Bueno, pero todo comenzó bastante inocentemente. El editor de la página de opinión de The Wall Street Journal me llamó y me pidió que le hiciera una reseña sobre Harry Potter. Yo le dije que no sonaba como el tipo de libro de mi especialidad, pero me dijo que mucha gente creía que yo era el crítico literario más importante del momento y que verdaderamente les serviría mi opinión sobre el tema. Y con eso, naturalmente, me convenció. Así que fui a una librería y me compré el primer volumen. No podía creer lo que estaba delante de mí. Lo que me resultaba más insoportable era la cantidad de clichés que usaba la autora. Escribí mi artículo y fue publicado. No es una exageración decir que comenzó un infierno. El editor me llamó diez días después y me dijo que nunca había visto algo así. Habían recibido unas cuatrocientas cartas de lectores insultándome y una sola a favor, que él creía que yo mismo había mandado. La cosa nunca más paró. Pero, por supuesto, la serie de Harry Potter es una porquería. Como toda porquería, eventualmente, el tiempo la dejará en el olvido. Pero, mientras tanto, no escribo más sobre el tema. Me he convencido de que es como luchar contra el océano.
Ha transcurrido tiempo desde que la serie de Harry Potter se cerró. Y como parece que ha transcurrido tiempo, a pesar de que todavía queda alguna película por salir, y el empuje no es tanto, quizás es buen momento para explicar mi postura.
Es obvio, leyendo el comentario anterior, que Harold Bloom no es fan de la (he dudado con el prefijo pero al final me quedo con éste) archifamosa saga de J.K. Rowling. En mi familia y amistades, y es gente de todas las edades, tengo a muchos fans de la saga. Si tienes menos de 30 años es como un virus letal, te contagias -por lo que he observado-.
Yo he leído a cachitos el primero, por aquello de que hay que conocer al enemigo antes de condenarlo, y luego parte del sexto y el séptimo. He visto tres de sus películas, dos en televisión y una en el cine.
No me gusta. No entro en el universo potteriano y eso hace debería hacer felices a sus fans, que son una secta millonaria -en miembros, la millonaria es la autora-, no por mí, sino porque los que están son los que deben estar, mejor sin infiltrados. No le veo la gracia y el resultado me parece insulso. La fantasía me gusta, pero las aventuras del niño mago me desconciertan porque al leer la novela encuentro un desarrollo de best-seller y una prosa muy pobre. Supongo que me saltarán a la yugular y que dejo en el tintero muchos aspectos. Lo considero literatura muy menor. Me viene a la mente Alicia en el país de las maravillas, por ejemplo, y bueno, Harry Potter queda demasiado lejos.
O se trata del fast-food de los libros de aventuras y fantasía. En ese caso, objetivo conseguido. Lo de que le den el Príncipe de Asturias de la Concordia deja clara dos cosas:
a) Que el Premio, desde hace tiempo, no es lo que era. Mirar los últimos galardonados en deporte o humanidades.
b) Que el código moralista -políticamente correcto- y ciertamente “maniqueo” de la saga vale para un premio nada relacionado con la literatura. Si le hubieran dado el de literatura o humanidades porque ha vendido millones de ejemplares y es un fenómeno internacional y cultural desorbitado, pues todavía.
Eso sí, si alguien conoce los méritos de Harry, aparte de jugar al quidditch, que me lo cuente. Para argumentar y opinar soy todo ojos.




