Librofobia
Nota: no sé cuál es el autor de esta maravillosa ilustración. Si alguien lo sabe o el autor ve la misma, avise para poner los créditos. Gracias.
Nota: no sé cuál es el autor de esta maravillosa ilustración. Si alguien lo sabe o el autor ve la misma, avise para poner los créditos. Gracias.
Uno. Ulises.
Las manifestaciones en contra de un régimen son también una forma de negación: rediseñan nuestra identidad porque limitar nuestras libertades conforma una nueva realidad ajena. “Ese no soy yo” equivale a decir “dices mi nombre y crees conocerme, pero ese no soy yo”, “yo soy yo”.
Ulises, cuando es interrogado por el Cíclope, evita darle su nombre. Esto es porque para los griegos dar el nombre era como dar (en el sentido de entregar) tu propia identidad y, además, significaba exponerlo a lo que viniera. Así que está presto y le dice que se llama “Nadie” (en algunas traducciones, “Ninguno”). Ulises está a salvo (su verdadero nombre no ha sido expuesto, no lo conocen su enemigo ni el destino), pero solo de momento. Cuando deja a Polifemo tuerto, ya alejándose victorioso en su barco, le vocifera que en realidad el que le hizo tal daño y burla fue Ulises, lo que será un error fatal: ahora el Cíclope le dirá su nombre a Poseidón, su padre, que sí actuará contra él.
Moraleja: nunca le digas tu verdadero nombre a un Cíclope ni aún habiéndole burlado.
Dos. Interrogatorio.
Cuando detienen a un automovilista en una carretera piden su DNI: necesitan saber su nombre. Es una obligación identificarse. Sin embargo, es muy común que tanto en la vida administrativa como en la red abunden quienes se nieguen a dar sus datos personales. ¿Mi nombre y apellido? Qué va: ese no es mi nombre, lo puse porque lo pedía el registro.
Moraleja: esos mensajes cariñosos de Loly, la chica guapa de Huelva de tu red social, en realidad son de una estudiante de Erasmus chipriota que se parece a Tinar Turner con ictericia.
Ya bombardean Trípoli los Estados Unidos y sus aliados (en terminología yanqui, por supuesto, donde el mundo se define como aliados y enemigos). En Egipto, la población asiste a sus primeras votaciones tras la huida del dictador Mubarak.
En Túnez, con un régimen similar al de la antigua Europa del este comunista, Mohamed Bouazizi se convirtió en mártir al prenderse fuego. Tenía 26 años. Como muchos jóvenes, estaba frustrado por sus expectativas de futuro. Occidente, que no ha entendido que la crisis económica también se extendía a las dictaduras, permitidas por su condición de suministradoras del codiciado oro negro, había dejado de lado a los jóvenes árabes.
¿Qué van a hacer con sus vidas? ¿Tener hijos? ¿Y qué les vas a dar de comer? ¿Trabajar de chivato de su vecino? ¿Morirse… mientras a occidente lleguen los petroleros?
