La doctora Woolf y Miss Dalloway
Con La señora Dalloway, Virginia Woolf nos introduce en la mente de los personajes para deleitarnos con una de sus mejores novelas (aseguran que las otras dos son las posteriores Al faro y Las Olas, pero yo me niego a omitir Orlando).
Woolf creó un lenguaje capaz de describir, de forma veraz, la subjetividad humana. Encontramos, en la novela, un equilibrio, que es ajeno al experimento formal de la autora. Asistimos, pues,
al delicado e incierto tramado de ocurrencias que protagonizan un puñado de seres humanos en una cálida jornada de verano, por las calles, parques y viviendas del centro de Londres. La vida está siempre allí, en cada línea, en cada sílaba del libro, desbordante de gracia y de finura, prodigiosa e inconmensurable, rica y diversa en todos sus instantes y posturas. «Beauty was everywhere», piensa, de pronto, la extraiada cabeza de Septimus Warren Smith, a quien el miedo y el dolor llevarán a matarse. Y es verdad; en La señora Dalloway el mundo real ha sido rehecho y perfeccionado de tal manera por el genio deicida del creador que todo en él es bello, incluido lo que en la deleznable realidad objetiva tenemos por sucio y por feo.
(Mario Vargas Llosa, La verdad de las mentiras, Alfaguara, 2002)




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