De Profundis

Es trágico que tan pocas personas “posean su alma” antes de morir. “Nada hay más infrecuente en todo hombre – dice Emerson – , que un acto que sea propiamente suyo.” Es totalmente cierto. La mayoría de las personas son otras personas. Sus pensamientos son las opiniones de otro, su vida un remedo, sus pasiones una cita.
Oscar Wilde, De Profundis.

He releído De Profundis (Siruela, 2003), de Oscar Wilde, y me confirmó que es aún mejor de lo que mi mente recordaba. Es de esos textos inmortales, capaces de introducirnos en la mente de su creador y mostrarnos una cosmovisión propia. Wilde no se reserva nada y da toda su sensibilidad, inteligencia y talento para un texto de una categoría superior: delicatessen.

Una de las primeras cosas que me llamaron la atención, y que no recordaba, fue el “Querido Bosie” del comienzo de la carta. Es una intención que va más allá de una formalidad: pide un intento de comprensión, a mi juicio para entrecomillar el resto de la carta. Sí, resulta obvio que De profundis es un gran reproche (y más cosas, como todo texto genial), pero creo que desde el dolor y la concepción del mismo Wilde (que lo interioriza; ni en La importancia de llamarse Ernesto o El retrato de Dorian Gray vemos ese canto del alma malherida, y eso que fueron dos de sus mayores logros) logra algo muy bello. Según vas leyendo, ese “querido” se diluye en una retahíla de quejas, reproches, acusaciones, y un análisis pormenorizado de la angustia que sintió Wilde por la funesta compañía de su “amigo” del alma.

Ese dolor por su encarcelamiento y su desdichada fortuna -cuando creo, es una intuición, que Wilde querría haber acabado su vida como una celebridad, a pesar (y eso le satisfacía enormemente) del establishment- son una excusa perfecta para retratar su ser interior desde su propio punto de vista. Se dice, con certeza, que el hombre que se conoce a sí mismo es un sabio; pero cómo podemos estar seguros de que nuestro conocimiento es cierto y se ajusta a la realidad, cuando el propio Wilde dice que los “mayores pecados pecados del mundo se cometen en el cerebro” (en Dorian Gray).

Me sorprendió el tema de Dios, al que nombra en mayúsculas. Un decadente, autor de ensayos como El alma del hombre bajo el socialismo, nombrando a un Dios redentor, nacimiento, origen e inspiración de la creación artística y del alma del hombre. Claro que en algo tuvo que refugiarse. El ultraje que recibió -hoy nadie imaginaría a Saramago o a Gabo en prisión por Sodomía y a los periodistas escribiendo sobre su estancia; más bien, saldrían en su defensa por lo de lo políticamente correcto y porque… en todo caso, vendería más un Reality Show- es de pedir hora al psicólogo a diario. Es complejo meterse en el pellejo de una persona que vive eso. Y el alto concepto que tenía de sí mismo lo hizo todo más difícil. Pero ese Cristo gnóstico (“la vida entera de Cristo es un idilio”, “consideró el pecado y el sufrimiento como maneras de perfección hermosas y sagradas”) ante el que se inclina, no sé, creo que si no hubiera pasado por todo eso no hubiera habido una crisis de este tamaño (aunque el pecado como tema aparece en casi toda su obra, al menos en las grandes obras de teatro como Salomé y La importancia de llamarse Ernesto. Ah! Y en El retrato de Dorian Gray, claro, en ésta es el tema).

También se intuye una especie de “ajuste de cuentas” en cuanto a la representación de su amante-verdugo por más que quiera enmascararlo -o no, es como muy explícito pero sin dejar de ser elegante y lírico- de una queja de amante decepcionado. Desde luego, me llamó la antención cómo Wilde insiste en su pobre bajage cultural y su nulo talento para el arte. Debió ser un tipo egocéntrico -de eso ya se encarga Wilde- y pobre de afecto -de eso también se encargó la continuada tutela de su madre y los ruegos a Wilde para que lo viera-. Y de ahí los reproches a no poder estar sólo para concentrarse en su arte, tal y como requería el concepto de artista de Wilde -y su impulso personal-. Le achaca el que no le dejara tiempo para sí mismo, para poder establecer pautas para escribir y leer, para dedicarse a su arte, y que sus momentos de mayor creación fueron cuando ambos estaban separados… por kilómetros. Éste es otro tema apasionante, porque forma parte del decálogo decadente y del concepto del arte por el arte: “el Arte sólo comienza donde termina la imitación”.

Así que tenemos, además, un fresco de su vida en la cárcel, su bancarrota, la maquinación contra él como ajuste de cuentas con el padre…

Como estilo, viniendo de Wilde, no esperábamos menos que una prosa cuidada y lírica, sin el adorno pretencioso que a veces encontramos en El retrato de Dorian Gray. La prosa, y en esto le doy un diez al traductor, es, por usar un cultismo, límpida, cristalina, bella en cuanto al tratamiento del dolor, que rezuma naturalidad, sin busca de artificios sinestésicos, metáforas, nada barroca -aparte las referencias bíblicas o a grandes artistas, que no son sino parte de la extensa cultura de Wilde-. El genio de Wilde mantiene una tensión in crescendo en la extensa carta y los temas brotan y suceden unos a otros como un pié sigue al otro al caminar. Pero, sobre todo, mirada con perspectiva, De profundis es un bello poema a la culpa y al arrepentimiento, al renacer tras el conocimiento del pecado, a una especie de busca de la redención. Ese final en que retoma el principio “Querido Bosie… Con todo el afecto de tu amigo”, y en que, todavía deudor del amor que sintió por ese impresentable -¿acaso a lo largo de nuestras vidas no nos encontramos amando a muchos/as impresentables?- quiso advertirle sobre el error de su conducta no sólo con él, sino consigo mismo: quiere redimirlo, como un confesor en la sacristía, como un padre con su hijo, hacerlo consciente de sus errores para que le pida un perdón que Wilde, no lo niega, también necesitaba.

