Esbozos sobre la obra literaria a través del tiempo

La obra literaria llega a traves de dos formas (expresiones lingüísticas):

a) Sincrónicamente: llega en un momento como “novedad editorial”. Este concepto de “novedad editorial” significa que el libro es nuevo, y que hay nuevos autores. Significa a través del tiempo. Hay que hablar de objeto de consumo.

b) Diacrónicamente: Hay que hablar de objeto de uso repetido: a través del tiempo las distintas generaciones las han interpretado. Por ejemplo: los clásicos.

El objeto de uso repetido nos llega como reactualización: es una propuesta a ser interpretada en un momento determinado. Se trata de dar un nuevo sentido a una obra conocida; por ejemplo, El Quijote. Mientras, el objeto de consumo llega con el aspecto de una forma literaria, de acuerdo a un “molde”, de un género divulgado previamente por objetos de uso repetido. Las obras que son objeto de consumo pasan a formar parte de la “tradición”; si es un producto insólito, es decir, si no se adapta al “molde”, se inserta en las vanguardias

Estas vanguardias existen porque existe también, por así decirlo, una “retaguardia” (nótese que ambos conceptos pertenecen al registro militar). La vanguardia es aquello que lucha por formar un mismo tipo de lector. Escapa a la tradición, es innovador: aparecen nuevos temas, etc. La retaguardia, por tanto, es la tradición.

Montaigne, por ejemplo, escribió un producto literario que escapaba a la tradición: el ensayo. En su momento era vanguardia, pero hoy ya es tradición. Por lo tanto, toda vanguardia, con el tiempo, se convierte en tradición; es por este motivo que el concepto de qué es vanguardia es muy relativo. En literatura, la máxima expresión de la vanguardia es el libro en blanco. Ejemplos de vanguardia son Proust, Joyce o Cortázar.

En Rayuela encontramos una obra que se puede leer de cualquier manera, y según sea esta, será un texto diferente con final distinto En este caso, el concepto de vanguardia se ha referido a la combinatoria: con el orden dispuesto al azar tenemos una novela diferente; por lo tanto, podemos decir que la producción de vanguardia está cerca de la producción combinatoria y de azar. Esta relación profunda la inaugura en el siglo XIX Mallarmé, con un poema:

Una jugada de dados no abolirá el pasado.

Se podría decir que Mallarmé se convierte así en el padre de las vanguardias. En su poema, las palabras tienen forma de dados sobre una mesa. Son palabras escritas con una grafía mayor o menor, distintas tipografías, etc. Con esto quería conseguir que se pudiera leer tanto en vertical como en horizontal. Estas distintas grafías se leen, además, como una partitura: es la máxima aportación de Mallarmé.

Este rasgo también se ve en el arte de vanguardia frente al tradicional: por un lado el figurativo (tradicional) y por otro el abstracto (vanguardia). El concepto, además, de modernidad, es discutido: algunos críticos dicen que estamos en la postmodernidad, es decir: ya no hay rupturas desde el punto de vista artístico y literario.

Solo hubo un individuo que, a finales del siglo XIX, pretendió hacer una obra poética distinta de la tradición: Nietzsche, con Así habló Zaratrusta (aunque en una conferencia de hace años, un especialista en Nietzsche afirmaba que la traducción correcta era “Así dicen que habló Zaratrusta”, lo que en efecto cambia la perspectiva desde la que Nietszche parte en la obra). Nietzsche quiso ser innovador, sobre todo poéticamente.

Y es en esta obra cuando Nietszche se da cuenta de que dejábamos la modernidad atrás y caminábamos hacia la postmodernidad; dice: “Dios ha muerto”. Por lo tanto, la filosofía del siglo XIX ha visto el fin de la originalidad, volviendo al pasado. Así, la postmodernidad se ha conformado por: la muerte de Dios, el espíritu, la libertad de ideologías, etc.

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