Frankenstein en mi nevera

Durante siglos, uno de los principales problemas de los gobernantes fue el de abastecer a la población de alimentos. Las hambrunas pasaron a formar parte del olvido y el primer mundo conoció la prosperidad. Tan sólo en regiones o continentes marginales se padece esta grave lacra hoy día; sin duda, uno de los factores determinantes en las mareas de inmigración que huyen del tercer al primer mundo.

Sin embargo,  en estos tiempos la alimentación, en el próspero occidente, no pasa tan sólo por los cálculos pesimistas que insisten en que, a este ritmo de crecimiento poblacional, corre grave peligro el simple hecho de abastecer de alimento a toda la humanidad en pocas décadas, aunque hay quien afirma que el problema no es la cantidad sino el acceso, y observando la realidad tenemos que afirmar que tiene toda la razón. El acceder al alimento, una necesidad básica, se hará cada vez más restringido y se crearán pequeños círculos poblacionales con acceso y, por ende, graves conflictos. Nos encontramos, además, con una hoja de doble filo: por otra parte, los avances científicos en áreas como la biotecnología han producido alarma social y ya se crean asociaciones no gubernamentales que intentan proteger al consumidor frente a la manipulación genética de los alimentos, que no exhiben el etiquetado adecuado por presiones comerciales de los Estados Unidos, el principal exportador de esta biotecnología.

Hemos pasado de plantearnos dos cuestiones fundamentales como son: ¿son los alimentos transgénicos peligrosos para nuestra salud?; y, en segundo lugar: ¿deben nuestros gobiernos amparar a aquellos que no deseen consumirlos?, a una oposición frontal en defensa de la imposición de los alimentos de las grandes empresas norteamericanas.

En un mundo en que miembros relevantes del gobierno de los EE.UU. tienen participaciones en empresas farmacéuticas o de alimentación, debemos plantearnos la lucha de nuestros derechos a partir de pequeños actos, tal y como sugiere Umberto Eco en su libro de recopilación de artículos  A paso de Cangrejo. Tal vez ya no tengamos suficiente con confiar en que alguna instancia gubernamental o judicial de nuestros corruptas democracias nos amparen -acaso no leyeron a quien aseguró que todo Estado necesita un mínimo de corrupción que, a modo de lubricante, mantenga el sistema en funcionamiento-: puede que sus decisiones sean lentas o incluso vayan en nuestra contra, al limitar nuestras libertades al proteger los derechos de las compañías biotecnológicas.

O puede que hayamos sido permisivos en el autocontrol de los avances de la ciencia por parte de los investigadores, considerándome una persona nada sospechosa a favor del avance científico. Cualquier gran empresa puede permitirse un laboratorio sofisticado y hacer experimentos al amparo del contrato secreto que firman sus científicos. La investigación, y en eso la sociedad científica responsable es consciente, nos lleva a determinados atajos que no siempre son tan provechosos para el bienestar social. ¿El fin de la ciencia es investigar y avanzar en su conocimiento, aunque parte de éste no revierta en una mejora de la calidad de vida? Presumiblemente, la respuesta es sí. Pero vivimos en un capitalismo feroz en el que lo importante es el control de cualquier materia prima que te brinde el poder de tomar decisiones y de crecer como un monstruo empresarial: bendita Revolución Industrial. Y no cabe duda de que, si volvemos la mirada al campo, nuestra materia prima y base de nuestra alimentación, a nadie se le escapa que quien controla el grano tiene un poder de decisiones inmenso. No imagino al panadero llegando a tu casa con dos bolsas: ¿quiere usted pan transgénico, seño,  o del de toda la vida?

El documental que emitió la Televisión Pública Española en La2 -la segunda cadena de la pública- sobre la multinacional Monsanto y el peligro que supone la manipulación de los granos -base de nuestra alimentación- para crear nuevas especies -como la soja transgénica resistente a plaguicidas  frente a las semillas de soja tradicionales- no sólo produce alarma en cuanto a un cambio en nuestro ecosistema -si por ellos fuera, sus patentes manipuladas biológicamente sustituirían todos los granos del mundo-, ni ya qué decir en nuestra alimentación, sino sobre la connivencia de los gobiernos con las grandes multinacionales.

Hay precedentes curiosos sobre la lucha contra los alimentos transgénicos: existe un famoso estudio que la revista Science se negó a publicar, y el autor del mismo sufrió amenazas de muerte, en el que demuestra  el aumento en porcentaje de cáncer en ratones alimentados con productos transgénicos… es tan sólo la punta del iceberg sobre las alianzas estratégicas y el control del mercado, en donde Monsanto introduce en el departamento de estado y agricultura de los EE.UU antiguos directivos para controlar el estamento.  Pero esto no es nuevo: es conocido que el Ministerio de Sanidad de Suecia, allá por los años 50 del siglo pasado, prohibió la Coca Cola por considerarla dañina -este dato es algo contrastado hoy día- y que no aportaba ningún tipo de nutriente. Las presiones desde Whasington no se hicieron esperar: usted puede hoy día tomarse una Coca Cola en cualquier pub o restaurante sueco. Y uno de los motivos de justificación que usan con más asiduidad las empresas de biotecnología es que la manipulación genética puede ayudar a acabar con el hambre en el mundo: crear cultivos en zonas áridas, resistentes a la escasez de plagas, agua, etc. Usa un motivo ético como pretexto y luego haz lo que se te antoje.

