crítica

Kevin Spacey: Beyond the Sea

Sin duda, uno de los diez o doce actores con más talento -me atrevería a nombrar, entre ellos, a John Cusack, Edward Norton y Russell Crowe- que han poblado el panorama cinematográfico de los últimos veinte años. Desde aquel maravilloso Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal, pasando por la locura  HurlyBurly o el nuevo americano medio -que antes fue el gran Jack Lemmon-  en American Beauty, etc., Spacey se ha convertido -o siempre fue- un actor de carácter, creando deliciosos personajes que llenan la pantalla y que te mueres de ganas de que te cuenten sus vidas, de esos que siempre esperas que suelten una frase engimática y que encarne tipos con mucho sentido del humor -L.A. Confidential, Beyond the Sea-. Un profesional que me resulta de lo más creíble: ¿qué mejor halago se le puede hacer a un actor?

Moby Dick

Una de las mejores interpretaciones de Moby Dick que he visto nunca es la de Gregory Peck -aunque también en Salvar a un ruiseñor me parece que está memorable- porque su representación del capitán Ahab bordea lo mágico. Me parece ver en Peck al propio Ahab: en la película, su poderosa y totémica personalidad le hacen surgir poderoso de entre todos, incluida la propia ballena blanca.
Hoy día no sería prudente una explicación unívoca al símbolo de la ballena blanca, pero sí podríamos señalar que el propio Melville, en el capítulo 113, relata como el capitán Ahab hace forjar al herrero del barco un arpón destinado a la ballena blanca, mandándolo templarlo con sangre de los tres arponeros en un ritual fantasmagórico, pronunciando una fórmula a modo de bautismo. Aludiendo a este pasaje, escribe una carta a Hawthorne, su ídolo literario, en el que escribe: “Ése es el secreto lema del libro: Ego non baptizo te in nomine… pero adivine el resto”.
Sin embargo, a pesar de los intentos sobre el significado oculto, y de que tanto el nombre bíblico de Ahab como las interpretaciones filosóficas –Schopenhauer, Hegel- se mezclan en un todo que permea la lectura de la novela, los propios novelistas, deudores o admiradores de la novela, no han querido reducir sus posibles significaciones. Leamos a E.M. Forster: “Nada puede afirmarse sobre Moby Dick sino que es una lucha. Lo demás es canto.”
Sí, Ahab es responsable de la muerte de toda su tripulación, él incluido, con la sola excepción del superviviente – narrador.Figura nítidamente shakesperiana para la percepción lectora, Ahab es antes que nada un héroe. Pero, cualquiera que sea la culpabilidad de Ahab, parece mejor pensar en el capitán del Pequod como un protagonista trágico, muy cercano a Macbeth y al Satán de Milton. Mutilado por Moby Dick, Ahab afirma su orgullo y su derecho a la venganza, la posesión de una chispa, en el capítulo 119, titulado “Las candelas”:

- ¡Ah, tú, claro espíritu del claro fuego, a quien en estos mares yo adoré antaño como persa, hasta que me quemaste tanto en el acto sacramental que sigo llevando ahora la cicatriz! Te conozco, y ahora sé que tu auténtica adoración es el desafío. No has de ser propicio ni al amor ni a la reverencia; e incluso al odio no puedes sino matarlo, y todos caen muertos por ti. No hay ahora necio temerario que te haga frente. Yo confieso tu poder mudo y sin lugar, pero hasta el último hálito de mi terremoto la vida disputará el señorío incondicional e integral sobre mí. En medio de lo impersonal personificado, aquí hay una personalidad. Aunque sólo un punto, como máximo: de donde quiera que haya venido; adonde quiera que vaya; pero mientras vivo terrenalmente, esa personalidad, como una reina, vive en mí y siente sus reales derechos. Pero la guerra es dolor y el odio es sufrimiento. Ven en tu más baja forma de amor y me arrodillaré ante ti y te besaré; pero en tu punto más alto, ven como mero poder de arriba; y aunque botes armadas de mundos cargados hasta los topes, hay algo aquí que sigue indiferente. Ah, claro espíritu, de tu fuego me hiciste y, como auténtico hijo, te lo devuelvo en mi aliento.

