La última vez nací en Escondido, California, en 1888, de descendientes de Pedro de Alvarado y esto, que haría desgraciados a tantos hombres, a mí me hizo feliz. Dejo, por mala costumbre, las cartas y los pensamientos sin firmar; como no he lanzado mi nombre al viento, nadie me invita a su hogar, por lo que no frecuento amistades. Y no hay registros, recuerdos u olores del espacio que ocupé, aunque haya muchos a los que no he visto jamás que dan descripciones austeras sobre mí.
Sin embargo, soy muy feliz, ¡cómo no serlo! Se me atribuye un vasto conocimiento y algunas de las gestas más importantes de la historia de la humanidad. ¿A quién le preocupa entonces ser una sombra anciana y errante o que esté condenado a rencarnarme en las cenizas de otros? No pienso contradecirles. Que me llamen alegremente Anónimo es un pequeño precio a cambio de la inmortalidad.


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3 Respuestas para Quien no se consuela
Lucía 24 septiembre 2012
Que me llamen alegremente Anónimo es un pequeño precio a cambio de la inmortalidad.
Lucía 24 septiembre 2012
¡Vaya frase!
Julio 25 septiembre 2012
Danke, cielo.