Uno de los problemas principales consiste en el propio método de manipulación genética y las consecuencias para la salud. Los científicos se dedican a crear nuevas especies vegetales resistentes a plagas pero, en sus combinaciones genéticas, no sueldan sus modificaciones, produciendo recombinaciones que pueden dar lugar a consecuencias inesperadas. Parte de la sociedad científica advierte sobre las consecuencias hoy día impredecibles sobre estas recombinaciones en nuestro cuerpo, una vez ingeridas grandes cantidades de alimento manipulado genéticamente. Recordemos que hay zonas del planeta donde el trigo o equivalentes son la base -y único en muchos casos- de alimento para la población. Esto sin contar con la preocupación en sectores de la comunidad científica  de que se pueden crear problemas con antibióticos: el ingerir estos alimentos manipulados pueden aumentar los efectos de la automedicación y resistencia o aparición de nuevas cepas de enfermedades hasta ahora controladas.

No es necesario hablar de la presión de Monsanto y de otras empresas hacia los pequeños agricultores con demandas judiciales para hacerse con el control del mercado.  Son prácticas mafiosas amparadas por un estado totalitario oculto bajo el disfraz de una democracia.

El delirio ha llegado al extremo -el desprestigio del sistema judicial norteamericano no tiene límites: siempre hay un juez pro-conservador  dispuesto a colaborar  si dispones de muchísimo dinero y de un arsenal de abogados trabajando 24 horas para crear precedentes- de que un juez dicta una sentencia en que venía a decir, aproximadamente, que si un grano de la soja o cualquier grano manipulado y registrado como patente de Monsanto llega vía aire, pájaro, etc a una granja, el agricultor es culpable de su uso y debe eliminarlo -por supuesto, Monsanto lo que desea es que ese agricultor se lo compre-.

Antes, citaba un granjero en el documental, mediante un código de honor no escrito, si un vaquero dejaba correr su ganado en zonas de agricultura, era su deber intentar encerrarlo y vallar sus tierras para no perjudicar a los demás. Hoy, empresas como Monsanto te dicen: no sólo no puedes usar mis productos: es que si por azar mi producto llega a tus tierras, tienes que erradicarlo o pagarme una demanda que te arruinará. Lo divertido es que la soja transgénica, por ejemplo, y la normal sólo se diferencian en su resistencia a la fumigación. Ya podrían haberla pintado añadiendo un gen que le de un tono azul fluorescente: pero en las economías postmodernas es importante el aspecto visual más que el contenido. Monsanto etiqueta sus granos en color verde hierba y lo vende como ventaja para el agricultor. La vista es uno de los sentidos que más nos engañan, aseguran los científicos: pero a veces la ayudamos con generosidad.

Otro de los puntos más candentes es que es el propio pequeño agricultor norteamericano el más perjudicado -a priori: el mal ya se extiende por el resto del mundo-. Es tal la magnitud del negocio, que los EE.UU. subvencionan con dinero público a los agricultores porque su margen de ganancias es tan ridículo que pierden dinero con cada celemín que producen. Así, Monsanto recauda su buena tajada y es el sistema fiscal norteamericano el que subvenciona a los granjeros. Monsanto usa el erario público para seguir obteniendo unos beneficios escandalosos, una estrategia empresarial que logra efectos tan excéntricos como que para un mexicano de Oaxaca es más barato consumir grano de EE.UU. que el suyo propio debido a esa ayudas del estado.

No voy a permitirme ser condescendiente ni plantear un final agorero ni un remedio mágico, pero siempre sospeché que las soluciones sencillas son más eficaces porque carecen de una ingeniería compleja. La exigencia de los consumidores -los habitantes, las personas- a sus gobernantes debe ser la de actuar con firmeza, en primer lugar, en el etiquetado de origen del producto. En segundo lugar, en apoyar los cultivos biológicos y las alternativas y estudios en mejoras de los plaguicidas actuales.

A nadie se le escapa que si estas grandes empresas tuvieran un boicot por parte de los consumidores, basándonos ni siquiera -aunque también- en asociaciones sino en un nivel particular, acabaríamos con sus posiciones de monopolio: no caer en el desánimo generalizado y tópico de que no hay nada que hacer. Empresas como Monsanto nos enseñan a las claras que, amparados bajo la ley, el capitalismo salvaje de nuestro tiempo es un caballo desbocado porque su oponente fracasó cuando ni siquiera había comenzado el primer asalto: hay que dejarse de medias tintas y de lenguajes políticamente correctos. Liberar las calles de publicidad, de contaminación acústica y lumínica, proteger y expandir las zonas naturales de ocio frente a los mastodónticos centros comerciales, proteger nuestra alimentación. Más que nunca, los movimientos cuidadanos cobran una importancia inimaginable y no será desde el Estado desde donde encontremos iniciativas para nuestra organización.

Leo en Monsanto a cientos de empresas de diversos ámbitos  que usan el mismo procedimiento para mediatizarnos y hacernos dependientes de sus productos; el viejo truco publicitario de crear necesidades que nunca tuvimos. Nosotros no los necesitamos antes. Por qué los ibamos a necesitar ahora.

Para más información, por favor, lee estos enlaces relacionados :

1 [Organic Consumers]

2 [The NY Times]

3 [BBC]

4 [Blog: Volver]

5 [Blog: Casa Junto al Rio]

6 [Bolinfo de Carlos] – ¡Sobre los efectos de la Soja Transgénica!

7   [E l Pais]

8 [Prensa Rural.Org]

9 [The BLT]

10 [The Times of India]

11  [Clarin]

12 [Liberacción Fanzine]

13 [Ecologistas en Acción]

14 [Blog Bioseguridad]

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