Era el 2006, y durante algunos meses quedábamos un grupito de cinco desconocidos, a la hora de la cena, en la casa alquilada de una madrileña en mi islita atlántica.
La razón de tales reuniones era la de hablar y, sobre todo, mostrar nuestros textos literarios. Alguien proponía un tema, por ejemplo: La soledad. Y sobre éste componíamos relatos breves.
De los cinco, tres eran mujeres -todas amigas- y dos chicos. El otro chico era un poco peculiar. Simpático, agradable, pero nunca llevaba la relación conmigo más allá de aquella noche. Apenas intercambiamos teléfonos con nadie más y parecía que hacerlo era saltarse alguna barrera no explícita; más allá del propósito de las reuniones, no había más.
De común llevábamos comida: yo acostumbraba a llegar con una tarta de pastelería muy rica. La anfitriona nos regalaba con jamón serrano pata negra, queso, vino… En fin, que no eran unas reuniones como para alucinar de la fiesta pero eran interesantes.
Sin embargo, con el chico empecé a tener ciertas diferencias. No sólo de opinión: también de interrelación. Era de ésas personas que, estando físicamente próxima, te parece lejana, sin lugar común, a pesar de tener uno muy evidente. Durante algún tiempo, en habitaciones en que quedábamos desgajados alguna chica y yo, me confiaban que el chico era algo particular.
Un sólo día pude tener una charla sobre éstas cosas que nos pasan a las personas: una relación frustrante que tuvo una de las chicas con un tipo bastante machista, de ésos que cuando ella hablaba no podía llevarle la contraria. Y ella obedecía, claro, para no enfadarlo. Cosas de los caracteres, y, si me apuran, pero mucho, del amor.
Pues allí estábamos los cinco fantásticos, cada viernes, durante al menos dos meses. En el transcurso de las veladas leía mis relatos y el chico parecía fascinado por ellos. Lo cierto es que, de los cinco, el más aburrido era él, con diferencia. No creo que fuera mal escritor, ni mucho menos; también es cierto que, al contrario que los demás, nunca tuve ocasión de leer sus textos. Mucho hablamos allí de cómo sería publicar, qué pasos deberían darse, qué ilusiones teníamos por publicar algún día, dónde encontrar información, cómo se presenta un texto… en fin, los deseos habituales de los que ansían por trasladar sus narraciones a los demás.
Acabó la aventura de las reuniones: fuése la anfitriona, y fuéramos todos a la puta calle. No hubo más, como si el hecho de que su casa sirviera de hall improvisado fuera el germen aglutinador. Probablemente no había mucho más. Éramos todos unos incompetentes sin habilidades sociales.
Tiempo después, me llega un correo -que fue lo único que conseguimos ofrecernos tras varias semanas de duro forcejeo- de éste chico diciendo que presenta un libro en un club social de la ciudad. Le doy mi enhorabuena y poco despúes me dice que si yo no dirigía una revista literaria, si le haría el favor de publicitar su texto. Por supuesto. Por lo visto era un premio de relato e ilustración y habían obtenido un accésit junto con la ilustradora. En fin que envié el archivo en pdf a los subscriptores de la revista.
Me dije: ¡bueno! Al menos uno de nosotros ha conseguido algo. Yo no sabía entonces que al año siguiente me presentaría a mi primer premio de narración breve y lo ganaría. Así que, curioso, metí su nombre en el google a ver si había críticas sobre su libro ilustrado.

Y ¡sorpresa! Un extenso currículum de páginas enlazando a varios textos con su nombre aparecían en mi portátil. Y, tras un minucioso análisis, de épocas anteriores a nuestros encuentros. Premios de cartas de amor, premio de relato breve, accésit de ayuntamiento, segundo premio de autor fallecido…
Entonces, durante dos meses, aquel chico no mencionó ni una sola vez, en las decenas de veces que hablábamos de éstos asuntos, sus experiencias, ni sus premios, acaso su proyecto de novela…
Hace pocas semanas conocí a una chicharrera -le decimos así a los habitantes, en plan puñetero, de la isla de Tenerife- y comenzamos a hablar de literatura y le confesé que me gustaba escribir. Me dijo que tenía un amigo que también y, en efecto, era el mismo chico que compartió noches de literatura y gastronomía conmigo.
-No me preguntes porqué -le dije-, pero tu amigo no me cae demasiado bien. Igual te molesta, pero no me resulta un tío de fiar.
-No es amigo mío.
-Pero acabas de decir…
-Es lo típico que se dice… Es conocido… Lo conozco bien, es incapaz de mantener una amistad con nadie, él es así. No tiene amigos.
Cómo ser escritor y no morir en el intento.
Ser escritor y quedarte sin amigos






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