Leemos y reflexionamos porque tenemos hambre y sed de sabiduría. La verdad, según el poeta William Butler Yeats, no puede conocerse, pero puede encarnarse. De la sabiduría yo, personalmente, afirmo lo contrario: No podemos encarnarla, aunque podemos enseñar cómo conocer la sabiduría, la identifiquemos o no con la Verdad que podría hacernos libres.
Harold Bloom, Dónde se encuentra la sabiduría, Taurus, Trad. Damián Alou, 2005.
En la Feria del Libro de Francfort, una encuesta a 1.000 profesionales del sector de 30 países concluye que, dentro de una década, los libros electrónicos superarán en volumen de negocio al libro tradicional de papel.
En la feria, los libros clásicos no representan ya más que el 42% del volumen total frente a los DVD, audiolibros y los nuevos reproductores, con el Kindle y el Sony Reader como principales reclamos.
¿Estamos a una década de la desaparición del libro tradicional? Se puede formar a los futuros consumidores, jóvenes apegados a la tecnología (de la que Apple es responsable directo con sus productos de diseño y consumo desde jóvenes a treintañeros: es la seducción del chip, indiferente a la edad), en nuevas formas de lectura. Desde luego, si de pequeño, en la escuela, me dan el aparatito como medio de lectura, se me hará un hábito normal puesto que no conozco otro. No ocupa sitio, puedo guardar tantos libros como desee en su interior y su lectura es agradable a la vista, pudiendo además configurarla a mi gusto particular.
Sin embargo, yo no soy de esos jóvenes imberbes, ejecutivos (porqué en la publicidad de la tecnología no aparece una ama de casa tradicional preparando tortilla española mientras escucha su I-Pod) o treintañeros (pero soy treintañero aún) adiestrados con métodos pavlovianos. Adoro el libro, el olor del papel, el tacto mágico que tienen antes de abrirse, el pasar las hojas mientras avanza la lectura, mirar impaciente la página por la que ando para imaginarme cuánto goce me aguarda aún.
Se hallarán fuertes controversias sociales, espero, incluso entre los intelectuales. Quizás me engaño; si a Javier María o a Eduardo Mendoza le dicen, dentro de 12 años, que deben editar sus libros en versión digital, quizás les parezca de lo más razonable. Es complicado -tengo esa secreta esperanza- obviar de más de 6 siglos de tradición, con la implicación que ha tenido el libro como medio de divulgación del conocimiento o del pensamiento (ciencias, religiones, arte). Es un hábito heredado: ¿desaparecerán las bibliotecas tal y como las conocemos? ¿Qué sucederá con todos esos materiales bibliográficos cuando hayan pasado cien años y hayan sido sustituidos por el chip?
Personalmente, seguiré defendiendo el libro tradicional (¡y ecológico!). El libro es la cultura. Comprando y regalando ejemplares maravillosos de obras creadas por gentes que tenían algo que decir. El único benficio que veo a el lector digital es que ya no sufriré viendo como mis ejemplares, por más que los mime, se deterioran al paso del tiempo. Pero no me tiembla el pulso: crisis económica o no, cuando mi ejemplar de Hamlet, de Cátedra, Colección Letras Universales, esté amarillento y con las hojas despegadas (ya tiene alguna), lo guardaré en una caja para cuando nos visiten los extraterrestres. Y luego me compraré otro nuevo. Yo sin mi Hamlet no soy nadie.
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No creo que desaparezca el libro en papel, a muchos de nosotros nos gusta tener el libro entre las manos, pero vamos, hay que ver las ventajas del libro digital: si te gusta vas y lo compras!
Besos! buen post!
Claro! Yo no descarto tener ambos, el digital y seguir comprando libros; ahora, que desaparezca no, yo lo amo, tiene una mística (la famosa mística de la lectura, un diálogo con uno mismo)
Bueno sabes que te adoro verdad? Guapa!!