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Robar o no robar libros

Escribir (…) no es lo más importante. Lo más importante es leer, y yo no podría pasarme un año sin leer nada. Uno empieza comprando libros o robándolos y termina leyéndolos, pero en mi caso ya es una obsesión. Compro libros y a veces ni siquiera los leo: los acaricio. Tengo muchos libros, y algunos no los he leído y sé que no los voy a leer jamás, pero de cuando en cuando los hojeo, pues me gusta tenerlos cerca.

Roberto Bolaño.

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La vejez y la creación

Es cada vez más frecuente encontrar creadores, artistas, cuya actividad se mantiene o se acentúa en la edad madura, e incluso en la mal llamada tercera edad. En la música, por ejemplo, tenemos dos casos recientes: los Rolling Stones, que incluso apuntan a una gira, ya en los setenta años, la misma que el genial Bob Dylan, que saca nuevo disco. Hay una relación que se establece en el imaginario colectivo entre el genio y la edad muy llamativa, probablemente porque la vejez se va mostrando en la degeneración del cuerpo, y parece que todo aquello que salga de este tiene menos valor. O el valor añadido de “viejo” en su sentido más peyorativo.

Sin embargo, me parece que no pocos artistas mostraron obras soberbias en la edad madura. Clint Eastwood ha dirigido películas de un nivel maestro, bajo el respaldo de la masa crítica, en estas últimas décadas: ganó el Oscar con Million dollar baby con 74 años. Tampoco son escasos los escritores que han alumbrado obras geniales pasadas esas edades y lo mismo podría decirse en otras artes. Por ejemplo: Goethe publicó Fausto, la primera parte, con ¡58 años! Y no cabe duda de que es una de las obras maestras de la literatura universal. Pero hay otros ejemplos llamativos.

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Literatura occidental: el artista como narrador de historias

No se puede negar que en la literatura occidental (escrita), a diferencia de la literatura no occidental (oral), se hace énfasis sobre todo en la creatividad individual y en la particularidad. Hockett considera esto como uno de los impactos que ejerció la escritura sobre la literatura. En las sociedades iletradas el artista es primariamente un narrador de historias que le transmitieron sus predecesores. En esas sociedades, como afirma Hockett (1958:563), “nadie puede estar familiarizado con más de dos o tres manipulaciones ligeramente diferentes de un solo tema… En una sociedad con escritura una sola generación tiene acceso a muchos tratamientos diferentes de un solo tema, tanto los creados por sus contemporáneos como los heredados de épocas anteriores… El escritor está forzado por la naturaleza de una tradición literaria para llegar a… lo único y diferente”.

Al discutir este aspecto, será util distinguir entre los términos convencional y tradicional. Se puede decir que este último implica una historia de aceptación de uso; se puede considerar al segundo en un sentido apartado de tales asociaciones históricas. Se puede hablar, entonces, de “convenciones tradicionales” y, quizá más redundantemente, de “convenciones convencionales” (es decir, convenciones no tradicionales). Esto se puede aclarar con referencia a la lingüística. Como ha señalado Sapir, es imposible la transmisión directa de ideas de una persona a otra. Estas ideas se deben convertir primero en símbolos por medio de un código compartido por hablante y oyente. En el caso de la literatura, uno de los tipos de comunicación verbal, existe, además del código lingüístico, un código literario, constituido en parte por las leyes de composición narrativa. La cuestión es que toda la literatura es “convencional”, es decir, utiliza convenciones, pero estas bien pueden no ser “tradicionales”.

Semiología del discurso literario, William O. Hendricks.

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