Según Ahab, la manera correcta de adorar el fuego es afirmando la propia identidad en contra de él. “¡Golpearía al sol si me insultara!”, exclama el prometeico capitán, estableciendo un patrón de desafío que ninguno de sus seguidores ha igualado. No podemos sin elogiar el extraordinario aliento narrativo de la novela. Ahab nos cautiva aunque su monomanía nos espante.

Lost in Translation


No entiendo ese defecto perverso que tienen los críticos de hacer una crítica que se cimbrea como una barcaza y que esconden bajo el disfraz de los adjetivos y la sensibilidad propia. Se quedan, entonces, en un mundo intermedio con la penosa intención de no quedar del todo a favor ni del todo en contra. Así, decir que Las Vírgenes suicidas es interesante pero está sobrevalorada es querer fijar la postura propia como canon antes que la opinión generalizada del público, que carece por completo de razón como ente. Y es que a veces, por desgracia, aun detallando el porqué de sus argumentos, parecen arrastrados por el virus de la contracorriente o, aun peor, de lo políticamente correcto. Estos críticos de hoy…

A la película que hoy me ocupa, Lost in translation, entre otros defectos, se la ha acusado de falta de intensidad narrativa. La película es lo que es y no es pretenciosa. ¿Falta de intensidad narrativa? Y bueno, no es El hombre que mató a Liberty Valance porque no es John Ford, pero quién es John Ford hoy día. ¿Scorsese, Woody Allen, Clint Eastwood, Jim Jarmusch?

Se acusa, además, a la película de tener momentos de humor poco logrados. No sé en qué lugar del título se oculta la palabra comedia, pero el sentido del humor, aún siendo universal, es al tiempo particular y un admirador como yo del humor inteligente no deja de sonreírse viendo a Bill Murray. Sofía Coppola dudo que dirigiera la película pensando en que las escenas humorísticas la elevaran. Y una gran película no tiene que situarse en todos los lugares comunes para ser una obra maestra. Lost in Translation no lo es, pero es una película efectiva y con un aire de sinceridad sin caer en la voluptuosidad ni en la pretenciosidad porque plantea un encuentro sencillo y sin engaños con el espectador.
Bill Murray y Scarlett Johansson están formidables, sobre todo Murray que no es un actor que nos deslumbre ahora porque ya había dado muestras de su talento anteriormente y sólo esperaba a un director capaz de sacarle de su papel de cómico. Cómo pueden decirse dos personas que se quieren sin tener que usar el lenguaje hablado: ellos usan otros recursos.

¿Qué le dice Bill Murray a Scarlett al final de la película?

El Proceso o la imposibilidad de los cuervos

Los cuervos afirman que un solo cuervo podría destruir los cielos. Incuestionable es la cosa, pero no prueba nada contra el cielo, porque el cielo significa precisamente la imposibilidad de los cuervos.

F. Kafka.

Auden llamó a Kafka el Dante del siglo XX. Era un escritor que escribía continuamente y con dedicación, pero en sus historias y novelas no sucede nada explicable y éstas, aunque terminadas, podrían ser consideradas perfectamente fragmentos. Los diccionarios adoptaron el término “kafkiano”: el DRAE lo define como “Dicho de una situación: absurda, angustiosa”, y algunos consideran sus historias surrealistas. Pero no hay nada de surrealista en Kafka, pues sus descripciones son “naturales” y “normales”. Lo demás, la angustia, el peligro inminente, está siempre ahí. Sus historias, además, están repletas de humor, gracias al manejo extraordinario de la ironía. ¿Acaso no es la historia de K., vista desde una perspectiva más alejada, una comedia? Mientras en La metamorfosis es su familia el centro de su crítica y desazón, en El proceso es el aplazamiento de su boda con Felice Bauer, y es un ejemplo de cómo la vida y la literatura se cruzaban en Kafka. A medida que iban sucediéndose los acontecimientos en su vida, los iba plasmando en la novela, que incluso sin terminar tiene un orden lógico y no carece de cierta unidad.

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