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Ensoñaciones del Maestro Zen
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La ansiedad de escribir

Ensoñaciones del Maestro Zen

Un estudiante de artes marciales se aproximó al Maestro Zen con una pregunta, muchos años antes de ser estrangulado hasta la muerte por un anónimo.

-Quisiera mejorar mi conocimiento de las artes marciales. Además de aprender contigo quisiera aprender con otro maestro para aprender otro estilo. ¿Que piensas de esta idea?

-El cazador que persigue dos conejos -respondió el maestro-, no atrapa ninguno.

[Otros cuentos del maestro zen]

-Maestro Zen.

-En este momento acabo de terminar mi meditación. Habla con libertad.

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La ansiedad de escribir

Uno puede ponerse a escribir porque sí, sin guión previo. De repente, una historia o un suceso viene a nuestra imaginación. Una idea o una anécdota que puede concretarse en un microrrelato, o bien una gran historia de la que resulte una novela de trescientas páginas.

Pero, ¿qué sucede cuando uno desea escribir y no tiene nada que contar? ¿Cuando tiene el impulso y el deseo, y se encuentra en un estado infértil? Te pones frente al papel o el procesador de textos, y piensas y meditas y le das vueltas a mil cosas y no sabes sobre qué escribir. Como estás impaciente, y algo cabreado por la falta de imaginación, escribes cualquier cosa, de un tirón, por desafiar.

Más tarde comienzas las correcciones. Vas a otra cosa, y al cabo de unos días abres de nuevo el procesador de textos o bien recuperas esos folios. Y te das cuenta que, por más que lo corriges, allí no hay nada. Tan sólo una serie de acontecimientos, una serie de pensamientos o reflexiones, más o menos estructurados, con un estilo determinado, en primera o tercera persona, y que no hay forma de dar vida. Porque cuando uno no pone pasión en lo que escribe no encuentra nada. No existe el germen.

Y así uno aprende. Entonces, se dice en voz alta: ¿para qué escribir por escribir? Lo realmente interesante de la escritura es la certeza del acto. Si no, falsea el proyecto, el resultado es una máscara de aire que se diluye y que no engaña a nadie: sobre todo, a uno mismo.

¿Qué decir de esos escritores que se “obligan” a escribir algo diariamente, o de quienes tienen un “sistema” por el cual producen páginas a diario? La escritura es oficio y requiere de práctica contínua, como todo arte o tarea. Lo malo que tiene la escritura es el desengaño del resultado: nosotros habíamos imaginado algo más hermoso y trascendente que aquello que resultó, y sin embargo nos conformamos para no sucumbir a una reescritura perpetua. Algún día hay que acabar lo que se empezó. Pero a quienes les funciona el esfuerzo les felicito. Me es imposible.

Entonces, encuentro en la escritura una analogía de la naturaleza: nace, crece, se desarrolla y muere. Tal vez por eso escribimos en papel.

¿Pero quién calma el ansia entre hojas, durante las que pueden transcurrir (según la gravedad) días, semanas, meses, qué sedante calma la espera angustiosa entre texto y texto?

Yo no puedo escribir por escribir, no entiendo que un folio se llene de caracteres por el hecho de practicar. La práctica debe existir en el propio proceso pasional que resulta de contar la historia que se esconde y que todavía no ha reconocido y que brota en el proceso de escritura. Toda una vida no da para contar lo que desearíamos, nuestros descubrimientos como exploradores de la vida que transcurre a nuestro paso.

Así que esos instantes de vacío son aún doblemente angustiosos: por un lado, al encontrarnos secos, sin savia nueva corriendo febril por las venas, en un estado impotente. Por otro, la angustia de que ese tiempo que pasa ya es irrecuperable, perdido en un limbo de hojas sucias y muertas que no tienen nada que contar.

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