La página tres

Pudiera parecer una pesadilla producto de una mala digestión. Tengo el estómago delicado y en estos últimos meses, por recomendación de mi médico, he apartado las especias, las mayonesas y el mojo picón. Como soy ingeniero de perforación y me paso casi todo el año fuera de casa, mi mujer ha desarrollado la teoría de que no es improbable que mi metabolismo haya asumido, por mímesis, esa obsesión por hacer agujeros y que las úlceras fueran el resultado lógico de dicha obsesión. Así que me lo tengo bien merecido por no estar nunca con la familia, continúa. Llegados a este punto, y como nuestras peleas son por lo general a distancia, como ha sido normalmente a lo largo de nuestra relación -me encuentro ahora mismo en una isla del Pacífico-, le he concedido, durante estos casi veinte años de casado, el don de ganarme siempre las discusiones. Nuestra relación mejora sensiblemente cuando ella se ha desahogado y escucha el frío viento ululando por respuesta. No se crean que es una tarea sencilla. Tiene que parecer que ha ganado, porque si sospecha que la estoy dejando ganar, el efecto puede producir devastadores efectos secundarios, como que me abandone, cosa que ha hecho ya dos veces. Mis compañeros de profesión, sin embargo, me tienen como un hombre con suerte, pues la mayoría han pasado por varios divorcios o bien se han buscado amigas espóradicas. Ver quién hace el agujero más grande del mundo, solíamos decir, genera una angustiosa soledad.

-Está bien -concluye la discusión con el código con el que suele hacerlo a menudo: preocupándose por mi salud-. ¿Estás tomando el omeprazol?

-Sí, el de 20mg -le respondo, levantando la bandera blanca-. Me lo tomo con el café y parece que funciona.

-Tienes que tomártelo antes del café. Si te lo tomas junto al café pierde su eficacia.

-Ah, es cierto, cariño -este matiz es sumamente importante en este momento-, pues entonces me lo tomaré un rato antes. Tengo que dejarte, ya llega el helicóptero. Dale un beso a los niños. Te quiero.

-Muy bien. Te quiero.

Lo de los te quiero a distancia es tan monótono como pasarte veinte años escuchando el mismo vinilo de tu grupo favorito. Al principio te entusiasma, y solo lo pones cuando quieres volver a ese estado de felicidad o necesitas un poco de alegría en un mal momento. Sin embargo, cuando el vinilo suena constantemente, se desgasta, la música pierde la capacidad de sorpresa, los sentidos ya no se espabilan como antaño, y queda como un eco que muere en el pasado. Recuerdas el significado de aquella melodía, a lo que está asociada, y por eso mismo la respetas. Pero ya no es lo mismo. Como no quieres que todo explote en el aire respetas el código. Es importante respetar los códigos porque estos te dan seguridad. La vida es más confiable y te da más certezas si sigues los códigos.

Aquel mediodía, sin embargo, hacía un día de perros, y ni cuatro altavoces JVC a plena potencia podría haber hecho sonar las Valkirias de Wagner sobre el viento de más de 90 km/h, que era en lo que pensaba mientras el helicóptero aterrizaba en la plataforma. Los hombres bajaron a los pocos segundos, mientras continuaban girando las aspas con ese curioso efecto óptico que hace que parezca que van más despacio y en sentido contrario. Agarraban sus maletines y luchaban con fuerza contra el viento enfurecido, y con no poco esfuerzo consiguieron asirse a la barandilla y fueron descendiendo hasta el nivel uno con agilidad. Se notaba que no era la primera vez que lo hacían.

Cuando llegaron a la puerta exterior del despacho, el de la coleta, que debía ser el jefe por cómo los otros escuchaban sin perder detalle lo que murmuraba, me hizo un gesto con la mano. Yo le saludé agitándola sin mucho convencimiento, porque estaba convencido de que aquellos japoneses simplemente imitaban las costumbres occidentales, como yo hacía reverencias al chico del McDonalds los fines de semana que pasaba negociando en Tokio. Cuando llegaron a mi altura me fueron dando la mano y, sin mediar palabra, entraron en el despacho.

La mesa de reuniones había sido preparada por mis ayudantes con minuciosidad. Todos estaban sentados ya, con los japoneses, vestidos todos de traje negro, abriendo los maletines y depositando unas carpetas como si estuviéramos en una coreografía. Mis hombres se miraron contrariados, pero yo ya estaba acostumbrado a esa exasperante demostración de control nipona, así que sin más dilaciones presenté a mis hombres. Los otros permanecieron callados, asintiendo por toda respuesta. El de la coleta habló en un inglés excelente.

-Entonces -dijo sonriendo como si le hubieran estirado los extremos de la boca con unos alambres-, no aparece la página tres.

-No -respondí-. Hemos hablado con todo el mundo.

-Cuéntenos.

Me incorporé y me acerqué a una pizarra que estaba situada detrás nuestra y donde había dibujado unos pequeños diagramas para explicar los últimos acontecimientos.

