Los libros resisten, ahora y siempre, al invasor
No he podido dejar de percatarme que, entre otros artilugios, los iPhones, los Kindles y los reproductores de MP3 tienen la forma de un libro. No quiero decir con esto que las compañías tecnológicas hayan sido incapaces de innovar un diseño que lleva vigente siglos -o sí-. En todo caso, al menos una vez por generación se está llegando a la certeza de la muerte del libro. Y no crean que solo han copiado la forma: también intentan reflejar en sus productos esa relación íntima que se establece entre un lector y su libro.
Para un lector, un libro forma parte de los objetos de su vida, como lo es una cama, ciertas prendas de ropa o su juguete favorito de la infancia, y es muy capaz de recordar qué libro leía en determinados momentos de su vida. Al igual que sus películas favoritas, es capaz no solo de recordar sus lecturas maravillosas sino, también, ¡los fiascos! Los nuevos dispositivos de esta vida tan moderna intentan formar parte de nuestro entorno, pero de momento no encajan sino en las películas de ciencia ficción -el trabajo no cuenta como entorno, ¡el trabajo es el trabajo!-. No hay un motivo mayor por el que nos bombardean constantemente con lo cómodo, intuitivo y familiar que es tal o cual dispositivo. Sin embargo, ¡qué raro se nos haría decir que recordamos qué aplicación estábamos usando cuando nos dieron aquella noticia tan feliz! Sobre todo porque el libro ocupa un espacio físico, muchos libros ocupan mucho espacio físico, y la mayoría de estos dispositivos caben en casi cualquier lugar. No están y no se les espera. Pobres.



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