Decía Don Vito Corleone, el personaje de la trilogía de Coppola -ya nunca veremos a la Mafia de otra manera-, que la notoriedad y el escándalo no eran buenos para el negocio. También dijo que quería dedicarse a los negocios “respetables”, no sabemos si porque, entre los mafiosos, también hay castas.
Lo malo es que, para Roberto Saviano, los Casalesi o bien no han visto El Padrino o no comparten su filosofía. Por eso, un ex jefe “arrepentido” del clan asegura que quieren matarlo porque ha hecho demasiado ruido. Si es cierto que en el libro Gomorra, aparecido hace dos años, se abre como una jarea al grupo mafioso, ¿qué puede hacer el clan Casalesi para evitar lo ya sucedido?
Entonces, por sentido común, se trata de “avisar” a los osados periodistas o curiosos a deshora que intenten infiltrarse en sus negocios ilegales (y aún muchos legales, me temo). En ambos casos, suena bastante poco esperanzador; diríase que las mafias viven en un modelo arcaico y tradicionalista, donde estos valores son inalterables. Yo imaginaba la existencia de “altos ejecutivos mafiosos”.
Sin embargo, no conozco -pero al instante alguien me nombrará cuatro- manifiestos, apoyos de intelectuales, defensa de la vida de un joven de 29 años que ha trascendido al mundo con un documento inigualable y estremecedor, manifestaciones contra la amenaza. ¿Tan caótica está Italia? ¿Y el mundo? ¿Desde cuándo el terror ha impedido escribir a la pluma? Vivimos en unos tiempos sorprendentes. Hasta la mafia ha perdido su romanticismo. ¿Lo tuvo alguna vez?
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