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La cortina de humo
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Historia de una cuerda
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Barça y Real Madrid: la pose estética
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Historia de la ciudad, ángeles

La cortina de humo

No son mis sentimientos favoritos, pero a veces se escribe desde la rabia o el rencor. Las noticias sobre el estado de la crisis económica en Europa apuntan a cualquier parte: desde la destrucción del euro a la delegación de partes fundamentales de la soberanía de los estados, que deberán estar regidos, apuntan, por ese nuevo estado soberano creado en principio para la economía y la seguridad que se llama la UE. Los seguidores de las teorías conspirativas se estarán frotando las manos pues sin duda se conforma lo que tanto se temían: un solo gobierno europeo de facto. La ministra italiana llora al anunciar las medidas porque sabe que está enviando a la pobreza pura y dura, no la que solían ver en los reportajes por la televisión, a gran parte de la clase media italiana. Nadie en su sano juicio espera mucho menos cuando Mariano Rajoy tome posesión de su cargo.

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Historia de una cuerda

Ha sido la muerte; la muerte acecha tras las hojas y las casas, en el humo que asciende tembloroso, y lo sosiega todo para que la tierra pueda ponerse la máscara de la vida.

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Barça y Real Madrid: la pose estética

Cuando llegué al fútbol, recién vivía la llegada de Cruyff al Barcelona. Y lo que vi me ató definitivamente, a pesar de que todos mis amigos querían ser como Butragueño, Hugo Sánchez o Míchel. Aquel Barcelona encadenó un fútbol de fantasía, de pases imposibles inventados por un danés desconocido, de tiralíneas con un medio centro flaco que rehuía el cuerpo a cuerpo, de lucha con un tipo bajito y rocoso que remataba córners, donde jugadores como Romario podían ser prescindibles al año siguiente, porque la nueva filosofía del club sobrevivía a las estrellas o donde un central podía subir a rematar córners o jugar en cualquier posición. De la época dorada quedaban en el recuerdo jugadores nacionales, como Bakero, Nadal, Sergi, Guardiola, Zubizarreta, todos ellos aderezados por genios como Koeman, Laudrup y Stoitchkov. La fórmula mágica era: un club tiene que tener una columna vertebral de jugadores nacionales, que identifiquen un estilo propio y una identidad nacional, y dos o tres cracks que marquen la diferencia. Pero lo que hizo Cruyff fue más allá de un cambio táctico y estético, más allá de la búsqueda del espacio y la posesión, de fabricar autopistas en las que los defensores sucumbían al vértigo de la velocidad de balón. Cruyff invirtió la polaridad de un club de mentalidad segundona y con tendencia al miedo y a la culpabilidad, sometido por la historia, los títulos y el estigma de representante nacional del Real Madrid.

El Real Madrid, en aquellos años, vió como el vecino del otro barrio desplazaba de un plumazo a una de las mejores hornadas -no repetida- de jugadores de la cantera madridista. La pelota, injustamente, negó a esa generación una Copa de Europa. El fútbol es caprichoso.

En las filas de aquel majestuoso Real Madrid, que ganaba liga tras liga, se econtraban talentos innegables. En la defensa, un capitán general, capaz de soltar un latigazo con rosca a la escuadra o de ser expeditivo en el corte, centrocampista reconvertido a uno de los mejores defensas que se han visto en un campo de fútbol. A su lado, un tipo alejado del foco, jamás ponderado con justicia, cómodo con el balón en los pies, infranqueable y el mejor defensor uno contra uno que he visto jamás. Más arriba, un centrocampista de un talento envidiable, con tendencia al arabesco y al regate de más, y a su derecha el divo necesario, capaz de soltar una derecha magistral, golpear el corazón con su puño, enrabietado, gritando al cielo que él se lo merecía. En punta, el aire inconfundible del western. ¿Quién inventó a este delantero, que rehuía el combate para refugiarse en el área pequeña? Allí donde enseñan a no meter el pie, aparecía un querubín rubio, paciente y sibilino. Cuando lo observaba, me daba cuenta que el tiempo se detenía dentro del área, con los defensores temiendo que desenfundara su talento una décima de segundo antes. Y los mataba uno a uno. Cuando le preguntaron a Cruyff a qué jugador ficharía del equipo rival, no lo dudó. “Al rubio”. Pero ni esto fue suficiente para doblegar al Dream Team, aunque alguno de aquella generación madridista sobrevivió algunos años al reinado azulgrana y ganó posteriormente títulos importantes.

