblamos a la derecha, y en vez de baño apareció un megadespacho de jefazo. Este sí tenía las ventanas tintadas. Entramos los tres: el jefe, mi papá y yo.
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7:14 a.m.
Me despierto y miro el despertador. Si he dormido solo, me estiro -sin deshacerme de la sábana- y cojo el portátil. El cuarto está oscuro. Me se revienta la próstata. No importa: enciendo el portátil -en modo suspendido-, me siento en la posición del loto pero sin cruzar las piernas y apoyado en la almohada y vuelvo a ver el icono de conexión en modo on. Mi alegría se desborda en un sospechoso movimiento culebril ahí, justo debajo del portátil. Mi sexualidad, bajo la presión de la internet. Descubro una ventaja del frikismo geek: los 2,3 kilos sobre mi diafragma no me dejan apenas respirar, pero quién necesita decir nada si puedo escribirlo.
7:45 a.m.
Yo sólo iba a revisar el correo antes de desayunarme, y entre pitos y flautas, digo, entre twitts y recuento de visitantes, me se va el tino. Pero a vel: porqué, ¡porqué!, ¡PORQUÉ! mi último artículo apenas ha tenido catorce votos, ¡catorce! “Yo soy tu amigo, te sigo en mi GReader, te visito siempre…”. Fariseos. Qué capacidad de sufrimiento tiene mi próstata.
8:10 a.m.
Portátil en modo suspendido en el cuarto, recién aseado, en la ducha -a lo Mercedes Milá, viendo mi agüita amarilla descendiendo en remolino- pensaba en qué se me había olvidado mirar, ¡y siempre me acuerdo de catorce o vientisiete cosas! Subo las persianas en mi despacho/oficina/cuarto para todo, con el portátil bajo el brazo. Todos los papeles y libros desperdigados sobre la mesa. Pongo el tazón de café y los corn flakes y meto cucharadas y cucharadas hasta reventar de fibra. Subo las persianas, abro las cortinas, abro la ventana. Me siento: eligiendo música en el Spotify, abriendo todas las pestañas de las cuatro cuentas de correos, abriendo blog, el GReader, que ya había revisado, ¡pero que hay que volver a revisar! ¡En los 35 minutos que llevo fuera puedo haber sumado votos, recibido comentarios, no descubrir un nuevo artículo interesantísimo del que rajar! Mi cuello me va a matar. En Spotify, Pop/Rock de los 70 al 2000, me sale un italiano que no canta como Franco Battiato. Genial. Nota: los cantantes italianos se dividen en Franco Battiato vs. todos los demás.
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Antes de hablar de mi opinión de la autoayuda, que me parece una mcdonalización de la psicología, que me merece todo el respeto -incluso la gestáltica, aunque no la comparta-, me gustaría definir el momento histórico actual a grandes rasgos. Contado, por supuesto, no desde el punto de vista de un profesional de la psicología, la autoayuda, el coaching -por cierto, ¿no hay traducción en español para esta palabra?-, etc., sino desde el del receptor de esa autoayuda, es decir, del consumidor final.
La posmodernidad, a menudo, se define como una reacción al modernismo. Uno de sus grandes problemas es la confluencia de varias corrientes. Así, suele decirse que en la posmodernidad existe, sobre todo, una apuesta por lo multicultural y por la integración de corrientes, de tal forma que se accede a un valor indefinido: “todo” es admisible en esa nueva modernidad contemporánea.
Así, el hombre posmoderno no se define por nada en particular. Ésta es la era en donde todo se vale, y de ahí que todo sea relativo: véase la literatura. Un autor -Murakami- escoge -After Dark- un intervalo horario y desarrolla una trama. Historias sueltas, inconexas, unidas por una idea temporal pero que, entre ellas, no existe una conexión que subyace en el texto y que una las historias. ¿Adónde fue el clásico “presentación, nudo y desenlace”? En la posmodernidad podemos recurrir a esto o no y, como otra característica de esta época, no tenemos que justificarlo. ¿Curioso, no?
