Etiquetamatrimonio

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Máscaras venecianas
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T01, E19: consolas desestructuradas
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¿Quieres casarte conmigo?
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Bragas de destrucción masiva

Máscaras venecianas

Mi marido, Robert, no les voy a engañar, es un cincuentón andropáusico, de esos que lucen papada y todavía fuman cigarrillos con boquilla, como si en nuestras visitas sociales no se percatara de las etiquetas del momento. Entre él y el espejo hay un divorcio evidente que comenzó cuando, entrados los cuarenta, supo que su estado basal era comer bien y dormir mejor. El trabajo, si es que así se le puede llamar al mismo, consiste en estrechar manos, acudir a eventos, firmar algunos papeles y repartir fondos a los aliados que sufragaron la campaña de su partido. Es bien cierto que su papel en el ayuntamiento es secundario, un carguito de director general de no se qué -deben perdonarme que no recuerde exactamente el pomposo título del cargo de mi marido, pero me tiene aburrida-, muy bien pagado y que nos ha permitido tener una casita en una linda zona rural de las montañas y haber enviado a nuestras dos hijas a un colegio privado en Londres.

No les contaría todo esto si no fuera porque ayer, en ese momento en que deberíamos estar haciendo el amor y estábamos haciendo cualquier otra cosa, se inclinó sobre mí en la cama y me dijo que estaría bien que me pusiera un antifaz, que le excitaría mucho. Le miré con cara de sorprendida, como si acabara de ver a un caracol levantando con sus cuernos a un elefante. Verán, la rutina final de un matrimonio se impone como una gasa sobre una lente sobre los recuerdos de los primeros y lúbricos primeros años. Mi marido, ese hombre, el mismo que pasea sus pantorrillas peludas en las mismas zapatillas de hace veinte años, el que no se ha dado cuenta de que mi vientre permanece casi en el mismo tamaño que cuando tenía cuarenta -es cinco años mayor que yo, para mi desgracia, que siempre amé a hombres más jóvenes hasta que lo conocí-, que las mujeres de sus amigos parecen sesentonas aburridas y que estos, sus queridos amigos, me han palpado el trasero alguna noche de fin de año con la excusa de dos vasos de cava, este, mi marido, resulta que escondía una porción atómica de imaginación que había brotado como por arte de magia de su cerebro espongiforme.

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T01, E19: consolas desestructuradas

Cuando vas a una gran superficie o tienda especializada y ves las ofertas de consolas y sus juegos de muestra en los televisores de plasma ya ni te sorprendes de la heterogeneidad de propuestas.

Lo que más me llama la atención es la cantidad de accesorios que han ido aportando a las consolas para transformarlas en máquinas de hacer ejercicio físico, lo que es un irónico oxímoron. Se supone que la consola produce una actividad sedentaria, aunque requiere de todo lo demás: agilidad, capacidad de reacción y elección, respuesta a diversos estímulos y tener que elegir la mejor opción posible, etc.

Les han copiado la idea a los del coche ecológico: el caso es que el coche sigue soltando mierda por el tubo de escape, “pero poca, señora”, dicen, y así parece que hacen algo altruista, un “valor” añadido al coche. Prestigio, utilidad, ecología, da igual: esto lo explicó perfectamente Naomi Klein en No logo -adoro ese libro-. La cuestión es asociar esos valores que dan un plus más: las videoconsolas, las tabletas y la telefonía se han apuntado a esto con un argumento más sencillo pero que les funciona. Son lo último en cuanto a tecnología. Punto. Con este absurdo están ganando billones.

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¿Quieres casarte conmigo?

Love, love, love

¿Qué atracción fatal trae este pequeño anillo? Parece que el mundo se detuviera para los dos en ese momento, ¿no te parece? Al menos así parecen vivirlo ellos… ¡y sobre todo ellas!  Digo yo que los chicos lo que estarán es nerviosos. Ellas se quedan paradas frente al anillo -en qué pensamiento se insipiraría el diablillo de Tolkien cuando escribía su novela, ¿un anillo para atarlas a todas en las tinieblas de mi cama? :grin: -.

No he visto nada así en mi vida que sea capaz de hipnotizar hasta ese extremo a una mujer -sí que lo he visto pero no lo digo que después del artículo aquel me caen palos, ¡juas!-. Y como todo el mundo expone su vida en la red, aprovechamos y ¿qué tal si empezamos por un clásico de  las peticiones de mano?

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Bragas de destrucción masiva

Eran las nueve menos diez de la mañana y en la consulta de urgencias entra un matrimonio maduro. El motivo era que la mujer sufría molestias al orinar, por lo que la doctora consideró hacer un análisis de orina para descartar una infección después de haber explorado a la paciente.

El matrimonio aguarda apaciblemente a la espera del resultado de la analítica. Una vez que a la doctora le hacen llegar los resultados del laboratorio los vuelve a llamar para verlos en la consulta.

-Tiene usted -dice dirigiéndose a la mujer- una infección de orina.

-Ah, claro, con razón me molestaba tanto. Yo imaginaba que sería algo de eso.

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