El modelo económico y la ratonera v1.0

No hay que caer en la trampa, decía ayer Federico Luppi en una entrevista, del lenguaje financiero, símil del carcelario, que nos invade y que nos quiere idiotizar. Lenguaje ajeno, que se mueve en un léxico extraño y unas construcciones ambiguas. Lenguaje mafioso.

La cuestión, y soy tajante en esto, es que el sistema está viciado y se ha fabricado como ratonera. La función del individuo es girar y girar la rueda del consumo y evitar guardar sus ganancias. Los bancos están para eso. Somos productivos y luego, hasta por lo que ganamos, nos cobran por dárselos en un acto que no es generoso sino obligatorio. Trabajo, valores familiares, conceptos de respeto, convivencia (evitar impulsos excesivos y asegurar implicación al sistema y control mediante represión y castigo). Y es que el sistema está articulado para que no poseamos líquido, es decir, en lenguaje mafioso, dinero en efectivo. Cuando se inventó la tarjeta de crédito a punto estuvieron de darle el Nóbel de Economía al susodicho: ¡el dinero no tendría que estar jamás en nuestras manos! ¡Qué imbécil, el que lo guarda bajo la colcha! ¿Imbécil, seguro? Si no está en el banco menos control de Hacienda, menos recaudación; no, se articularían otros sistemas sin informatizar. ¡Sin informatizar, me vuelvo loco! Quería decir: si con el control del estado existe el fraude -no me hagan hablar de Gescartera o Círculo Filatélico, de Hellman Brothers o Enron, etc-, ¡porqué no iba a defraudar yo! Exijamos a nuestros políticos cobrar al menos la mitad del salario en negro, o en B, o en JFK (aún jugándonos el tiro en la nuca). ¡45 millones de ciudadanos en España sin dinero en los bancos! Una bendita quimera. Que siempre hayamos vivido entre bosques no significa que podamos articular una convivencia con otro modelo productivo, económico y, más importante aún, de convivencia. ¡Si es que con este producimos e ingerimos más alimento, en el primer mundo, del que necesitamos, y aún así en el segundo y tercero hay hambrunas! ¿Segundo y tercero? ¿Seguro que segundo y tercero, o midiendo los puestos desde nuestro eurocentrismo y solo porque poseemos más? ¿Y qué poseemos? ¿Más qué? Somos unos ignorantes y, encima, para idiotizarnos más, se compran libros de Louise Hay.

Los empresarios tienen razón; hay que invertir dinero en ellos o habrá más paro. Dinero público, se entiende. ¡Demos dinero público, sin referendum previo, a los que nos han estafado el nuestro, para reponerlo a las empresas que nos siguen cobrando por sus malos servicios, malos modos y sus estafas! ¡Pero bueno! Mi dinero es mío. Que saquen mis impuestos de la partida presupuestaria y me lo ingresen de nuevo: ¡no quiero participar de esa entrega benéfica! ¡Pero bueno! O cómo llaman a las hipotecas basura: ¿errores puntuales? Y yo pensaba que eran estafas, sin control de los organismos que están para eso. El FMI ha quedado como lo que ha sido siempre: instrumento de los EE.UU. para presionar a terceros y poco más. No me digan que todo esto no es más surrealista que el tono de este texto que leen. La perversión, lo obsceno, es que catorce se han hecho de oro con negocios relacionados con nuestras ganancias, obtenidas en un modelo de dinero por trabajo. Un sistema en donde carecemos de seguridad sobre nosotros mismos: la privacidad de la información no existe, repito, no existe, a nivel cierto y real. Viajan datos míos en empresas que no he permitido que posean mi información financiera, mi ubicación en el mundo, mi información de contacto, mis preferencias. Quiero ser anónimo. Exijo serlo.

Ésta estructura, en la que nos movemos desde hace siglos, nos aboga a dos soluciones: una, parchear las fugas el sistema: articular elementos de control férreos, estimular crecimientos en otras áreas -según las características de cada país- y, finalmente, formación, y dos: cambio de sistema.

La economía no se puede dejar en manos de pocos hombres. Los organismos vigilantes han fallado de forma estrepitosa: en sus cenas del Club Bilderberg o en los yates pescando salmón, donde la política y los grandes poseedores de materias primas (maíz, petróleo, etc.) se reparten el mundo. Obama ganó porque diseñó un concepto de política ajenoa a la realidad capitalista más salvaje.

¿Cambio de sistema? No podemos levantarnos mañana y volver al trueque; demasiadas cosas dependen de otras. Pero no me extraña que un día, un tal Marx hablara de la alienación del trabajador y de la conciencia de clase. Si quiebran todos los bancos y entidades financieras, las grandes empresas, qué pasaría después: nada. El mundo seguiría girando, se articularían nuevos medios, y del caos surgiría lo que fuera, pero jamás lo mismo. Hay miedo: por supuesto, no hay nada que cueste más al poderoso que perder todo su poder.

La indefensión es clara: ser ciudadano es estar indefenso. Y si, además, el voto es condicionado, amparado en la legitimidad de la publicidad -el arma arrojadiza más permisiva y corrosiva, inventada para manipular nuestros impulsos mediante análisis psicológicos, sociológicos, etc. y que la UE debería catalogar entre las drogas duras-.

¿Cambio de modelo económico? Cambio de realidad. Si ésta no es la realidad que queremos vivir hay que producir cambios. Cambios reales y, usando un término de nuestros tiempos, sostenibles. Va más allá de la eliminación de la contaminación (digo eliminación, no reducción), de acabar con la contaminación visual y acústica, con la vida de consumo que arrastramos desde hace siglos: hipermercados, dinero en banco, préstamos para el coche que la publicidad nos instiga a comprar como necesario, regalos… Un modo de vida heredado de un sistema económico. Vivimos, sí, como el modelo económico que poseemos. Y creamos enfermedades nuevas, psicológicas, con ellas.

Quién quiere vivir así. Esto no es un comentario más de queja. Es una llamada a una nueva revolución particular, ajena a una revolución en masa. La revolución del individuo. La revolución del hombre sin bastones.

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