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Éxito en la presentación de A través del espejo

Ayer fue el acto de presentación de mi libro A través del espejo -pronto tendré las fotos y el audio de la presentación-, uno de los días más importantes de mi vida y voy a contarles por qué.

Porque tengo una familia maravillosa. Todos ellos estuvieron allí apoyándome. Porque tengo unos amigos increíbles y soy afortunado de que estén siempre ahí.

Porque tuve una presentadora de lujo, la Dra. y profesora de la ULPGC Carmen Márquez, una profesora que además hace una labor impagable por la difusión del teatro canario y el teatro en general, labor además refrendada por premios a la misma. Hizo un análisis brillante de mi obra, encontró lugares que yo no había visto en mi libro, y me ayudó muchísimo en mi primera presentación. Si ya su altura académica es sobresaliente, les tengo que decir que su altura humana es mucho mayor. Gracias de corazón a Carmen Márquez, estará toda mi vida en mi recuerdo y espero poder contar con su amistad y su afecto durante muchos años más.

A mis madrinas, como las he bautizado, Berbel y Alicia Llarena, por apoyarme todo este tiempo, por los abrazos y el cariño, por darme ánimos y comprenderme tan bien en tan poco espacio de tiempo. Daré un detalle más que tal vez les parezca menor, pero para mí es significativo, aparte de la generosidad, la naturalidad, la franqueza, que son quizás más importantes: la inteligencia de ambas. Yo sé por qué lo digo.

A don Emilio González Déniz por la sorpresa. A Juan Alberto y Rocío por la sonrisa cómplice, el apoyo, la amistad. A toda la gente especial de mi vida.

A todos los amigos recientes, a los conocidos, a los virtuales que se hicieron carne, a los lectores de mi blog que acudieron o a los amigos de amigos, que se acercaron a apoyarme, compraron mi libro, me dieron su apoyo incondicional y, según me confesaron, disfrutaron muchísimo del acto.

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Los blogs los carga una diabla

El blog es como un buen amigo: siempre te espera. Lo malo es que te espera vacío de contenido y, en mi caso concreto, me espera también, colgando sobre el borde de mi pantalla y de pies cruzados, mi diabla. Mantiene un tabaco entre los dedos, y como sabe que no fumo el humo que exhala huele a pachuli, mientras balancea el zapato como un péndulo.

Le he hablado muchas veces de esa ambiguedad sexual que se le presume, y siempre me responde lo mismo: “para qué iba a mostrarme como mujer ante ti si fuera un hombre, y más sabiendo que mi rojo cuerpo y esta larga cola no te perturban en absoluto”. Por si acaso, le dejo que cometa sus diabluras desde una distancia prudencial, dado que le supongo -aunque nunca ha efectuado ningún truco de estos ante mis ojos- que puede cambiar su forma a voluntad y donde esperas encontrar una cosa podría querer transformarla en otra. Y ya no está uno para sustos.

Y está esperando a que llegues ansioso, triste, enrabietado o harto, te prepara el blog como se limpia un rifle y te dice con sus ojos felinos: “dale duro, corazón”, mientras se inserta un aro en el pezón derecho. Los dedos se ponen como locos a teclear, y si no fuera por el afán de revisión que llevo en el ADN, publicaría más barbaridades de las que podría reconocer. “¿Eso lo escribí yo? ¡Pero… cómo! ¡Fue un mal día!”

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