Ensoñaciones del Maestro Zen

Un estudiante de artes marciales se aproximó al Maestro Zen con una pregunta, muchos años antes de ser estrangulado hasta la muerte por un anónimo.

-Quisiera mejorar mi conocimiento de las artes marciales. Además de aprender contigo quisiera aprender con otro maestro para aprender otro estilo. ¿Que piensas de esta idea?

-El cazador que persigue dos conejos -respondió el maestro-, no atrapa ninguno.

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-Maestro Zen.

-En este momento acabo de terminar mi meditación. Habla con libertad.

-Pues tengo un dilema, Maestro, si me permite. Resulta que tengo que hacer una paella de marisco el domingo y mi mujer la hace de una forma y mi madre de otra, y no sé de qué forma hacerla para contentar a las dos.

-El cocinero que persigue dos conejos -dijo el Maestro Zen-, no atrapa ninguno.

-No, no, de conejo no, paella de marisco, Maestro.

-Hijo: soy como una campana. Golpéame con ligereza y te responderé débilmente; golpéame con energía y te responderé con un redoble poderoso.

-Yo lo que quería preguntarle, Maestro Zen, es si debería hacer la paella poniéndole el sofrito y luego añadir la verdura, agua, arroz y marisco, o como dice mi suegra que añade el marisco guisado aparte y el agua del marisco para darle más gusto.

-¡El cocinero que persigue dos conejos -respondió el Maestro Zen con energía-, no atrapa ninguno!

-Ssssí, mmm, a ver, la paella, los ingredientes, es marisco, Maestro Zen, lo que se dice lapas, mejillones, berberechos, navajas, langosta, cangrejo, vieiras, calamar, lo propio de una paella de marisco. Yo lo que quiero es cómo contentarlas a las dos porque se llevan mal desde hace años y la pagan conmigo. Usted qué haría en mi caso.

-Tienes mucha habilidad con el arco -dijo el Maestro Zen imitando con una pose grácil a un arquero- pero tienes tan poca habilidad con la mente que te hace errar el tiro.

-Buff, cómo me está poniendo de nervioso, Maestro Zen. Me está entrando un chungo de esos, sabe.

-¡El cocinero que persigue dos conejos -respondió el Maestro Zen con energía-, no atrapa ninguno!

-Maestro, de verdad, no sé si recuerda que padezco de hipertensión y me voy a poner esta pastillita debajo de la lengua. Si no me va a responder, me voy, pero no me tenga aquí para nada porque no lo entiendo.

-Mira fijamente esta moneda. Si sale cara, harás la paella como mejor te venga a ti; si sale cruz, ya veremos si la haces como tu mujer o tu suegra.

-Por su madre, Maestro, que salga cara.

-¡Cara! Bien, hijo, recuerda esto: nadie puede cambiar el destino. ¿Cómo te sientes ahora?

-Es verdad, Maestro, y aunque le doy las gracias por haberme ayudado, pero tengo que decirle con todo el respeto que le tengo  que ha sido una poquita de cabronada hacerme pasar este mal rato.

-Hijo mío, la moneda tiene impresa una cara por las dos partes… Ve ahora feliz a hacer tu paella.

-Maestro, no entiendo, si usted lo tenía tan claro, que me haya tenido todo este rato angustiado esperando su respuesta. Con todo mi respeto, es usted un poco porculero.

-Los misterios del zen son inexcrutables. Si yo no fuera porculero, ¿me llamarías maestro?

-Buda lo tenga en su gloria.

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