Escena de la película Bienvenido, Mr. Marshall, de Berlanga.
¿Qué cantidad de comida le correspondía a una persona tras la Guerra Civil? Dice mi abuelo que cada familia tenía una tarjeta donde aparecía el matrimonio y sus hijos. Por lo general, venía la mujer. Era raro ver un hombre, aunque alguno iba también.
La cantidad de comida por persona y mes estaba regulada de esta forma:
- 1 litro de aceite
- 1 kg. de azúcar
- 1/2 kg. de arroz, de garbanzos y de judías
- 1/4 kg. de lentejas
- 100 gr. de chocolate
- 1/2 kg. de harina
- 10 kg. de gofio ó 2 panes de 60 gramos diarios.
¿Qué poca variedad, no, abuelo? ¿Y de los demás productos, qué había? Y me dice: es que no había otra cosa.
Por lo general, las familias solían poner a pan a una persona, por si se encontraba alguien enfermo y no le sentara bien el gofio.Evidentemente, este racionamiento por persona y mes no cundía, que decimos en mi tierra. A los veinte días volvían a la tienda a ver qué se podía hacer, porque con eso no se vivía. Tampoco había cosas básicas como jamón cocido o queso (aunque luego me comenta un caso con el jamón, así que supongo que en algún momento se incorporaría a la cesta de la compra o su procedimiento para comprarlo era otro. Investigaremos.)
El extraordinario caso del chocolate mágico.
Resulta que, cuando ya habían liberado el chocolate, llegaba a su tienda en paquetes de 200gr., de una fábrica en mi isla, llamada El Ancla. Pero, qué curioso: en realidad, el empresario los fabricaba de 180 gr. ¿Les parece nuevo este procedimiento? No hay nada nuevo bajo el sol.
Pues resulta que un ex empleado descontento va a la tienda de mi abuelo -abuelo, es que te tocan todas, le dije- y compra una tableta de chocolate.
Va a la Fiscalía de Tasas -que ya no existe, imagino- y denuncia que su tableta sólo tiene 180gr. Al poco, vienen los dos inspectores a su tienda, le piden un paquete de chocolate y lo pesan. En efecto, sólo 180gr. Le levantan el acta.
A ojos de la Fiscalía, mi abuelo era un estafador: él estaba vendiendo al público menos cantidad de la que decía el paquete.
La cosa no termina aquí, claro. Al cabo de dos o tres días, llegan la Guardia Civil y hace un informe: cuántas personas son en su familia, ingresos, gastos, etc. etc.
Mi abuelo, más caliente que un chucho -expresión de mi tierra: enfadado, cabreado- que quería ir a hablar con el Gobernador Civil, resulta que le para un vecino de la zona que justamente era portero allí, en el Gobierno Civil.
-Antonio, tú tienes una multa de hace pocos días, o estoy equivocado.
Mi abuelo dice que claro que él sabía que la tenía, porque en esa época la información corría como la pólvora, y más él que abastecía a casi 1000 personas en el barrio con su tienda.
-Pues me pasó esto:…, y voy a ir al Gobierno Civil porque es muy injusto. ¡Yo veo etiquetado 200gr, y qué voy a ponerme a pesar las tabletas que vienen así de fábrica! ¡Ni que las fabricara yo!
-Ah, es que las multas llegan en sobre verde, y como yo las entrego al secretario para que luego el Gobernador ponga la cantidad que considere de multa, ví tu nombre y pensé: será este Antoñito el de la tienda. ¿Tú quieres hablar? Ven mañana. No está el Gobernador, pero el secretario hace sus funciones.
Dicho y hecho. Mi abuelo va por la mañana, se sienta allí tranquilito, esperando, porque ya sabía lo que le iba a decir.
Le hacen pasar.
-Pase señor. Siéntese, siéntese. A usted qué le sucede.
-¿Me permite que le haga una pregunta?
Y dice mi abuelo que sin esperar contestación, saca la metralleta y dispara a discreción -que para algo estuvo en la Guerra Civil y de eso entiende-:
-Si usted compra una caja de tabaco de veinte cigarrillos y usted ve que sólo hay diecinueve, ¿de quién es la culpa?
-Hombre…
-Otro. Usted compra una lata de sardinas de 200gr, y dice que trae cuatro. Y usted ve tres, pero claro, son gorditas, y luego con el aceite hace los 200gr. ¿De quién cree usted que es la culpa?
Y sin dejarlo reponerse -en este punto, compadezco al secretario-, concluye:
-Otro ejemplo. El jamón del reparto viene en cajas de 10kg, compuesto de barritas de 1kg. Y viene tiernito. Saco la barra, lo corto en pedazos, pim, pim, y a cada persona le corresponde un cuarto de kilo. Pero qué pasa: llega fin de mes, y ese último trozo de jamón de 250 gramos se va secando. Y viene una señora y me pide su ración correspondiente y me dice: oiga, esto pone que pesa 200gr. ¿Y de dónde saco yo el jamón para dárselo a esa señora?
-Mire -respondió el secretario, que mi abuelo dice que fue muy amable y atento-, vamos a dejarlo así. Cuando venga el Gobernador resuelve.
Y mi abuelo volvió a su casa contento de haberse podido desahogar.
A los 15 días le llega una carta a su casa. Abre el sobre y pone: sobreseído.
Y es que no pensaban vérselas con el Superabuelo.
P.d.: dice mi abuelo que luego se enteró de que era el chocolate que exportaba para El Aaiún, en Marruecos. Tampoco me suena a nuevo esto de el primer mundo aprovechándose del tercero.
El misterioso y desconcertante caso de la leche milagrosa.