Me hubiera gustado saber porqué no negó la sodomía ni, sobre todo, porqué no huyó a Francia como decían sus amigos. ¿Era un rebelde, un irreverente, acaso no sabemos que disfrutaba denunciando la hipocresía de la clase acomodada de su época? Eso, a nuestro pesar, son solo elucubraciones: Wilde se lo llevó a la tumba.

De Profundis es una hermosa entrega espiritual. Y ahí radica el secreto de su belleza. Amores no correspondidos, traición, el propio Wilde como centro de una apasionada obra de teatro: villanos, amantes, cárcel, redención… Si no hubiera muerto de meningitis unos años después, quién sabe cómo hubiera trascendido ese episodio a su obra futura.

Y, con todo ese canto de belleza y confesión que tiene, me gusta, me cala, sus párrafos finales me dejan boquiabierto “Quizá me fue dado enseñarte algo mucho más maravilloso: el sentido del dolor -y su belleza”. E insiste en que todavía tiene mucho que ofrecerle; es decir, puede que estemos ante un típico caso de dependencia, no sé a ciencia cierta si emocional, pero con tintes de paterno-filial (Wilde como “padre” de un descarriado al que desea sexualmente) o una pasión de amigos, almas gemelas y salvajes amantes, las tres cosas en una.

Aún mantengo la duda de si Wilde era un tipo con tanto ingenio y talento que no se esforzaba lo suficiente por ser aún mejor de lo que era -que era mucho- y su vanidad o su fama como personaje le hizo un flaco favor a su obra. Supongo que un especialista en Wilde tendría alguna respuesta sobre muchas de estas cuestiones; a mí me recuerda mucho, en algunos pasajes, a eso que decía Bataille de “en el Mal, hay siempre desliz hacia lo peor, que justifica la angustia y el asco”. Su querido Bosie lo ejemplificaba. Y porque creo que, de alguna forma, esa nefasta compañía de su amigo llevaba a Wilde a otras regiones de su razón que jamás hubiera conocido de tener la vida de artista solitaria y de “spleen” que idealizaba. La atracción del Mal es insondable y no tiene peso.

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4 Comentarios

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  • “Yo quería conocer el lado oscuro del jardín”. Y lo conoció, vaya si lo conoció… Wilde fue muy superior -mental, física, cultural, caracterológicamente- a cuantos trató, y esto le llevó a suponer que era él y no sus circunstancias -las cualidades son también circunstancias-, quien se lo daba todo.
    Quien sólo conoce la parte luminosa no imagina cuán lúgubre es el lado oscuro.

    • @Fran: Y tanto que debe ser lúgubre. Adoro a Wilde, pero esa fórmula que iguala cualidad y circunstancias me choca un poco, mas que nada porque no la entiendo bien, así que me guardo la opinión no sea que interprete al revés. Las circunstancias las entiendo como el contexto, y la cualidad como algo inherente a alguien, en este caso Wilde, y si quieres decir que se dan la una junto a la otra lo comparto. Yo lo considero un genio, a la altura de Shakespeare o Goethe. Sí, más bien en el sentido de totem de Goethe, una persona con una genialidad exagerada, y un artista del ingenio y los juegos de palabra, que también lo era, porque su genio le daba una extraordinaria visión del ser humano y la vida. Tus comentarios parecen pequeños relatos metafísicos. Un abrazo. :grin:

  • Hola otra vez, Julio. Cuando digo que las cualidades son también circunstancias me refiero que las presupongo muy dependientes de un ‘acomodo oportuno’ para su desarrollo. No olvidemos de en África surgirían muchos Goethes y Wildes si tuviesen el garbanceo asegurado. No hace falta irse tan lejos, pues el tendero de la esquina o nosotros mismos, quizás descubramos aptitudes una vez ya jubilados. Además, tuve en cuenta un místico y onírico convencimiento -en parte fruto de la alta madrugada- de que tal vez por debajo de nuestras fugitivas apariencias exista otro yo más permanente o, quizás, hasta inmortal. Pero no hablo de transformaciones vampíricas jajaja.

    • @Fran: ¡Hola! Me encantan los debates literarios -a que se me nota-. Eso es verdad, lo de Platón y Aristóteles no hubiera sido tan fácil si no fueran porque solo tenían que preocuparse de filosofar, y no les quito ápice de mérito, pero está ahí el dato, como bien dices. Lo de vampíricas… te refieres a esa sensación de no poder alcanzar el abismo de nuestra personalidad y tener esa sensación de que hay algo que siempre permanece… Qué miedo me da, creo que te entiendo. :grin:

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