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La melancolía de calles perdidas que huelen a mares
Gente que camina y luces de luz de barcos que parten
Si cierro los ojos puedo ver las calles por donde anduvimos
Y escuchar canciones que hablan del destino que nunca tuvimos
Pastora Vega, “Lejos de Lisboa”
Poema de Lisboa
El recepcionista buscaba un listín de teléfonos. Cuando lo encontró, bajo la pila de papeles y objetos impropios de la recepción, digamos un pisapapeles con una figura de un ruso borracho, un cubrecamisas con un olor penetrante a perfume barato, varias bolsas de plástico blanco anudadas con una cinta de embalar y unos botes de gel de baño vacíos, entre otras curiosidades, murmuró algo sobre amputarle las piernas a la chica de la limpieza. Luego abrió las páginas lentamente, verso a verso, y señaló con una uña más bien asquerosa una dirección. Marcó y al poco ¿Oiga? Llamo del St. Germain… Ya se pasa mi jefe mañana para solucionarlo… Sí… ¡No! Ahora no tengo tiempo… Colgó dando un golpe seco.
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Hay una habitación blanca y amplia –tanto que parece un loft- en la planta 32. La habitación está casi desnuda; tan sólo un cuadro de Chagall, La Virgen de la aldea, y una mujer de edad madura que acaba de entrar. Lleva jersey y minifalda –hasta la rodilla- blancos. Zapatos negros de charol. El cabello oculto bajo un pañuelo con motivos florales y los labios rojos, el rostro limpio. Gafas negras de Dior. Guantes negros y collar y pulsera de perlas gigantes y blancas. Es una mujer atractiva más que bella.
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España ha perdido con Estados Unidos 2-0 en la semifinales de la Copa Confederación. Y el debate sobre Aragonés y Del Bosque se aviva.
El periodismo deportivo de este país, bajo mi punto de vista, se mueve, desgraciadamente, en los afectos. Se aleja de la objetividad deportiva; los periodistas se convierten en forofos de sus equipos: Tomás Roncero, Pedro Pablo San Martín, Jose Luis Carazo, etc., y explican el deporte a través de la cercanía emocional a unos determinados colores. Se mueven, de continuo, en la justificación basada en el populismo para los males, y en la degradación del contrario aunque sólo sea para que las penas sean más llevaderas.
Tampoco se aleja demasiado, dirán, de los periodistas políticos, que se mueven en también en parámetros definidos según el periodista: Federico Jiménez Losantos, Enric Sopena, etc.
La cercanía y el obtener la primicia por parte de los que son foco de atención -entrenadores, jugadores- motivan afectos y desafectos. Desde que tengo uso de razón, el periodista alardeaba de ser amigo de tal o cual jugador, de llevarse bien con ésta y otra estrella, y uno elegía cadena en la que un periodista insinuaba que había metido los micrófonos dentro de las camisetas.
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Eran dos, y estaban solos en una famosa bocadillería de Vegueta. Ella había pedido una baguette y de beber, cerveza (existe una única cosa en el mundo que le guste más que una cerveza: dos); él, un sándwich y un appletiser de manzana. Aún no era la hora bruja; quedaban 31 campanadas para la medianoche.
Comenzaron a hablar de las redes sociales, de las bitácoras, de la blogosfera, de los artículos, de lo mal que escriben todos menos ellos, de cómo copian y pegan, de la avaricia desmedida, de encontrar a otros en los ránkings mientras eran ninguneados, de la rabia de no ser señalados en ningún listado de seguimiento recomendado, de la ausencia de talento; reconocieron que, cuando aparecían en la portada de las comunidades de bitácoras como los más votados, la vanidad era todo; la alegría era tan sólo equiparable al triplete del Barcelona o la desintegración molecular del plutonio en una explosión atómica.
¡Quiero que me lean a mí, a mí!, decían sentados en aquel bar, comiendo como cerdos -cada uno come como lo que es o representa-, mientras sus rostros se desfiguraban como el de Bilbo Bolsón en Rivendel, cuando exigió a Frodo que le dejara volver a ver el anillo de poder… Un manifiesto, susurraron en voz baja, para gobernarlos a todos, un manifiesto para encontrarlos, ¡un manifiesto para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas!
