Corrigiendo un relato: cazando al conejo
Me preguntaba Memiliano, al que puedes seguir en su blog -¡que recomiendo!-, cuáles eran mis pautas a la hora de revisar un texto. Lo cierto es que la primera motivación es que sé que algo no encaja. Por lo general, desconecto de los textos escribiendo otros o leyendo, y cuando vuelvo, pasadas ya unas semanas o incluso meses, lo leo y al instante detecto lo que no encaja.
Lo que he tratado de hacer los últimos años es que mi escritura no esté demasiado pendiente de la corrección gramatical y las frases del tipo: sujeto, verbo y predicado, distribuyendo los complementos según me pareciera. El corrector interior está siempre ahí, dispuesto a meter la zarpa y arrancar frases y párrafos de cuajo por otros más formales. Yo no aspiro a ser Pío Baroja, y no tengo nada contra el gran escritor, pero no es mi estilo. Así que lo complicado es mantener bajo tierra al corrector interior y ya llegará su momento más adelante, una vez escritas las barbaridades.
A veces puedo tomarme un café mientras corrijo, pero, por lo general, en estos momentos me gusta estar concentrado porque, bajo mi perspectiva, ¡lo que tengo que resolver es un problema! O unos cuantos. A continuación voy a poner un ejemplo -es una fortuna haber encontrado esta versión tan reciente, no guardo versiones tan antiguas de la mayoría de mis relatos- de un fragmento de un relato titulado Ha vuelto, que tal vez algún día vea la luz.


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