-La anomalía apareció como aparecen estas cosas en la vida, ya sabe usted. Uno no repara en la pieza que no encaja porque no supone que deba faltar una. Y mucho menos cuando para todos los demás tampoco. Yo no me atrevería a llamarlo una epifanía. Pero la verdad es que fue sorprendente.

-Entiendo -dijo el japonés de la coleta-.

-Me entraron unos calores horribles en el cuerpo. Como cuando nos percatamos de un detalle que sabemos que cambiará las cosas. Pequeñas o grandes. Que a partir de ese instante no habría marcha atrás.

-Entiendo -dijo el japonés.

-Lo primero que hice fue llamar a mis hombres. Les pedí que hicieran exactamente lo que les pedí y que me dieran el resultado. Algunos contestaron súbitamente: “Jefe, no hay página tres, por qué iba a haberla”. Llamé a la empresa. Nadie sabía nada. Entonces todo comenzó a moverse. Llamé al MIT, a un par de profesores de universidad con los que mantengo buen trato. Ellos mismos se sobresaltaron. Me pidieron unos segundos. Es lo más gracioso, si puede decirse así, de esta situación. Comprobarlo es cuestión de segundos. Me sentía superado por la situación. Tres horas después, me llama un tal Pickert, de la CIA. Abro tres líneas más a la media hora: la ASN, el FBI y el MI5. El embajador de mi país mantiene una charla conmigo de diez minutos. Se desencadena una tromba de acontecimientos de los que me explicaron exhaustivamente que no podría hablar con nadie salvo con ustedes.

-Entiendo -dijo el japonés.

-Y poco más puedo decir. He visto cómo Internet ha estallado con la noticia. He pinchado radios y televisiones por el satélite y no paran de hablar de ello a todas horas. Este es, más o menos, el resumen de lo que ha sucedido.

-Entiendo -dijo el japonés.

Acto seguido, se incorporó de su asiento y asió la jarra de agua que estaba en medio de la mesa y cogió uno de los vasos. En la sala todos miraban fijamente cómo el agua entraba en el vaso, como si aquel japonés estuviera a punto de hacer un truco de magia. El ruido del agua cayendo llenaba la estancia. Dejó la jarra en su sitio. Se llevó el vaso a la boca y se bebió toda el agua lentamente, mientras su nuez subía y baja como una ascensor. Cuando la última gota desapareció por su boca, exhaló un ostentoso “‘¡Aaaah!” -yo pensé que debía estar sediento por el viaje- y dejó el vaso en el centro de la mesa, en el justo lugar donde había estado antes. Volvió a sentarse y alcanzó a uno de mis ayudantes una serie de hojas grapadas. El resto de sus hombres imitaron el gesto.

-El problema -continuó el japonés- es que nosotros hemos hecho los cálculos. Hemos introducido algunas variables y los ordenadores nos siguen dando modelos que señalan una única respuesta. En efecto. No existe la página tres. Está todo ahí.

-¿Está usted seguro?

El hombre de la coleta se incorporó y los otros tres lo hicieron al unísono. Abrió la puerta y dejó que salieran primero. El viento rugía de nuevo en el exterior y el aire helado inundó la sala. Se detuvo un instante, antes de cerrar la puerta tras de sí, para añadir lo siguiente, elevando la voz sobre el ruidoso viento:

-El usuario introduce el término de búsqueda. Mira en la primera, como mucho la segunda página, si aparece lo que está buscando. En caso contrario, repite la búsqueda, cambia los términos, lo que necesite. Pero jamás pasa de la página tres. Porque, en el fondo, esa página tres de Google no existe. Nadie la ha visto jamás.  Que tengan un buen día.

Y, cerrando la puerta tras de sí, nos volvió a dejar a todos sumidos en el silencio.

Imagen: http://www.allposters.com.mx.

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4 Comentarios

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  • Hola, Julio,

    Hacía días que no te leía porque ando un tanto liada. Tengo que felicitarte por el relato. Me ha encantado. Y te lo digo de todo corazón. Me ha gustado la ocurrencia de las úlceras, los agujeros físicos y el vacío matrimonial y familiar del protagonista. Y después, por un momento, todo ha girado en torno al número 3: las siglas de las organizaciones, el número de líneas que abre el usuario… Me ha recordado en parte a el famoso Macguffin acuñado por Hitchcock. Y por supuesto, me ha encantado la ironía, el eterno convencimiento de que otras civilizaciones, especialmente, la nipona, parece tener la clave de todo cuando a veces no existe o es demasiado elemental. Abrazos.

    • Bueno, tú lo que quieres que me ponga rojo. Pues yo lo reescribiría porque lo he vuelto a leer tras tu comentario y claro, es que lo escribí anoche en plan “necesito relajarme”. Esto no es ninguna excusa, es que soy de los que piensa que en dos horas no se puede escribir sino el embrión de algo. Y te mando un besazo, ando liado que no veas y recuperándome haciendo rehabilitación del accidente de coche. La life es así, escritora. :grin:

  • Me encantó. :D
    Me encantó la historia, la trama y el desenlace ( :grin: :grin: muy ingenioso). Da gusto leerte. Podría añadir más pero para qué…. simplemente me encantó.
    Besos

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