El Estado Democrático Totalitario

Luis XIV. Imagen: Wikipedia.

El Estado es el poder.

El Estado que hemos fabricado entre todos a lo largo de los siglos ha cobrado una dimensión de control sobre el individuo que seguirá amputando más libertades. O, como poco, tendremos que pedir permiso a su maquinaria burocrática para que nos devuelva parte de las mismas, un mastodóntico aparato de bifurcaciones inextricables que, bajo el auspicio del control y la seguridad ciudadana, mantiene al mismo en una etiqueta perenne de “es usted un presunto culpable hasta que demuestre lo contrario”. Ya veremos de qué, se congratulan.

En aras de la protección de la propiedad privada y de la ausencia de otros recursos, el ciudadano fortalece al Estado otorgándole una permisividad que raya en lo kafkiano. El Estado crece así como una masa viscosa que se extiende sobre una ciudad desde el mismo centro. Los tentáculos van adquiriendo más autonomía y llega un momento en que el propio ciudadano es asaltado por el temor. El ciudadano se transforma en niño desprotegido que busca su amparo. Y le exige medidas.

La Hacienda Pública, en aras de la igualdad del pago de impuestos, excruta a cada ciudadano. Pero sabemos que esto no es cierto por una simple aplicación del sentido común y de los datos de la vida cotidiana -exceptuando las leyendas urbanas que circulan por doquier-, y que en comparación las grandes fortunas, con las bondades de la ingeniería financiera, escapan a su control.

El D.N.I es un documento que permite el viaje por la Europa común occidental. Sin embargo, también es un documento de control que está a disposición del Estado. Tus cuentas bancarias, tu dirección -¡tu casa!-, tu teléfono, etc. deja de ser privado para pasar a disposición del Estado.

¿Y cómo actúa este Estado del que tanto demandamos protección y mimo? Como suelen decir los políticos: con todo el peso de la Ley, una Ley que ampara las actuaciones -también las injustas y las que coartan nuestra libertad como individuos- del Estado contemporáneo.

Lo hemos engordado tanto que ahora va a resultar casi imposible ese cambio a un estadio donde sea una fuente de paz y seguridad para el ciudadano.

El paso de los años me convence de vivir en un Estado Democrático Totalitario que va adquiriendo más y más control sobre el individuo y sus decisiones. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Las Revoluciones del siglo pasado ayudaron a los grandes cambios sociales. ¿Habrá revolución en éste? ¿Hasta dónde llegará el concepto de Estado y dónde nos llevará esas libertades entregadas a un ente creado por nosotros mismos?

El futuro se adivina poco halagüeño. Papá Estado ya no es aquel que nos redime de nuestros pecados: es el justiciero vengador que nos castiga por los mismos. El Gran Hermano no es una paradoja: no existe un control del individuo oculto a nuestros ojos. Es mucho más sencillo: está a la vista, forma parte del paisaje de forma natural y, además, le exigimos que aumente su control aunque creamos que lo que pedimos es, simplemente, ayuda.

Tener al Estado en contra de uno es una pesadilla: presunto impago a Hacienda, te congelan las cuentas; impago de multa, te retiramos el carnet de conducir, y así con un largo etcétera. El Estado puede abusar -recientemente, la  polémica sobre la supuesta baja de sitios webs o bitácoras que violen derechos de autor bajo orden administrativa-.

¿Quién le pondrá el cascabel al gato? Habrá que reformar el Estado tal y como lo conocemos. Y es para ayer.

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