Dicen las malas lenguas de los tenderos de aquella época que la leche que se repartía era aguada, sin excepción. El procedimiento era el siguiente:
Como la leche venía en esos termos grandes que parecen cápsulas, a pesar de tener un candado, éste tenía lo que se llama un “juego”, es decir, la propia distancia entre la curva de la parte superior del candado y la parte inferior cuadrada dejaba un resquicio para que, al volcarlo, sacar leche. Y, de la misma forma, introducir agua.
Así, durante décadas, en Las Palmas tuvimos el placer de beber leche milagrosa y así estamos todos tan sanos y contentos.
Pregunta: ¿abuelo, pero todos no lo harían, no?
Respuesta: ¡Muchacho! El único que yo pensaba que no lo hacía, años después me confesó que él también… Las malas épocas tienen estas cosas. Cada cual se tenía que buscar su pan.
Pregunta: Pero qué hacían con la leche que sacaban, no lo entiendo.
Respuesta: ¡Oh! Pues vender más leche, y a lo mejor en vez de traer los bidones de cuatro litros, pesaba cuatro litros y medio, y me decían: Antonio, este te lo traigo más lleno. Así que me cobraba más, y yo también cobraba más, pero no por leche… por agua.
Pregunta: ¿Y si lo cogían?
Respuesta: Si lo cogían, que no los cogían más veces porque no querían, ellos sabían que la aguaban -las autoridades-, pero se pasaba mucha hambre y hay que comprenderlo, así que los multaban pero no requisaban la leche. En cambio, en Holanda sí que requisan la leche además de la multa (aquí no puedo asegurar si se refiere a hoy día o a aquella época: dejémoslo en empate técnico.)
Y por último, y no por ello menos importante:
El extraordinario y maravilloso caso de las uvas mágicas de la Noche de Fin de Año.
Llega el ansiado momento de las uvas, y se forma un follón. Que si este año tienen o no pipa, que si son las grandes, que si son las chicas, que si aquel las pela, que si el otro empieza antes de tiempo, que no vale tenerlas en la boca y no tragarlas…
Pues, cinco minutos antes de los famosos “cuartos” -ya saben, el aviso que da el reloj de la televisión antes de que suene la primera campanada-, pensando en si este año llegaría a cinco o seis -por ahí anda el récord- sin atragantarme, va mi abuelo y empieza a comer uvas.
Le dice una de mis primas:
-¡Pero abuelo, qué haces! ¡Si quedan dos minutos!
Y mi abuelo, en el sillón, más ancho que largo, le responde:
-En dos minutos me las como.
Y sigue con su tragadera.
Dan las campanadas, y todo el mundo que si me las comí, que si no, que si me vomito, que si brindamos, que si cava, que si champán, que si lalá, y en esto que discutía con mi primo y mis tíos si daba suerte o no y que hay gente que come otras cosas en vez de uvas -lentejas, he oído decir-, pasa mi abuelo a nuestro lado, se ve que no le interesa la conversación demasiado, y levantando con orgullo y sonrisa pícara una bolsita de plástico nos dice:
-Las pipas son lo que dan la suerte.
Y con esto, el superabuelo se marcha a la cocina.
Y le dedico esta canción, ya que estamos, y que lo quiero, pero un poco sólo.
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Ay que tierno Julio! que quieres mucho a tu “yayo” aunque te hagas en durito, se te cae la baba con tu super abuelo y no me extraña, que es mas “salao” el hombre que todas las cosas…
jajaja, que historias más entretenidas, me recuerdan a las cosas que me contaba mi abuela (que en paz descanse la pobre).
¡Que epoca! aunque como siga así la crisis, ya veremos si no se ponen las cosas peor, que en vez de echarle agua a la leche, a saber que le echen…que miedito…jiji
Dale un besazo de mi parte a tú “super abuelo” y andaaaa….otro para el nieto!!!
¡qué buenas anécdotas las del superabuelo! mi mala cabeza para recordar no quiere rescatar todas las historias de lecheras que oía de niño. que si el agua pa’quí, que si el agua pa’llí. que cuando no había leche se vendían higos. que se aprovechaban hasta las cáscaras de plátano. ¡qué cosas! y hoy nos lamentamos porque “la conexión está lenta”. ¡qué memoria nuestra memoria!
que bonitos recuerdos, y que tiempos, verdad? mi padre tambien solia hacernos esos cuentos, muy interesantes, que tengas buen dia amigo, un beso desde maspalomas.
Último artículo del blog de mery… Al Caer la Tarde 
Tantas y tantas historias de tu abuelo! Que gusto, a mi me gusta mucho que mi Pa (así le digo a mi abuelo, x que mi papá ya falleció) me cuente historias de cuando era joven y Pachuco (después te contaré que es eso), y babeo de gusto al escuchar tantas historias!
Y hasta hoy en día siguen haciendo eso con la leche, créeme!!!
Un beso
Guau Julio! que acabo de ver que todas las féminas que comentamos en este blog te mandamos besos! Afortunado eh! jajajajaja
En primer lugar gracias a los comentarios sobre las historias de mi abuelo, que me hace más ilusión esta que casi todas los otros artículos juntos. Creo, como dicen @Ángel y @Pinkyrancher, que hay cosas muy interesantes sobre las que hablar que ya no funcionan así. Que se ha perdido algo, no de inocencia, sino de valores reales. Y si alguno de ustedes tienen una historia interesante que contar de los viejos tiempos, como dice @Pinkyrancher, los animo a que lo cuenten en el blog, que ahí tendrán un lector fiel. Me encantan esas historias. Y a los demás decirles que sí, @mery, qué tiempos, y a @Pili, quién te dice que no le siguen echando “cosas” o “aguando” la leche… (@Pinkyrancher, te creo, sobre todo según dónde, aunque mejor no escupir para arriba no sea que nos caiga encima…)