Con nuestras reivindicaciones en Internet y en lo que no es Internet producimos el mismo efecto que una vieja bomba de la Segunda Guerra Mundial cayendo en picado sobre una explanada del desierto, con poco efecto colateral -si cabe, un hoyo de unos metros de diámetro, lo que para el desierto supone un cosquilleo flojo que muere abrupto- y cuya motivación inicial viene a ser lo que le sucedió a una comuna hippy que acampaba en el desierto de Atacama: muy divertido, muy zen, la fusión de nuestra energía espiritual con las energías del mundo y lo que se le ocurra a la corriente cultural del momento, pero solo llegará el mensaje, el sentido de toda esa energía canalizada a pocos ciudadanos más que esos locos (reunidos en torno a las hogueras con gloriosos cantos hindúes en honor de Brahma, Vishnú y Shiva -que son dioses carentes de todo sentido de la armonía y la composición musical- acompañados de citar, tempura, tablas hindúes, guitarras flamencas, cazos, palos, triángulos, panderetas y objetos varios que al golpearse entre sí produzcan cualquier variedad de onda sonora, amén de pancartas gigantes y fuegos malabares), fervientes y entusiastas activistas de los remedios homeopáticos y la libertad, e irá uno en una vieja motocicleta pasada la medianoche a la gasolinera del viejo, la única en doscientos cuarenta y tres kilómetros a la redonda como reza el cartel de madera clavado en el surtidor hidráulico, a por hielo para los mojitos, el viejo de la gasolinera pregunta entre curioso y alarmado “y una pregunta, para qué quiere veinte bolsas de hielo, joven”, y le explica un hippy con un parecido asombroso al “Nota” de los Lebowski “es para una fiestuqui aquí cerca amigo, queremos cambiar este mundo que es una puta mierda, queremos legalizar la maría con fines terapéuticos y acabar con la opresión en el mundo, la violencia, el paro, los poderosos, el maltrato a la mujer, que los jóvenes tengan una casita para vivir con su viejita, y mucho más, abuelo, dígaselo a todo el que pase que está invitado a mojitos si se viene, también dicen que a lo mejor vienen de la televisión pública a filmarnos”, “ah, muy bien, son catorce con cincuenta”, le responde el viejo, y nada más salir por la puerta entran dos chicas a pagar el repostaje mientras el viejo ve marcharse por la cristalera al doble del Nota cargado con un saco con veinte bolsas de hielo arrastrándose por el suelo arenoso y le falta tiempo al viejo para decirles “¿ven a ese tio raro de ahí, el que se acaba de subir en la motocicleta esa que parece que se va a estampar en la segunda curva?, pues acaba de llevarse veinte bolsas de hielo para una fiesta, señoritas, que legalicen las drogas y no se qué de la opresión me dijo el joven, ya saben, esta gente liberal de hoy, que está invitado el que quiera a alcohol… y van a salir en la tele… ¡veinte!”, éstas llegan a su casa y lo comentan en la cena con una pareja de amigos, y a lo sumo otras 200 personas ajenas conocerán la historia reivindicativa de los amigos comuneros -la gente se siente sola y habla, chatea, chismorrea hasta por debajo de las axilas-, personas que son conscientes de que un grupo de hippys lanzó una campaña a favor del consumo de la marihuana y la opresión en el mundo -si contamos con que nadie de la cadena añada más información, la suprima o le dé un repentino ataque de guionista- y puede que ese día les sonriera la suerte y como la vida es tan aburrida la noticia ruede por el desierto como un arbusto seco y llegue a otros 50o personas más, familia, sobrinos, tíos, colegas, compañeros de trabajo ansiosos de escuchar cualquier cosa en el hastío de su tarea mecánica, 500 siendo muy generoso, si me permiten, y porque Víctor Abayarde, que fuera locutor de cierto éxito en la gran ciudad, ahora tiene su programa local en horario de máxima audiencia e invitó a dos de los activistas de la noche mística que tuvieron sus diez minutos de gloria reivindicativa, y por último se diluye la historia, el cuento, la fábula, la anécdota, el chisme hasta morir solapado con otra noticia de la televisión tres noches después -Beyoncé quiere cambir el color de su piel porque admira a Michael Jackson, en Europa hay falta de combustible por la huelga de las gasolineras, el presidente tuvo un affaire con la mujer de su secretario de estado, fueron atrapados dos “presuntos” terroristas islamisas en un Starbucks de Buffalo, Texas (la presentador usa el término presuntos en su primer comunicado pero en el resto de la noticia son ya “los terroristas”)- porque, seamos serios, la noticia que será recogida días más tarde por los periódicos nacionales es que el desierto de Atacama era vulgar e irrelevante hasta que una pareja de lesbianas chilenas aseguró ver a Jeff Bridges en una vieja motocicleta con veinte bolsas de hielo a la espalda.
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