El tiempo transcurre y el Barça supera la época Cruyff recurriendo a otros entrenadores holandeses que no siempre estuvieron a la altura social del club, y sobrevive con títulos. Pero aquella magia no volvió. Mientras, el Madrid no ganaba ligas pero sí Copas de Europa, fiel a su espíritu luchador y a su gran plantilla. Para el Madrid, de siempre, es ganar o ganar. No hay otra. Para el Barça, es ganar jugando con el nivel estético máximo, o la victoria es amarga. Tampoco hay otra. El Madrid ganaría dos más.

Pero las estaciones pasan y el mundo se vuelve corporativo. Los clubes, salvo los dos grandes, se convierten en sociedades anónimas. Las televisiones ofrecen contratos millonarios y las audiencias suben, a pesar de los contínuos fracasos de la selección nacional. La moda de los dos o tres cracks sufrió una metamorfosis. Con la llegada de Florentino Pérez al Real Madrid, los espectadores asimilaron que las noches de cielos despejados podían mirar al cielo o a la constelación del Bernabéu y admirar tres, cuatro, cinco, seis estrellas, como un Cirque du Soleil majestuoso y malabarista. Y el arte se hizo fútbol. Ganó títulos, volvió la Copa de Europa a la sala de trofeos, mientras el vecino de enfrente se debatía en la agonía de continuar con la senda holandesa que, en esos tiempos, le daba pocas alegrías.


El Barça, que como dijimos anteriormente siguió la estela Cruyffista una vez lo echaron del cargo, miró siempre a Holanda, de donde llegaron varios jugadores y entrenadores. Pero no siempre salió bien, e incluso cuando salía bien las polémicas rodeaban al club. Nada bueno dejan los títulos si no hay hermandad entre afición, club y prensa. Sin embargo, en el cómputo general hasta nuestros días, se ganaron muchas ligas y desde aquel modelo de Cruyff el balance es el mejor de las últimas décadas: el Barcelona ha ganado 8 títulos ligueros, por cinco del Real Madrid.

Pasada la época de las Copas de Europa y las renovaciones de plantillas hasta llegar a la del Madrid galáctico, llegó el drama. A las estrellas se les fue apagando la vida. El Madrid se fagocitaba, víctima de su desmesura y su elefantismo galáctico. El mercado y los intereses económicos, que habían transformado al club y le habían dado solidez, aspirando al modelo de clubes como el Milan -desde la temporada 88/89 ha ganado la Champions en 5 ocasiones- o el Manchester United, se convirtió en una máquina de hacer dinero, donde los contratos publicitarios y los derechos de imagen sustituyeron los entrenamientos. Madrid se convirtió en Hollywood y la vorágine se fue tragando uno a uno a todos. Se adulteró el sentido de ser del Real Madrid: jugar al fútbol y ganar títulos. El equilibrio entre deporte y negocio fue fatal para el club, que, con su constelación malabaristas fuera del club, veía como el Barcelona ganaba los títulos y su segunda Champions. Habían recogido los tiempos de cosecha, con otro holandés al mando del equipo, pero esta vez escogiendo los jugadores por criterios futbolísticos y no por su pasaporte.

Y funcionó tan bien que se crearon dioses. Y cuando los endiosas y dejan de ser trabajadores y profesionales, si les entra la desgana, sus pequeños actos de rebeldía generan cataclismos internos. El Barcelonismo había erigido a su ídolo en su estandarte, en el jugador definitivo y decisivo, en el catalizador de títulos y de la gloria.

El Madrid, convulso tras la salida del presidente, que hizo el Madrid a imagen y semejanza de sus recuerdos de juventud, retomó una dirección deportiva confusa. El socio tiene el presidente que se merece; el Barcelona también lo padeció años antes. Pero se llamó a un cirujano de urgencia, el italiano de mentalidad tradicional, aplicado y metodista. Y el enfermo revivió. Lo que nadie sabía es que era un parche de urgencia y que la herida era profunda. El título sedó a la masa social, se crearon mensajes populistas. El nuevo presidente, tras unas elecciones convulsas, tenía que reafirmar su derecho legítimo a presidir el club cada domingo. Los fichajes anunciados no llegaron. Mientras, el Barcelona vivía su via crucis particular, con su presidencia también cuestionada y el socio reclamando autoridad y disciplina, incrédulo tras pasar de dos ligas y una Champions a la nada, y el presupuesto del Madrid y su fe ganadora bastaron, con un fútbol resultadista, para apalizar al vecino con su segunda liga consecutiva. De nuevo, criterio estético. El Barcelona se rehace y apuesta por un emblema del club.

