psicología

Bob Esponja para adultos

Las personas somos más como Bob Esponja de lo que creemos: nos empapamos de nuestras experiencias y nos metamorfoseamos según las circunstancias, tal y como Bob hace en sus historias.

En nuestra vida hay experiencias desagradables y los psicólogos afirman, en general, que hay que dejar atrás el pasado porque el rencor puede llevarnos incluso a enfermar. Dejando atrás este extremo, situándonos en el común de los mortales, lo que se recomienda es perdonarse para luego perdonar al otro porque, en teoría -y es una teoría que no comparto- todos somos en esencia personas maravillosas y ¿qué culpa tiene el agresor de ese acto desagradable? Un jefe cabronazo, una novia manipuladora, un amigo traidor, un familiar hipócrita…

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Watchtower

El mundo está lleno de derechos que debemos manjear aunque sea en aspectos básicos y todos parecen ser primordiales: los primeros, esos que dicen que ayudan a regular la convivencia, es decir, la mentada ley; pero también como consumidor, los universales -esto tan utópico de “todos tenemos derecho a la vivienda, a un trabajo digno”-, etc. etc.

Pero, ¿qué pasa con los derechos de los que no se habla nunca y son aún más importantes que todos estos? Son los derechos que tal vez desconoces porque no te has dado cuenta de que se te han ido apartando con disimulo mientras te distraían con esos otros que son, casualmente, los que te quitan tu autonomía.

¿Cómo lo hacen? Favoreciendo tu enojo, tu crispación, contra agentes externos e intangibles, entes como, for example, el sistema económico o en general las injusticias de todo tipo (violencia, sexo, deporte, banca, política, terrorismo, alimentación, hay frentes abiertos a diario por miles de asuntos que enojarían a un monje tibetano si dejara su humilde morada). Es una distracción programada. ¿De qué derechos fundamentales hablo? Pues por ejemplo…

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Y por eso mismo las adoro

El resto del día que no pienso en sexo, apenas un diez por ciento, medito sobre una amplia variedad de temas. Y hoy me detengo en un tema nuevo, sorprendente, del que apenas hay referencias -juas-: ¿las mujeres son malas?

¿Qué hay de verdad en esta frase coloquial y… tendenciosa? Yo podría argumentar que, para empezar, todo hombre nace de una mujer, y ni los nueve meses que pasamos dentro de una, literalmente, nos ha ayudado a entender su mecanismo. Pocas veces se sabe lo que piensan, ya ni te cuento lo que quieren, como buenas ciudadanas de Doblesentidolandia. Es mejor no pensar. Es mejor no querer saberlo.

Pero lo que sí me dice la experiencia, lo que mi corazón sabe con certeza, es que son todas malas, ¡malas!, como la quina. La mujer puede ser la mayor hija de puta cabrona perra enemiga suelta por el mundo, ríete de Jigsaw y sus puzzles gore. En la naturaleza hay más especies que lo sufren: la Mantis Religiosa devora el macho tras la cópula -¡Lorena “a que te la corto” Bobbit!-, así como otras especies.

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La psicología es la nueva religión del sufrimiento

Si tenemos algo que lamentar, es la aparición contemporánea de esta vertiente de la “autoayuda” de la psicología, una ciencia poderosa. Ya expliqué en un artículo anterior que la autoayuda me parece una macdonalización de la psicología.

Como todo, la autoayuda tiene un espectro de población, una “presa fácil” para las editoriales, mostrando una guía -¿no decía Bucay en El camino de la autodependencia que no había que buscar “bastones”? Pues su autoayuda lo ES; sus libros deberían denominarse metaautoayuda -donde encontrar una catarsis- porque esto no lo decide un psicólogo: esto lo decide el propio lector, tras hacerse una comparación dirigida entre la línea desarrollada por el autor del manual y él mismo, cosa que el escritor sabe perfectamente.

Es en esta comparación entre el ideal de perfección -el ser inteligente emocional, autosuficiente, sin carencias o frustraciones- y en el del supuesto “enfermo” donde aparece el sufrimiento. Solo hay que revisar las palabras del clásico libro de Dyer: tus zonas erróneas, sufrimiento, culpa, dependencia

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