escritura

En cada rincón del libro otro libro, posible y  a menudo incluso probable, ha sido arrojado a la nada. Un libro sensiblemente diferente, no tan solo en lo que tiene de superficial, como puede ser la intriga, sino en lo que tiene de fundamental: su registro, su timbre y su tonalidad. Y estos libros desvanecidos sucesivamente, arrojados por millones a los limbos de la literatura -y es por eso que a un crítico preocupado por explicar a la perfección le importarían-, estos libros que no han visto el día de la escritura, de alguna manera cuentan, no han desaparecido totalmente. Durante páginas, capítulos enteros, es su fantasma quien ha tirado, halado del escritor, excitando su sed y azotando su energía: es a su luz que páginas enteras del libro, a veces, han sido escritas.

Letrinas, Julien Gracq

Imagen: http://ballinyourcourt.wordpress.com/2011/11/14/when-books-are-trash/

— Los libros arrojados a la nada

Escribir o no escribir, he ahí el dilema

Dice Philip Roth que ya deja de escribir. Al poco se sumó otro autor, al que no he tenido el placer de leer, uno de esos premios Nobel de los que nunca he oído hablar en los medios o en las tertulias con los amigos, Imre Kertesz. Al respecto de no volver a escribir jamás, estas declaraciones de Muñoz Molina me parecen de lo más acertadas. Veremos si pasados los setenta sigo opinando lo mismo.

En la escritura de ficción los procesos son demasiado inconscientes como para que uno, si es honrado, pueda decidir algo. Es como si uno decidiera que no va a ponerse malo, o que no se va a enamorar más. O al contrario. Tú qué sabes. Lo quiera o no, un escritor está esperando siempre un libro, una historia. Las circunstancias exteriores pueden acelerar el proceso, o pueden frustrarlo, pero el impulso sin el cual el libro no llegará a existir no depende de uno mismo.

En El País, No tengo nada más que decir, de Juan Cruz.

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Por sus títulos los recordaréis

No puedo dejar de maravillarme por los estupendos títulos que ponen muchos escritores a sus libros -y dejo de lado la cuestión de la ayuda de la editorial; ¡déjenme ser romántico!-.En un primer grupo, los títulos son suficientemente poderosos como para estimular la oxcitocina de nuestro cuerpo y querer leerlo. El título de un libro, como bien sabe, no es una cuestión menor, mi querido Watson. Sin embargo, como la manida cuestión sobre la gallina y el huevo, el contenido del libro es, en muchas en ocasiones, lo que le da esa apariencia de maravilloso al título. En este segundo grupo pondría títulos como La muerte en Venecia, de Thomas Mann, que no es nada del otro mundo, y El lobo-hombre, de Vian, que no deja de ser un título de cuento mediocre a lo E.T.A. Hoffman -y no como los de Hoffman que son una maravilla-. El de mi libro, A través del espejo, se encontraría en un tercer grupo titulado: ¿pero no sabe que ese título ya está cogido? La verdad es que me parece que la relación entre los cuentos del libro y el título es tan estrecha que me resistí a cambiarlo a pesar de tener a Carroll mirándome desde muy arriba.

Y eso sin contar libros estupendos a los que hubiera convencido al autor de cambiar el título. ¿Duermen los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick es ingenioso pero suena a chiste…y ¡es demasiado largo! O eso le hubiera dicho si me lo hubiera preguntado en 1968. El árbol de la ciencia nunca se hubiera editado bajo mi autorización y hubiera luchado con Pío Baroja para convencerle de que suena a libro de texto de enseñanza básica. Son ese tipo de título que el departamento de márketing de una editorial propondría sustituir por otro. Ya veo a la editora comentándole a los autores de ir a cenar porque las malas noticias, con la barriga llena, son menos.

Antes de comprar una novela, me gusta informarme sobre el autor. Pero en eso no hay misterio, he descubierto; en saber lo que puedes encontrar. La única forma de conocer estilos y propuestas diferentes es arriesgando, no solo por el boca a boca. De las bocas suele brotar lo más comercial, así que hay poco que rascar ahí. Hay novelas, por tanto, que me ha apetecido comprar o leer simplemente por el título, así que en ningún momento quiero negar la evidencia: que el título es sumamente importante. Y la portada. Triste, como dijo Iriarte, pero cruelmente veraz:

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La vejez y la creación

Es cada vez más frecuente encontrar creadores, artistas, cuya actividad se mantiene o se acentúa en la edad madura, e incluso en la mal llamada tercera edad. En la música, por ejemplo, tenemos dos casos recientes: los Rolling Stones, que incluso apuntan a una gira, ya en los setenta años, la misma que el genial Bob Dylan, que saca nuevo disco. Hay una relación que se establece en el imaginario colectivo entre el genio y la edad muy llamativa, probablemente porque la vejez se va mostrando en la degeneración del cuerpo, y parece que todo aquello que salga de este tiene menos valor. O el valor añadido de “viejo” en su sentido más peyorativo.

Sin embargo, me parece que no pocos artistas mostraron obras soberbias en la edad madura. Clint Eastwood ha dirigido películas de un nivel maestro, bajo el respaldo de la masa crítica, en estas últimas décadas: ganó el Oscar con Million dollar baby con 74 años. Tampoco son escasos los escritores que han alumbrado obras geniales pasadas esas edades y lo mismo podría decirse en otras artes. Por ejemplo: Goethe publicó Fausto, la primera parte, con ¡58 años! Y no cabe duda de que es una de las obras maestras de la literatura universal. Pero hay otros ejemplos llamativos.

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