New York

En un sueño que tuve, conecté el walkman sin ninguna idea prefijada. Los pasos seguían unos a los otros en un ritmo acompasado, y las líneas de las baldosas caían tras del talón. No cuento nada nuevo si te cuento que, desde esta línea, la ciudad transía gris, los automóviles se cruzaban en todas direcciones, los rebaños humanos giraban en sentidos inversos. El gran Bob me avisaba de aquel fastuoso lento tren que llegaba a la estación.
Ya dentro de aquel lujoso tranvía travestido de coctelera humana Mr. Paul Simon marcaba el camino a Graceland. Afuera, Annie Lennox cantaba sobre la lluvia que viene de nuevo, cayendo sobre su anguloso rostro, como látigo de siete cuerdas levantando pequeñas partículas brillantes de cristal, y mis imágenes reflejadas todas al tiempo en los claroscuros.
Míster Mark Knopfler arrastra su voz atabacada como un Lou Reed acountrysado que inquiriera sobre su Romeo y Juliette particulares, aunque ya hacía tiempo que no pensaba en ella. Leonard, el poeta que pudo conquistarla en un bareto sucio y azul de lo más insípido, insistía en que él era su hombre.


Cuando por fin bajo en la estación 29, una manifestación de super vagabundos sindicados me aconsejaban que no fuera por atajos, que viviera la dicha y alegría como aquellos viajeros de Canterbury que sugirieron algo sobre la identidad humana al gran bardo de Strattford-upon-Avon. En definitiva, que tomara el largo camino a casa. Pero no era allí hacia donde me dirigían los talones, las líneas de las baldosas cayendo detrás de ellos.
Los Talking Heads me machacaban continuamente con su letanía agotadora pero cautivadora, un canto zen: puede que me encuentre con una hermosa mujer, en una hermosa mansión, con un largo coche, y me pregunte cómo llegué a esto. Una vez en la vida. La ciudad se ponía de largo y los faros seguían alimentando las mentes de aquellos que necesitan más horas de vida, o los pobres viciosos de soledad que deambulan no digo que perdidos porque esa imagen ya la leí hace tiempo; tendrán más perspectivas, intuyo.
Van Morrison siguió a aquellas cabezas parlantes: me decía que podría encontrar, bajo la luz de la luna, a esa chica de ojos castaños, enamorarme de ella, en las sombras del atardecer, y así fue. Pasó justo a mi lado. Apenas la retuve en la mirada. Luego me contenté con el contoneo de sus vaqueros ajustados.
Vangelis lo fue pincelando todo de forma más indefinible; el temblor de la mente no era de miedo, ni de dicha, sino de sorpresa, o tal vez una estupefacción que delimitaba mis pensamientos, en un vagar que siempre esperaba algo, maravilloso o terrible. Era un creador de atmósferas: y el saxo cantó mi amor a Rachel mientras reponían en un escaparate de televisores a aquella fantasía de Blade Runner que a veces soñé poder revivir.
No sin vergüenza atravesé todas las calles: aún tenía cosas que hacer y siempre he perdido mis combates contra la pereza, que encaja mis golpes y se levanta una y otra y otra vez. La nieve caía en la mayor helada que se recordaba, pero los recuerdos viajan tan raudos que quién sabe, tal vez no hiciera tanto, tal vez el o la que midió aquella temperatura iba en mangas de camisa, o en sujetador. No me dejo sorprender por nada. Apago el walkman y todo sigue diferente para permanecer igual. Ya no me desespero. Knopfler gritaba la consabida estrofa retenida en algún rincón tras la frente: aquí estoy de nuevo en esta vieja ciudad, y estás tan lejos de mí; dónde estarás cuando el sol cae, estás tan lejos de mí. A lo mejor resulta que el amor, ese idealismo barato por recurrente, es todo lo que importa en la vida, y como necesito algo más fuerte que el vino en tetra-brik, me basta por este día. New York, radiante, engulléndome como el viejo Pantagruel.

LO FATAL

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la dura piedra porque ésa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser y no saber nada y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos…

Rubén Darío

Listado de canciones referenciadas en el texto:

1 Bob Dylan: Slow train coming.

2 Paul Simon: Graceland.

3 Eurythmics: Here comes the rain again.

4 Lou Reed: Romeo had Juliette.

5 Leonard Cohen: I’m your man.

6 Supertramp: Take the long way home.

7 Talking Heads: Once in a lifetime.

8 Van Morrison: Moondance.

9 Vangelis: Blade Runner Love Theme.

10 Dire Straits: So far away.

Imagen: viajespolares.blogia.com.

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3 Comentarios

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  • Puede que sea esta la canción
    la que nunca te escribí
    tal vez te alegre el corazón
    no hay más motivo ni razón,
    que me acordé de ti.

    Yo me fui, no sé hacia dónde
    sólo sé que me perdí

    pero ya estoy aquí hermoso, yo no tengo tu creatividad para hacer un texto tan original,pero si unos versitos de los Fitipaldi para decirte que me encanta leerte. No se porqué no tienes más lectores. has pensado poner unas fotos tuyas en sexy ropa ajustada con poses sugerentes???
    Besos mi cielo

    • @Tani: Cómo que no, claro que tienes creatividad, tu bitácora está muy chida e interesante, doy fe. Si pongo mi foto en ropa sexy con poses sugerentes entonces ya no me lee nadie jajaja… Aunque… espera… me lo pienso y tal… Qué peligro tienen las mujeres… ¡Un besote! :grin:

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