La memoria y la inteligencia están íntimamente relacionadas, pues sin recordar no podemos entender. Si cuando muere la reina hemos olvidado la existencia del rey, nunca descubriremos lo que causó su muerte.
El argumentista confía en que nosotros recordemos, y nosotros esperamos de él que no deje cabos sueltos. Cada acto o cada palabra del argumento debe contar; la trama debe ser económica y sucinta; incluso cuando es complicada debe ser orgánica y estar exenta de materia inerte.
Puede ser difícil o fácil, puede -y debe- albergar misterios, pero no debe confundir. Y a medida que se desentraña, por encima de todo ello revoloteará la memoria del lector (ese resplandor apagado de la mente cuyo borde brillante y prominente lo constituyen la inteligencia), reorganizando y reconsiderando constantemente, descubriendo nuevas pistas, nuevos encadenamientos de causa y efecto; la sensación final -si el argumento es bueno- no será de que existan pistas ni concatenaciones, algo que el novelista podría haber mostrado directamente pero sin belleza. Nos enfrentamos aquí con la belleza por primera vez en nuestra investigación: belleza a la que el novelista nunca debe aspirar pero sin la cual fracasa. Más adelante, pondremos la belleza en el lugar que le corresponde.
Aspectos de la novela, E.M. Forster.
Escribir o no escribir, he ahí el dilema
Dice Philip Roth que ya deja de escribir. Al poco se sumó otro autor, al que no he tenido el placer de leer, uno de esos premios Nobel de los que nunca he oído hablar en los medios o en las tertulias con los amigos, Imre Kertesz. Al respecto de no volver a escribir jamás, estas declaraciones de Muñoz Molina me parecen de lo más acertadas. Veremos si pasados los setenta sigo opinando lo mismo.
En la escritura de ficción los procesos son demasiado inconscientes como para que uno, si es honrado, pueda decidir algo. Es como si uno decidiera que no va a ponerse malo, o que no se va a enamorar más. O al contrario. Tú qué sabes. Lo quiera o no, un escritor está esperando siempre un libro, una historia. Las circunstancias exteriores pueden acelerar el proceso, o pueden frustrarlo, pero el impulso sin el cual el libro no llegará a existir no depende de uno mismo.
En El País, No tengo nada más que decir, de Juan Cruz.
Javier Marías y el Nacional de Narrativa
No me ha dado tiempo a plantearme nada. Solo me ha dado tiempo a recibir la noticia, por mensajes en el contestador de varios medios de comunicación y representantes. No le voy a negar que en principio, en otras épocas, habría sido motivo de alegría. Es algo halagador que una novela que hayas escrito, con mucha inseguridad, sea reconocida; pero no he tenido dudas a la hora de pensar que, como he expresado varias veces, no lo aceptaría. Recuerdo que ha habido autores (aunque no voy a dar nombres) siempre muy alejados del poder, que se habían manifestado así, y sin embargo, cuando se les dio un premio nacional, lo aceptaron. En este país hay poca memoria para lo que conviene; la gente puede cambiar de opinión, y me parece bien; pero me parecería inconsecuente, de una cierta sinvergonzonería que con mi postura de estos años de pronto hoy, por un premio con una cantidad apreciable de dinero, dijera que sí. Habría sido indecente por mi parte.
Lo que difiere de nosotros
En cierto sentido, tenía razón en esto, pues si no hubiera ido al malecón aquel día, si no la hubiera conocido, no se habrían desarrollado todas estas ideas (a no ser que se desarrollaran con relación a otra). Me equivocaba también, pues ese placer generador que encontramos, restrospectivamente, en un bello rostro de mujer, viene de nuestros sentidos: era muy cierto, en efecto, que esas páginas que yo escribiera, Albertina, sobre todo la Albertina de entonces, no las habría entendido. Pero precisamente por esto (y es una indicación para no vivir en una atmósfera demasiado intelectual), precisamente porque era tan distinta a mí, me fecundó con el dolor e, incluso, al principio, con el simple esfuerzo por imaginar lo que difiere de nosotros.
En busca del tiempo perdido, 7. El tiempo recobrado, Marcel Proust.


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