Me chivaron que cuando Baumgartner saltó desde más de 39.000 metros de altura sobre la superficie terrestre (desde la estratosfera) el presidente de un extraño país se convulsionó pensando que era la caída de su prima favorita. Pero no: durante unos minutos el mundo se olvidó de la familia política y de la pérdida de poder adquisitivo, de los ocho millones de personas que atendían los servicios sociales o de que el premio Nobel de literatura fuese para un chino.
Un señor hurgó en su cartera y encontró los céntimos para un café. Posponemos, se dijo, lo fatal inevitable para más tarde.


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