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Proust –el escritor del siglo XX junto con Joyce, Kafka y Freud-, que siempre fue por delante de nosotros –como hacen siempre los grandes genios-, escribió en En Busca del Tiempo Perdido: “Pues apenas toqué el primer botón de la bota […] El ser que venía en mi ayuda, que me salvaba de la sequedad del alma, era el que, años antes, en un momento de angustia y soledad idénticas, en un momento en que yo no tenía nada de mí, había entrado y me había vuelto a mí mismo, pues era yo y más que yo (el continente, que es más que el contenido y me lo traía)”.
Salvando que aquí Proust habla de su abuela, esta descripción se asemeja bastante a la necesidad del conocimiento del otro. Esta necesidad, que durante siglos fue común a las relaciones del hombre, ha sido sustituidas por instrumentos de soledad, en pos de un bienestar social acorde con un crecimiento tecnológico sin precedentes. Nunca, en un siglo, el hombre avanzó tanto –ni las multinacionales tampoco-. Y esa continua adoración del becerro de oro científico lo aparta de su lado más humano, de esa magia que nos describe Proust que es el conocimiento del otro – y he aquí al hombre y mujer del siglo XXI buscando soluciones a su vacío espiritual-. En ese descubrimiento creamos nuevos vínculos y crecemos; en mitad de la masa no somos sino masa. El otro -y su otredad- nos presenta una nueva dimensión de perspectivas y realidades que nos asombran y enriquecen: porque bajo el contexto propio sólo hay dogmas y direcciones únicas aún en aquellas buenas intenciones.
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Las chicas de la Selección Femenina Española de Baloncesto han ganado a Bielorrusia en el partido por la medalla de Bronce del Europeo de Letonia 2009, y llevan un palmarés en la última década de traca.
Una apunte antes de hablar del partido: ya dije en un twitt que las chicas no están para hacer publicidad gratuita. A la FEB no se le ocurre otra cosa que apuntarse al carro ganador, puro márketing, y han hecho un vídeo donde las jugadoras de la selección han hablado súper bien de Pau y que es un ejemplo a seguir y que en vez de mear agrio mea Carolina Herrera.
Amaya Valdemoro ha ganado TRES anillos WNBA -la NBA femenina- y no vino Pau ni nadie a decirles que ella es un ejemplo a seguir o que están super orgullosas de que lleve el nombre de España tan alto.
¡Pero bueno! Es que en el vídeo sólo había que verles las caras. Qué pasa, es que encima hemos exportado más jugadoras a la WNBA que los chicos, y ¡mucho antes!
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Entre este artículo sobre mesas redondas de gurús de internet y la gente que debería seguir en el Twitter o en los blogs, recomendaciones que aparecen cada tres semanas por la blogosfera, no quepo en mí de felicidad. ¡Cómo me gusta que me inviten a seguir a otros que no conozco de nada! Es que si los conociera sería porque me interesa su forma de pensar -y el fondo-. Si es que donde esté alguien que piense por mí, ¡con lo cómodo que soy!, que me ahorren invertir tiempo en esto de analizar. No sé, igual de seguirlos tanto, la vanidad hace que me dejen entrar en su círculo cerrado -¿cómo se crean? ¿quién lo decide?- y ¡me convierto en otro de la “pandi”! A partir del 2036 me lo propongo.
Del artículo sobre las mesas redondas, no puedo dejar de extraer estas perlitas:
¿Por qué perder el tiempo viendo la televisión? O jugando a fútbol con los amigos, como apuntaba Ricardo Galli. El creador de Menéame opina que “si el 70 o el 80% del presupuesto familiar se destina al disfrute, por qué reclamar que el software sea diferente, si sirve para ocio, ya sirve”, reiteró.
Humildemente, pensaba que el 70/80% del presupuesto era para agua, luz, comer, alquiler/hipoteca, y que las familias españolas están endeudadas hasta las cejas y no pueden aspirar a créditos; sin mencionar los cinco millones de parados. Dicen cuatro, pero no cuentan a algunos colectivos por cuestiones burocráticas. Cinco. Pues nada, que venga Ricardo a comentarles que por qué gastan tanto en ocio a ver si sale vivo de la junta de vecinos.
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