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Enemigos
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La cara: un corazón hambriento

Enemigos


Mis enemigos -a los que mantengo bien cerca- insisten en llevarme a un monte, donde han levantado una enorme cruz, para no sé qué extraño juego sobre clavos y martillos. Casi me uno a la fiesta, pero nunca me gustó ser el centro de atención por imposición, sino hacerme notar por carácter y personalidad. Entonces sí que me salgo; les dije: mas les vale dejarme los clavos y el martillo como por casualidad, que ya me nacerá algo. En medio del monte desnudo de troncos, de verde follaje y flores amarillas y blancas, les taladré los cuellos y colgué en cada uno un cuadro art decó, en otro un impresionista, en aquel un cubista, y en aquel de más allá una postal con motivos navideños. Vigilo así la nuca del enemigo que me antecede y procuro disfrutar como nunca cuando se alejan.

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La cara: un corazón hambriento

¡Qué curiosa la relación entre las mujeres y nosotros, los hombres! Rodeados por ellas en todas nuestros ámbitos -pareja, amigas, aventuras ocasionales, abuelas, primas, hermanas, vecinas, etc.-, nos resulta cómico que tengan prejuicios sobre nosotros cuando cada una ellas te confiesa:

Yo soy diferente a las otras.

Y, sin embargo, a nosotros nos niegan la entrada a ese club de la diferencia:

  1. Creen que no podemos hacer más de dos cosas a la vez.
  2. Piensan que si nos dan buen sexo nos tienen un tiempo, pero si nos miman el ego nos tienen toda la vida.

¿Podemos refutar estas dos cuestiones con ejemplos preciosos e inequívocos? No es una tarea sencilla, pero vamos a intentarlo.

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