Apple

Los libros resisten, ahora y siempre, al invasor

No he podido dejar de percatarme que, entre otros artilugios, los iPhones, los Kindles y los reproductores de MP3 tienen la forma de un libro. No quiero decir con esto que las compañías tecnológicas hayan sido incapaces de innovar un diseño que lleva vigente siglos -o sí-. En todo caso, al menos una vez por generación se está llegando a la certeza de la muerte del libro. Y no crean que solo han copiado la forma: también intentan reflejar en sus productos esa relación íntima que se establece entre un lector y su libro.

Para un lector, un libro forma parte de los objetos de su vida, como lo es una cama, ciertas prendas de ropa o su juguete favorito de la infancia, y es muy capaz de recordar qué libro leía en determinados momentos de su vida. Al igual que sus películas favoritas, es capaz no solo de recordar sus lecturas maravillosas sino, también, ¡los fiascos! Los nuevos dispositivos de esta vida tan moderna intentan formar parte de nuestro entorno, pero de momento no encajan sino en las películas de ciencia ficción -el trabajo no cuenta como entorno, ¡el trabajo es el trabajo!-. No hay un motivo mayor por el que nos bombardean constantemente con lo cómodo, intuitivo y familiar que es tal o cual dispositivo. Sin embargo, ¡qué raro se nos haría decir que recordamos qué aplicación estábamos usando cuando nos dieron aquella noticia tan feliz! Sobre todo porque el libro ocupa un espacio físico, muchos libros ocupan mucho espacio físico, y la mayoría de estos dispositivos caben en casi cualquier lugar. No están y no se les espera. Pobres.

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El sentido de élite de Apple

Si el propósito de a) la informática es organizar los datos y procesarlos para obtener unos resultados y de b) la tecnología es mejorar nuestra calidad de vida, Apple solo cumple la primera parte. Y, por añadidura, c)  no me gusta lo idea que vende, el estilo. Lo considero rayano en lo que no deberíamos permitir, ya que este tipo de tecnología de élite se limita a aplicar el viejo truco del palo y la zanahoria. ¿No tienes dinero? ¿Socialmente, no eres nadie? Tranquilo: puedes tener un I-Phone como tu jefe, Bill Gates, Mick Jagger, el Dalai Lama o Rajoy -según sea tu ídolo- y mantendrás la ilusión de que su posesión te hace, de hecho, pertenecer a la élite social.

-Yo tengo un I-Phone, ¿y tú? ¿No? No jodas, qué pena…

La informática.

Apple tiene un sistema operativo que solo funciona con sus equipos -y, por favor, absténganse los geeks de decirme que ya se puede fabricar un PC que pueda usarse con Mac, haciendo no se cuántas diabluras-. Mientras que el debate en los foros de Linux, como sucede en Ubuntu, suele centrarse en renegar de Windows y todo lo que tenga que ver con Microsoft, Apple pasa de puntillas. ¿Por qué? Porque, tan simple como esto, no es Windows, que es el símbolo del mal. Y dentro del mundo de Linux, a Apple se le suele ver con buenos ojos dado que usa un sistema operativo fiable. No son pocos los usuarios de Linux que poseen un Mac u otro artilugio de la empresa de la manzana mordida. Apple trabaja para Apple. Es exclusivo. Otra palabra que excita las neuronas del obrero de toda la vida que no llega a fin de mes pero que podría tener un I-Phone. Es un ejemplo, no me den la moralina sobre cómo está la prima de riesgo.

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T01, E14: el consumidor programado

En 1871, Edison daba a la luz su primera bombilla de larga duración: 1500 horas. En 1924, se anunciaba que duraban hasta las 2500 horas. Resulta sorprendente, cuando menos, que las bombillas de nuestras casas no duren más de las ¡2.000 horas! que suelen anunciar. ¿O no es tan sorprendente?

Lo que es sorprendente es que se llegaran a patentar en décadas posteriores bombillas que duraban 100.000 horas. ¿Cómo es que nunca se comercializaron? Un cártel de productores (Philips, Osram, etc.) acordó, mediante acuerdos secretos, obligando a pagar multas a los fabricantes que lo incumplieran, a reducir la vida de las bombillas a 1000 horas. El objetivo es obvio: vender más. Yendo a la web de Philips en España, haciendo un pequeño testeo rápido, puedes encontrar bombillas de bajo consumo de 20.000 horas de duración (más caras) y la halógena (de 2000 horas, indicando 2 años de duración… si no cubres esas horas, claro).

La respuesta a todo esto es la obsolescencia programada.

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