ACTA: tensando la cuerda del copyright

De la Unión Europea se ríe todo el mundo. Primero nos hicieron creer que “todos juntos seremos más fuertes”, pero con la polémica sobre ACTA, el tratado que llevan negociando varios países para el control del copyright en el mundo, se ha descubierto el pastel. Porque esta lucha comercial, amparada bajo la masiva copia de obras con copyright, les ha dado la oportunidad que andaban buscando: la de tener el control de quién copia, cuándo y cómo.

El Anti-Counterfeiting Trade Agreement (ACTA) es una propuesta para un acuerdo comercial plurilateral, según sus promotores, en respuesta al “incremento de los bienes falsificados y obras protegidas por copyright pirateadas en el mercado global”. El ámbito de ACTA es amplio, incluyendo la falsificación de bienes físicos, así como la “distribución en Internet y las tecnologías de la información”.

Fuente: Wikipedia.

El pastel no es otro que el siguiente: los europarlamentarios han pedido transparencia en las negociaciones y que se les informe de los acuerdos comerciales de ACTA que tengan vinculación con la UE, puesto que forma parte de las mismas junto con otros países. Si he entendido bien, un grupo de la UE, con potestad para representarla, negocia tratados comerciales -el control del copyright en el mundo no es sino una forma de proteger la propiedad intelectual que manejan grandes lobbys- a espaldas de su parlamento.

Si esto no es reírse de la UE como organismo serio no sé qué puede ser: el Parlamento Europeo ha hecho una llamada de atención a la Comisión Europea para que le informe de las negociaciones con transparencia. Luego vienen los llantos y lamentaciones sobre los referéndums en países que no quieren anexionarse o tienen baja participación. El ciudadano percibe que, en el fondo, la UE no le representa y que a última hora llamamos al tío Sam para que nos eche un cabo con nuestros conflictos internos -léase, por ejemplo: Guerra de los Balcanes-.

Lo más interesante de ACTA es saber si pueden reunirse, a espalda de los gobiernos de la UE -¿o precisamente bajo el amparo de estos?-, un grupo de ¿…? que negocian un tratado universal sin que el ciudadano sepa de su existencia: un marco ideal para los fans de las teorías conspirativas. ¿Quién ha designado a estas personas? ¿Están representando a estos países sin que cada parlamento conozca su existencia? Damos por hecho de que los lobbys tienen representantes para estas reuniones a puerta cerrada. ¿Por qué ni la oposición en España ni el propio Zapatero han comentado el asunto si llevan, dice la prensa, desde 2007? ¿Qué opina Catherine Ashton, la Alta Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Políticas de Seguridad?

¿Puede, sin supervisión internacional -como la ONU-, reunirse un grupo de personas para decidir qué medidas mundiales tomar contra la violación del copyright y crear nuevas reglas comerciales? Lo que más preocupa de ACTA, dice la AI (Asociación de Internautas) es que plantea autorizar a las empresas y propietarios de derechos a exigir a los proveedores de acceso a Internet la vigilancia sobre el tráfico de sus clientes. Nada nuevo bajo el sol.

ACTA lo ha apoyado públicamente Obama; es el primer paso para la consolidación del acuerdo, y desde luego que Obama cumple los requisitos de imagen adecuados para que el primer mundo considere su aplicación: con Bush se levantarían ampollas en los movimientos de izquierda mundiales, pero esperemos que se levanten de igual forma: no se puede autorizar a vigilar el tráfico de la red porque es una violación de la privacidad, si es que esta norma u otra similar aparece en el acuerdo.

Además de este desacuerdo, creo en que hay que incidir en estas otras ideas: apoyar los derechos de autor, luchar contra la cultura del todo gratis -que es un síntoma producto de un endemismo de nuestro tiempo: la pérdida del esfuerzo como valor-, e inculcar a la sociedad la idea de que el producto de un artista es un esfuerzo intelectual que debe ser remunerado equitativamente -y no hablo de los titiriteros ni de los que no lo son porque se representan a ellos mismos y no a quien escribe estas líneas: lo que opine Ana Belén o Almodóvar del derecho de autor o de la tortuga boba tanto me da que me da lo mismo-. A nadie le parece extraño que Vargas Llosa proteja su trabajo y cobre por él, o Michael Houellebecq, o Enrique Vila-Matas. ¿Pero un autor sin este reconocimiento mediático tiene que compartir su trabajo de forma gratuita?

El consumo de los productos de los artistas -cine, música, libros, arte, etc.- tiene que conllevar un pago justo por su obra. Justo es: justo también para los artistas y para el consumidor del producto. Con los gravámenes del canon -¿si grabo con un DVD virgen el bautizo de mi sobrina tengo que pagar de más?- y la vigilancia sobre las conductas de los internautas -que yo sepa, la ley protege al ciudadano hasta que se demuestre lo contrario, y no al revés, que es la demagogia surrealista que existe actualmente y que permite este gobierno-, se produce un clima nada favorable para ninguna de las partes.

Es preciso que las empresas bajen sus márgenes de beneficios para que el ciudadano pueda adquirir una obra sin que esta sea un costo adicional para su maltrecha economía: lo que no pueden obtener es una victoria clara en este aspecto, usurpando la privacidad que protege la Constitución Española y la europea, y que además se sigan haciendo de oro a costa de los consumidores. Dialogantes sí; pero gilipollas, lo justo.

Imagen: laughingsquid.com.

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