• Madrugué la noche del martes para ver en directo, en la 1 de TVE -me gusta más el formato de dos corresponsales y uno o dos especialistas- el segundo debate entre Obama y McCain por la presidencia de los EE.UU.

    Con la inconveniencia de no entender demasiado bien algunos comentarios, por dificultades de la traducción simultánea, en lo primero que centré mi atención fue lo que los técnicos llaman la “telegenia”, la actitud, los gestos. Obama wins.

    Presté especial atención a si los candidatos se miraban entre sí cuando hablaban (como símbolo de respeto y medida de cuánto habían estudiado el debate). Durante muchos planos, vi a Obama mirando a McCain como quien mira a un abuelo, con cierto cariño incluso (mi imaginación que vuela). McCain lo llamó “éste” en algún momento y apartó su mirada como si tuviera enfrente a un norvietnamita. En McCain vi a un Geyperman, rígido, un hombre con la frente estirada por botox -me sorprende esa cara sin una arruga en un setentón- y con los brazos sujetos por alambres. Su caminar corto, de hombre mayor, le iban haciendo parecer no un jubilado, pero sí alguien al que se le pasó su momento.

    Es cierto que, para los cargos políticos, el ciudadano desea un hombre con experiencia. Son pocos los hombres de menos de cincuenta años que dirigen grandes instituciones tanto en la vida pública como en el ámbito privado. Pero una sociedad que esgrime como uno de sus valores el culto a la belleza y, aún más, el culto a la juventud (en la que se resume belleza, vitalidad, empuje, etc.), no es extraño que Obama parezca un hombre preparado, con una dicción casi perfecta y una estructura argumentativa que se podría considerar brillante. Al lado de McCain, más aún.

    Tuvo un gesto que me sorprendió: en su afan de mostrar que ha luchado por su país como soldado -y su trágica historia de soldado torturado sale a relucir, aunque sea como argumento subliminal, en sus turnos sobre política exterior y seguridad-, se acercó a un ex soldado y le estrechó la mano. No tuvo un gesto igual con ninguno de los demás ciudadanos presentes en el debate: resultó chocante. Tú, parecía decir, sí que entiendes lo que es proteger a un país; tenemos un vínculo común, entendemos un lenguaje propio ajeno al resto de personas.

    Ese gesto de McCain fue un error más grave del que, aparentemente, podría quedarse en un gesto de confianza fuera de lugar: subyace la idea de que no solo los ex militares o militares aman y defienden un país. No hay dos formas, o cuatro, de defender o proteger a una nación, como ciudadano del mismo. Entre este gesto y abandonar precipitadamente el escenario del debate, donde Obama y su mujer repartieron abrazos, saludos, charlaron con los invitados, se sacaron fotos, media el abismo generacional, más que cualquier otro, entre ambos candidatos.

    Si apartamos lo que queda prendido en la retina, quedan los argumentos. McCain intentó, delante de los ciudadanos reunidos, desprestigiar a Obama (lanzó un ataque sobre posibles pagos ilegales a su campaña, que Obama devolvió haciendo hincapié en que lo que le preocupa son otras cosas) y se hizo un pequeño lío con la política exterior (ahondó en que apoyó la primera Guerra del Golfo). Y le salió mal: quedó todo a medio explicar.

    Obama no se enfadó por los ataques continuados; los esperaba. Se defendió argumentado y dando de lado a los ataques, centrándose en su mensaje, y luego pasó a lo que yo llamo “modo didáctico”: explicar en pocas palabras y de forma pedagógica sus ideas y lo que quiere hacer con el país. McCain es la caricatura de líder que subyace en el imaginario de buena parte de los estadounidenses: si no, no se explica que un tipo como Bush haya gobernado un país durante ocho años (políticas del miedo aparte). McCain es otro Geyperman.

    En definitiva, no me extraña que la amplia mayoría de medios y la opinión pública diera ganador a Obama en el segundo debate. Pero no está todo perdido para McCain: la maquinaria republicana es poderosa (da la impresión que, incluso en la oposición, los republicanos son siempre más poderosos, en términos políticos y económicos, que los demócratas, y me pregunto si es un espejismo), y aún recuerdan cómo ganó Bush sus primeras elecciones, quizás las más polémicas -eso le toca decirlo a los especialistas en política estadounidense- de la era moderna en el país de las barras y estrellas.

    Como dijo Paul Auster en una entrevista reciente: ¿podrán muchos ciudadanos blancos estadounidenses, en el último instante en que se encuentran frente a la urna, obviar que Obama es negro y votarle?

    Este artículo fue añadido el 9 de Octubre de 2008 a las 5:48 y está archivado en Política. Puedes seguir las respuestas a este artículo a través del RSS 2.0. Puedes dejar un comentario, o un trackback desde tu sitio.

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