Como esperando abril

Cuando pasas la tarde de primavera y estás sentado sobre el borde del parterre, tallando el trozo de madera con una navaja vieja y afilada que has encontrado en el cuarto de aperos, estás tan concentrado en la tarea que ni reparas en la posibilidad de cortarte.  Si alzas la vista, aprovechando que secas unas pocas gotas del sudor que nace en la frente, ves los limoneros achatados por el peso de sus frutos. Hay que apuntalar con cuidado aquí y allá con ramas pesadas y cuerdas, como una obra de ingeniería rudimentaria, para que las ramas no se quiebren. Si hay suerte, la tarde no es aún muy fría, y el cielo permanece despejado tras las montañas, se está cerca de entender el significado de la frase: estar en paz con uno mismo.

El terreno, que está situado justo al pie de la casa, está lleno de cubas de agua, mangueras, enseres de labranza diseminados a lo largo del terreno, que se ha dividido en compartimentos: aquí, al pie del sendero que llega hasta la casa, papas, bubangos y calabazas, aprovechando el espacio que dejan los limoneros y los ciruelos, que ocupan casi todo el terreno; bajando el camino viejo hasta el barranco, delante de los eucaliptos, se plantaron unos tomateros y hierbas. Detrás no se ha plantado, pues con los eucaliptos nada crece: absorben toda la luz y los nutrientes de alrededor, y crecen a lo ancho como una colonia de setas. Sus raíces profundas y robustas, además, son capaces de partir la roca viva y el asfalto, como si las carreteras estuvieran hechas de panales de miel. El eucalipto es el Atila de los árboles.

No hace falta mucha suerte, como saben todos, para encontrar un trozo de madera en condiciones en un terreno de labranza. Cuando cojo el que tengo más cerca, lo miro bien para comprobar su consistencia y que no esté picado de bichos, y pruebo con lo que tenga a mano para ver si se deja tallar. En mi experiencia como tallador ocasional he aprendido a comprobar las características básicas de un buen trozo de madera. Si esta es muy vieja o se cuartea, las posibilidades de experimentar con ella se reducen bastante, ya que en cualquier tajo puede venirse toda la forma abajo; si la madera, por el contrario, es demasiado dura, llega un momento en que no es divertido. Una vez, por pura cabezonería, seguí tallando un trozo de madera que era más duro que el mármol. Cuando acabé, mi abuelo se acercó con sus botas y su mono de trabajo y me preguntó que qué era eso que tenía en la mano.

-Lo que se dejó hacer -le respondí, arrojándolo contra los árboles.

Otra característica que he comprobado es que la forma está ya inserta en el trozo de madera. Es como si cada limonero llevara dentro de cada rama un tesoro oculto de formas variopintas que esperaran a ser encontradas por el peregrino que se quedara a compartir un tiempo con ellos. Me siento rodeado de cientos de árboles de Navidad llenos de regalos por abrir. ¡Y, por si fuera poco, los limoneros dan frutos todo el año!

Hoy me he decidido por apuntarlo todo en esta libreta que compré en el pueblo. En realidad, no es solo para que lo lean otros sino por si, en un futuro, sobreviven estos árboles -no tengo constancia de que los limoneros y ciruelos del mundo tengan el interior lleno de objetos, así que no es descabellado pensar que estos son una variedad única en el mundo arbóreo- y una persona se detiene, una tarde de abril, a tallar un trozo de madera y no tiene las instrucciones para hacerlo bien.

Sigo: tengo, junto a mí, el regalo que he descubierto hoy. El trozo de madera era un palo de unos diez centímetros de largo, de dos dedos de grueso, con el corcho bizcochado por el sol. No fue difícil quitarlo; por fortuna, la madera estaba en buen estado. Olía a madera de ciruelo.

Como el proceso debe ser instintivo, porque cuando fuerzas la forma la madera se vuelve rebelde, me descentro con el paisaje que tengo a mi alrededor, observando tonterías como las moscas o las avispas girando sobre las rosas salvajes. Esta es la forma con la que consigo que una mano empieze a girar el palo y la otra comience a tallarlo, como una figura para recortar sobre un papel, buscando las guías ocultas que ya lleva la madera dentro de sí, como un pianista que charla con un invitado mientras sus manos, de forma instintiva, encuentran las notas de una melodía.

Dejé la mano que sujetaba el palo quieta; empecé a tallar las esquinas de un extremo, haciendo que brotara un círculo, con la navaja haciendo saltar las esquirlas a buen ritmo. Solo ver cómo había quedado este primer boceto me dio la luz sobre la forma que escondía el palo de madera. Rebajé este borde circular en el centro, usando la punta de la navaja como si fuera una pala, y comencé a tallar los cantos afilados para darles también esa forma redondeada y agradable al tacto. En mi frente, dado el buen ritmo, nacían las primeras gotas de sudor, y al secarme con el brazo llevé el palo, que ya era el embrión de un objeto, a la nariz, y aspiré profundamente: ¡ciruelas!

Seguí perfilando con la navaja hasta que quedó como a mí me gustaba. Como detalle final, opté por hacer unas pequeñas muescas en lo que ya era el mango, para darle un aspecto más distinguido. Orgulloso de mi obra, para probar su funcionalidad me dirigí rápido a la cocina. Abrí la nevera, cogí un yogurt natural e introduje mi nueva cuchara de madera de ciruelo. ¡Estaba delicioso!

Fui al cuarto de aperos y corté unos metros de tanza de una caña vieja. La anudé a las anillas de la libreta y esta la he dejado bien atada al árbol más viejo. Mi abuelo, al volver del estanque, la ha visto colgando y, molesto por todo aquello que le perturbe la memoria de su paisaje, me ha preguntado que hacía esa libreta ahí. Tuve que llevarlo a la cocina, abrir el armario y enseñarle todos los objetos de madera que había encontrado hasta el momento: cucharas, cuchillos y tenedores de diversos tamaños, un hombre cojo -el original tenía las dos piernas-, un búho, un huevo de pascua, una chalana, una botella de ron, un pájaro, una azada, y una caja de la que no se sabía su contenido ¡porque todavía no había aparecido la llave! Mi abuelo miró con asombro aquellos objetos y, como es un hombre práctico, decidió que si la libreta aquella iba servir para algo útil era mejor dejarla donde estaba.

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