Poema de Lisboa

La melancolía de calles perdidas que huelen a mares
Gente que camina y luces de luz de barcos que parten
Si cierro los ojos puedo ver las calles por donde anduvimos
Y escuchar canciones que hablan del destino que nunca tuvimos

Pastora Vega, “Lejos de Lisboa”

Poema de Lisboa

El recepcionista buscaba un listín de teléfonos. Cuando lo encontró, bajo la pila de papeles y objetos impropios de la recepción, digamos un pisapapeles con una figura de un ruso borracho, un cubrecamisas con un olor penetrante a perfume barato, varias bolsas de plástico blanco anudadas con una cinta de embalar y unos botes de gel de baño vacíos, entre otras curiosidades, murmuró algo sobre amputarle las piernas a la chica de la limpieza. Luego abrió las páginas lentamente, verso a verso, y señaló con una uña más bien asquerosa una dirección. Marcó y al poco ¿Oiga? Llamo del St. Germain… Ya se pasa mi jefe mañana para solucionarlo… Sí… ¡No! Ahora no tengo tiempo… Colgó dando un golpe seco.

-No se preocupe, señor, a estas horas de la madrugada suele haber bastante trabajo… En menos de diez minutos tiene usted el taxi en la puerta.

El hombre parecía tener una mala noche y, además, se apreciaba que le habían dejado bastante trabajo. Con un enfado mal disimulado se sentó en la silla y se puso a teclear en el ordenador. En la vidriera que tenía tras de sí se podía ver el reflejo del monitor y, si uno fuera bastante indiscreto, podía seguir la partida de solitario que jugaba. Debe ser un entretenimiento como otro cualquiera; en todo caso, mejor que fumar, aunque mañana lo dejo, pensé.

Me bebí de nuevo tu carta, de un trago, mientras el taxista me contaba no se qué sobre un puto negro que dice que arrojó en cualquier esquina porque el muy hijo de puta se estaba liando un porro en su taxi y encima tenía pinta de que no le iba a pagar. Creo que esto último lo añadió porque mi gesto por el retrovisor no le debió convencer. Que has pintado la alcoba de rojo, los niños los tienes con la madre, todo me va bien y a ti… Siempre pensé que la gente debería de omitir estas preguntas estúpidas. ¿Qué coño le puede importar lo que yo haga o cómo yo me sienta? Para religiones ya tengo con mi trabajo. A fin de cuentas, fue ella la que me dejó y así, sin anestesia ni nada, mientras los trenes del andén iban y venían de no se dónde hacia Burdeos. Lo que me costó arrastrar luego las maletas, llenas…

Siempre que puedo y viajo en taxi me detengo a observar la ciudad. La verdad es que, a pesar de lo fría y gris que me parece a diario, por la noche, con los sentidos hipersensibilizados, Lisboa me parece hermosa. O será esa luz de luna que no sé si es la que ilumina con un gesto cómplice los espacios, o la luz filtrada de los focos que bajan en círculos que se superponen. Ahora sube por una nueva construcción, un desvío que rodea un centro comercial: al fondo se puede ver el casco viejo. Parece que me gustaría escuchar un fado, pero no puedo pedirle nada ahora al taxista canoso porque sigue con su discurso racista sobre los negros.

Veo los edificios desde arriba y a veces me parece mentira que sigan de pie, por el simple amontonar de piedra sobre piedra. Me gusta volar. Guardo la carta en un bolsillo del gabán. Dime adónde van los besos que no llegan a ninguna parte; ¿por qué queremos encontrar respuestas de alivio, que ocultamos tan sabiamente con pretextos absurdos, que nunca creeríamos de un amigo? Tal vez la vida es, simplemente, hacer las preguntas y luego no tratar de responderlas; si a algún afamado filósofo se le hubiera ocurrido escribir sobre esto viviríamos bastante más despreocupados.

Aprendí a vivir sin explicaciones justo a tiempo. Si por lo menos me hubiera confirmado la sospecha de una tercera persona, daba igual si hombre o mujer, hubiera tenido un objeto de odio y me hubiera resultado fácil compadecerme. Al fondo, veo sombras que caminan por las calles donde anduvimos, que cuchichean del amor que descuidamos. Sin embargo, no tengo ganas de llorar.

La melancolía me envuelve como una sábana gastada y familiar, que guardas desde hace tanto que ya no recuerdas cuánto. La carta estaba firmada, como un gesto provocador de reafirmación. Nunca me pareció que un final pudiera ser tan frío. Le doy el beneficio de la duda: puede ser un simple formulismo. El tener que justificarla me da rabia y la maldigo e insulto. Al cabo de diez minutos trato de ponerme en su lugar, como siempre hice. La comprendo. Debe ser tan difícil rellenar una hoja de papel cuando ya lo has dicho todo en la primera línea.

El taxi me lleva muy rápido. El chófer ha dejado su monólogo xenófobo y parece que ahora presta atención a la carretera. Al poco enciende la radio y un fado hace que cada músculo de mi estómago se contraiga. Lisboa se funde, cada vez más lejos. La ciudad parece despedirse por última vez. Los árboles pasan tan rápido por la ventanilla que apenas puedo retenerlos en la memoria. Un ploc ploc lo hace todo más evidente: una lluvia traicionera comienza a caer y golpea los cristales con violencia. Puedo ver las últimas sombras de la ciudad yendo y viniendo sobre mi regazo.

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