El reciclaje perpetuo: la certeza de la muerte

muerteNo es por ser aguafiestas, pero una vez que hayamos muerto, no queda nada por hacer porque no podemos hacerlo. ¡Esta es la verdadera tragedia! Aún dando veracidad a todas las propuestas de una vida plena y maravillosa en “otra dimensión” que garantizan las “grandes” religiones -¿curioso, no, que prometan casi todas lo mismo?-, en esta no queda absolutamente nada que hacer. La muerte es la nada, el vacío, la ausencia.

Se descompondrán los huesos y las vísceras y seremos, como decía Quevedo:

serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

Y entonces la naturaleza, más sabia que nadie, creó el estado febril de la juventud, la ilusión de una juventud eterna que no acabaría jamás:

La juventud es la fiebre de la razón

Máximas, La Rochefoucauld

Y durante ese periodo descarado, en que la vida se manifiesta en todo su potencial, no hay meta inalcanzable, quimeras o imposibles. Toda fantasía y todo sueño es probable aquí y ahora, o en un futuro breve.

Es por eso que, en esos años juveniles, la naturaleza planifica la reproducción de la especie. La juventud, el olor penetrante, los cuerpos tonificados y que explotan en miles de hormonas que van sacudiéndose al caminar.

Uno de los ardides más recurrentes para perpetuar la ilusión de la vida es la fama. Conseguir una trascendencia en el recuerdo parece mitigar, para algunos, la certeza de la muerte. Y no sirve de nada, porque ¿de qué sirve el recuerdo? El recuerdo no te permite escribir más novelas o fabricar más panes. El recuerdo es una falsa prótesis. No poder estar y hacer es imposible de sustituir. Por eso se fabrican nuevos ídolos y líderes sociales, porque  da la impresión de que los necesitamos. Falsa impresión.

He visto una  y cien veces a grandes genios morir, y la naturaleza, de nuevo, nos gana por la mano: el estado de constante juventud que recicla el invierno en una rueda que gira y gira nos lleva siempre a un estado de potencia y acto, a la adoración y la mitificación de la etapa juvenil, aquella donde todo era expandir el ser y la mente. La muerte entierra a la muerte. Lo que es importante no es ser un genio, sino la posibilidad de seguir creando.

Tras la muerte, que llegará, no hay pensamiento, ni lenguaje. La vida es una suma de recuerdos y el paso de los años y los avisos del cuerpo sobre nuestro lento desgaste son síntomas que no pueden dejarse de lado. El recordatorio es una preparación para lo inevitable. Estamos de paso, cumplimos una misión determinada, y luego la historia nos cubre de un finísimo manto. Forma parte del engranaje: todo lo que no es ahora y febril no cabe, porque el mundo es una propuesta de primavera eterna.

Los latinos tenemos un sentido trágico de la muerte; es obvio que nos gustaría pasarnos siglos bebiendo, cantando y riendo, que es lo que nuestra cultura nos impregna desde que nacemos.

Un día moriremos sin más, por una razón inexplicable -jamás existirá una que nos consuele o convenza- y ajena a nuestro empeño. Nuestro esfuerzo por aguantar más tiempo forma parte de la esencia vida de la vida; la vida quiere eso mismo, vivir, y el deseo de estar y ser forma parte del sistema. El primer sistema de reciclaje efectivo, si uno lo piensa con frialdad.

Y esto es todo lo simple que puede ser.

Primero es la muerte.

Y luego viene la nada.

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2 Comentarios

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    • ¡Hola Jose! Gracias por el comentario.

      Bueno, para todos los demás no mueren nunca, es cierto; pero yo me pongo en el caso propio, individual, de ese genio, o mío, o de tí mismo. Y entonces la cosa se vuelve trágica, ¿no? En lo del talento estoy de acuerdo, no todos tenemos la misma capacidad.

      ¡Un saludo! :grin:

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