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Si hay algo que nos jode de la primavera, es su alma de escala de grises, su música meliflua, el sinsabor del justo equilibrio de una savia agridulce. En la primavera amanecen las florecillas como ruiseñores multicolores, mientras en las cuevas aún comienzan a desperezarse del letargo las osas voraces. ¿Alguna vez se ha visto tanto equívoco?
Todo en la primavera es una joda, una broma de mal gusto, una epifanía de cambalache, una alergia, un mal mayor.
Para que la vieja hilandera, con su chal arrugado y su pañuelo atado en la barbilla, guardiana que hila los tiempos y las estaciones en una rueca dorada y un huso de la madera del árbol del pecado, deje de susurrar, en su silla de mimbre, a los hombres; y hechizarlos con esos hermosos cantos, anunciando lo que ya no es maravilloso, la justa medida del desencanto; para que así conste, unidos por la ira, la melancolía y el pensamiento reflexivo, nosotros, el verano, el otoño y el invierno.

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