A lo largo del día de hoy comenzaré a escribir una artículo sobre los celos. Le vengo dando vueltas desde hace meses, como saben, al enfoque. Va a estar la cosa entretenida, malditos burgueses.
Libertad de expresión
Y el comentario, la síntesis, el doble sentido, la extrapolación lo dejo a mis brillantes comentaristas a los que leeré con detenimiento. Una pista: las coartadas del estado de derecho para proteger ciertos poderes bajo el auspicio del derecho al honor. De ahí empato con la libertad de prensa, etc. No sé si ven por dónde voy: el Estado acotando su margen de poder y blindándose con un reglamento ajeno a la libertad ciudadana. El Estado es una bestia deforme a la que le dimos permiso primero para cuidar nuestro jardín, luego nuestra casa, y ahora ya no sabemos decirle que vuelva a su caseta porque ha adquirido un derecho de antigüedad que en el fondo nos da miedo quitárselo… por si volvemos a necesitarlo. Libertad de expresión, parece que sí, pero para hablar de los males sociales y señalar, parece que no. Anda, si yo no iba a escribir nada.
Un político busca que le den un tiro
Esa es la impresión generalizada de la entrevista que dio ayer el eurodiputado Josep Borrell en el programa “Hoy” de Iñaki Gabilondo, en CNN+. “Diciendo estas cosas”, piensa uno, “va a conseguir que contraten un sicario para que no siga diciendo lo que dice”.
Porque esto es lo que hizo Borrell con su sonrisa perpetua: decirlo, y punto, con la evidencia que deja la huella de la tinta negra sobre la hoja en blanco, para que podamos descontextualizar y, observadores de la realidad, nos demos cuenta de hasta dónde se han dejado llevar las circustancias de la política mundial.
El Estado Democrático Totalitario
Luis XIV. Imagen: Wikipedia.
El Estado es el poder.
El Estado que hemos fabricado entre todos a lo largo de los siglos ha cobrado una dimensión de control sobre el individuo que seguirá amputando más libertades. O, como poco, tendremos que pedir permiso a su maquinaria burocrática para que nos devuelva parte de las mismas, un mastodóntico aparato de bifurcaciones inextricables que, bajo el auspicio del control y la seguridad ciudadana, mantiene al mismo en una etiqueta perenne de “es usted un presunto culpable hasta que demuestre lo contrario”. Ya veremos de qué, se congratulan.
En aras de la protección de la propiedad privada y de la ausencia de otros recursos, el ciudadano fortalece al Estado otorgándole una permisividad que raya en lo kafkiano. El Estado crece así como una masa viscosa que se extiende sobre una ciudad desde el mismo centro. Los tentáculos van adquiriendo más autonomía y llega un momento en que el propio ciudadano es asaltado por el temor. El ciudadano se transforma en niño desprotegido que busca su amparo. Y le exige medidas.



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