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Corrigiendo un relato: cazando al conejo

Me preguntaba Memiliano, al que puedes seguir en su blog -¡que recomiendo!-, cuáles eran mis pautas a la hora de revisar un texto. Lo cierto es que la primera motivación es que sé que algo no encaja. Por lo general, desconecto de los textos escribiendo otros o leyendo, y cuando vuelvo, pasadas ya unas semanas o incluso meses, lo leo y al instante detecto lo que no encaja.

Lo que he tratado de hacer los últimos años es que mi escritura no esté demasiado pendiente de la corrección gramatical y las frases del tipo: sujeto, verbo y predicado, distribuyendo los complementos según me pareciera. El corrector interior está siempre ahí, dispuesto a meter la zarpa y arrancar frases y párrafos de cuajo por otros más formales. Yo no aspiro a ser Pío Baroja, y no tengo nada contra el gran escritor, pero no es mi estilo. Así que lo complicado es mantener bajo tierra al corrector interior y ya llegará su momento más adelante, una vez escritas las barbaridades.

A veces puedo tomarme un café mientras corrijo, pero, por lo general, en estos momentos me gusta estar concentrado porque, bajo mi perspectiva, ¡lo que tengo que resolver es un problema! O unos cuantos. A continuación voy a poner un ejemplo -es una fortuna haber encontrado esta versión tan reciente, no guardo versiones tan antiguas de la mayoría de mis relatos- de un fragmento de un relato titulado Ha vuelto, que tal vez algún día vea la luz.

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800px-parthenon¡Escuchadme, atenienses! Dejad vuestro trabajo y reuníos debajo mía, en esta plaza. ¡Así, acercaos todos! Llamad rápido; el amigo al amigo; las mujeres que traigan a sus hijos. Ahora, oidme. Tengo algo importante que revelaros, algo nuevo y ajeno a las cuitas de los filósofos y los embaucadores.

Prestad atención pues tal vez os resulte de importancia.

Debajo del lecho, bajo los altares de los dioses y los empedrados que lleva nuestro imperio de oriente a occidente, oculto al ojo, a la espada y al pergamino, permanece un bulle bulle irreductible y misterioso. Son los insectos, los seres de la noche y del amanecer, todas las semillas, aplastadas por la argamasa y el mármol, contra el barro y la piedra salvaje. El tiempo, ese monstruo, desliza estaciones y nos desliza el pensamiento hacia otras pasiones y dudas con su manto gastado. Continuar leyendo…

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