Lou Reed

New York

En un sueño que tuve, conecté el walkman sin ninguna idea prefijada. Los pasos seguían unos a los otros en un ritmo acompasado, y las líneas de las baldosas caían tras del talón. No cuento nada nuevo si te cuento que, desde esta línea, la ciudad transía gris, los automóviles se cruzaban en todas direcciones, los rebaños humanos giraban en sentidos inversos. El gran Bob me avisaba de aquel fastuoso lento tren que llegaba a la estación.
Ya dentro de aquel lujoso tranvía travestido de coctelera humana Mr. Paul Simon marcaba el camino a Graceland. Afuera, Annie Lennox cantaba sobre la lluvia que viene de nuevo, cayendo sobre su anguloso rostro, como látigo de siete cuerdas levantando pequeñas partículas brillantes de cristal, y mis imágenes reflejadas todas al tiempo en los claroscuros.
Míster Mark Knopfler arrastra su voz atabacada como un Lou Reed acountrysado que inquiriera sobre su Romeo y Juliette particulares, aunque ya hacía tiempo que no pensaba en ella. Leonard, el poeta que pudo conquistarla en un bareto sucio y azul de lo más insípido, insistía en que él era su hombre.

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