cuento

Para escribirte una carta de amor

Para escribirte una carta de amor necesito un folio que aumente de tamaño según me vaya acercando al final, de forma que pueda imaginar un folio hasta el horizonte de tu ventana; de esta forma no tendré que escribirlo primero en mi mente. No necesito empapelar el mundo con mi folio infinito porque mi carta de amor no es para el mundo, sino que brota como la savia de una flor cortada de un tajo, desde el mismo mundo que reconozco y me reconoce. El amor es impulso, deseo incontenible, fiebre, cerezas maduras aplastadas en las muelas, y la fiebre aparece siempre de improviso.

El folio que necesito no puede ser de papel, ya se deteriora con el paso de las estaciones. He imaginado que mi folio deberá ser de la tela de los globos aerostáticos, un globo blanco como una bombilla a pleno mediodía, de los que cruzan los cielos arrastrados por el viento frío de las montañas y caliente de las planicies. Así podrás lanzarlo al aire y se quedará levitando, bailando al son de tus manos, acompañándote si lo atas con una cuerda hasta donde guardes los melocotones jugosos, para hacerte sonreír.

El folio que necesito debe tener los bordes redondeados, porque en mi amor no hay aristas ni agudezas: es un amor llano y curvilíneo, como tu vientre y tus caderas. La hoja deberá ser de dos centímetros de grosor, para que la uses de almohada en noches tupidas de racimos de luceros o de racimos de aceitunas negras. La habré rellenado con el helio de mis suspiros y por eso se te hará mullida y confortable.

Para escribirte una carta de amor necesito un lápiz sin afilar; nada de plásticos ni aleaciones extrañas. Es fundamental que nada artificial empañe el proceso. Lo afilaré para ver caer las alas de fina garepa sobre el folio infinito y poder soplarlas y que salgan volando y así ahuyentar los malos augurios y los miedos; esos miedos que vienen tropezando del futuro por escribir. Allá se van, volando, ¿las ves desapareciendo junto a las gaviotas?, y permanece tan solo la fortaleza interior, y es por ella que me siento en este cuarto vacío y esta blanca silla y escribo sobre mis rodillas y curvo me concentro en un átomo finito del pensamiento en el cual te amo y que se enciende iridiscente iluminando todo mi cuarto.

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Como esperando abril

Cuando pasas la tarde de primavera y estás sentado sobre el borde del parterre, tallando el trozo de madera con una navaja vieja y afilada que has encontrado en el cuarto de aperos, estás tan concentrado en la tarea que ni reparas en la posibilidad de cortarte.  Si alzas la vista, aprovechando que secas unas pocas gotas del sudor que nace en la frente, ves los limoneros achatados por el peso de sus frutos. Hay que apuntalar con cuidado aquí y allá con ramas pesadas y cuerdas, como una obra de ingeniería rudimentaria, para que las ramas no se quiebren. Si hay suerte, la tarde no es aún muy fría, y el cielo permanece despejado tras las montañas, se está cerca de entender el significado de la frase: estar en paz con uno mismo.

El terreno, que está situado justo al pie de la casa, está lleno de cubas de agua, mangueras, enseres de labranza diseminados a lo largo del terreno, que se ha dividido en compartimentos: aquí, al pie del sendero que llega hasta la casa, papas, bubangos y calabazas, aprovechando el espacio que dejan los limoneros y los ciruelos, que ocupan casi todo el terreno; bajando el camino viejo hasta el barranco, delante de los eucaliptos, se plantaron unos tomateros y hierbas. Detrás no se ha plantado, pues con los eucaliptos nada crece: absorben toda la luz y los nutrientes de alrededor, y crecen a lo ancho como una colonia de setas. Sus raíces profundas y robustas, además, son capaces de partir la roca viva y el asfalto, como si las carreteras estuvieran hechas de panales de miel. El eucalipto es el Atila de los árboles.

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Burocracia, Tenacidad

Burocracia

1. Burocracia.

¿Me sorprende el sistema burocrático de este país? ¡No! Que la justicia ande como ande, por ejemplo, no es ninguna casualidad si tenemos en cuenta, entre otros factores, el subdesarrollo tecnológico del que adolece.

Sin embargo, ¿por qué un viejo mecanismo de poleas y engranajes particulares, con sus secretarios, bedeles y correveidiles, accionados por escrupulosos funcionarios, instaurado desde el pleistoceno, no concilia al ciudadano con la administración como debería? ¡Si llevan ytantos años tirando de las poleas, ejecutando las mismas tareas día tras día!

El ente llamado burocracia se asemeja a un laberinto inextricable cuyo hilo de Ariadna conduce una y otra vez a las mismas instancias donde un minotauro, sentado como un dios negro sobre una banqueta, se yergue poderoso sobre la mesa funcionarial, compulsando resoplante y furibundo en un extraño juego maquiavélico.

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Pon un maestro zen en tu vida

Cuenta la historia de un niño que nació en una familia muy rica, por lo que cuando su madre dio a luz todo el mundo empezó a decir: “¡qué niño más afortunado!”.

A lo que el Maestro Zen dijo: “Ya se verá”.

Un día el niño se cayó del caballo y se rompió las dos piernas. Todo el mundo empezó a decir: “Qué mala suerte. Qué niño más desafortunado”.

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