El Madrid comienza la segunda temporada, tras la crisis azulgrana, como campeón de liga, más pendiente de los fichajes estrella que de aportar piezas fundamentales para el club. Nadie ve que la venda del técnico italiano comienza a supurar sangre por un costado. Es el año del alemán, un Schúster que lleva al equipo con la inercia de la temporada anterior, aplicando un juego más preciosista, mientras el Barcelona se mira el ombligo y se comenta, desde casi principios de temporada, las bajas para la siguiente. Mal síntoma para ese año, cuya representación escénica es la del partido del Bernabéu, donde el Barcelona es un equipo anímicamente roto, mal trabajado físicamente, entregado desde el pitido inicial, como el boxeador que se sabe inferior y le susurra a su rival: “porqué no me das en la barbilla y acabamos de una vez”.

Y entonces, el Barcelona ajusta las piezas. Y da un ejemplo de cómo fichar un entrenador. El delantero, hijo pródigo y díscolo, de carácter explosivo y sujeto a su código moral de forma inquebrantable, se ajusta. El equipo se reconoce a sí mismo; se juntan los talentos, que nunca se fueron, y el antiguo líder, aún un tierno entrenador sin experiencia al más alto nivel, comanda desde el área técnica. El club hace una apuesta; si sale mal, el riesgo es menor, puesto que la excusa de su inexperiencia junto a lo que significó como jugador son un colchón suficiente. El ex miembro del Dream Team, que en Barcelona es una religión, tiene margen para los malos tiempos, que llegarán. Aprendió la lección de Cruyff, a manejar el “entorno”, un mito generador de tanta simpatías como antipatías en el barcelonismo y fuera del mismo, Ahab persiguiendo la gloria, genio que logró que lo siguieran ciegamente a bordo de su buque, daba igual lo dura y quimérica que fuera la odisea y los odios que generara en la tripulación. Y el joven entrenador ha logrado un equipo de fútbol con una identidad propia y reconocible, el buen gusto y el toque ante todo.

El club se mantiene, a estas horas, en tres competiciones. El Madrid, parcheado a última hora, sigue a rueda del líder, los riñones como bielas exprimiendo la cadena, esperando una muestra de agotamiento, con la fe inquebrantable en un espíritu añejo que suena algo ajeno en estos tiempos de chequeras y consumo voraz. Tal vez el Barcelona llegue a puerto con los últimos estertores, y que en un último empuje el Madrid rebase la línea de meta, aunque sea por media rueda de ventaja.

Pero lo que nadie duda es que el Barcelona morirá con su estética, matando a los equipos a goles o consumido en su histeria de ataque, asentado y perpetuando una identidad de fútbol. Y mientras, el Madrid, apelando a la rabia y al empuje. Tiene de sobra con su calidad para la competición nacional, donde las diferencias con los otros clubes es abismal, aunque sea una calidad ajena a un fútbol preciosista cuya medida ha quedado patente en Europa. El Madrid, salvo que la evidencia de la superioridad azulgrana sea aplastante en números, seguirá empujando.

Mientras, el Barcelona se confía en haberse encontrado a sí mismo y que las palabras “proyecto a largo plazo” y “estabilidad” sean más que un deseo y que traigan títulos: no conoce otra forma de ganarlos. El Madrid apelará a la vuelta del rey de los galácticos, que presumiblemente sanará por fin al herido y llenará el estadio de olés y de la ansiada décima Copa de Europa, un número redondo. Si ha aprendido de errores anteriores, en los próximos años, si el fútbol no fuera tan frívolo y con dos equipos en su máxima plenitud, ¿a qué cotas estéticas podría llevarnos la imaginación en los duelos entre Barcelona y Real Madrid?

He dejado el último razonamiento al final: el Madrid siempre se definió por su exquisitez futbolística, aparte de su garra. El Bernabéu también requiere de un equipo que haga soñar a su aficionados, un estadio donde la historia del fútbol ha dejado noches mágicas para el recuerdo. El socio madridista ha paladeado a Roberto Carlos, Zidane, Figo, Raúl pletórico. El fútbol son ciclos, pero ya toca ver a los dos equipos en plenitud, reconcidos en sus idearios, luchando cuerpo a cuerpo sin injerencias extradeportivas o malas planificaciones. El Madrid, con alguno de los mejores jugadores del mundo en sus filas, con un equipo bien construido, fiel a su lema de ganar o ganar; el Barcelona, con un equipo rebosante de talento y de futuro, fiel a su política de la idea por encima de todo. El Real Madrid y el Barcelona, la pose estética.

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Historia de la ciudad, ángeles

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