vigilia

Cuéntame tu pesadilla

Está todo oscuro; mis ojos duros no consiguen ver sino una trama densa que no tiene color. No veo mi mano extendiéndose, buscando a quien duerme a mi vera.

Estoy en la Avenida Marítima de la ciudad. Hay instalada una gran nave industrial, gigantesca y similar a una plataforma petrolífera, que se sumerge debajo de la autopista. En el exterior, los carriles, que siempre estuvieron ahí, con grandes focos sobre el asfalto, iluminando la escena.

En el interior, unos túneles gigantes, blancos, que se returecen hasta arriba,cuyas bocas están adornadas en tonos celestes fluorescentes, como si en vez de bajar toneladas de agua por ellos fueran el tobogán de un entretenido  parque acuático.

En una sala interior -pues saltan las escenas de dentro hacia afuera y vuelta hacia adentro como un universo de leyes físicas adecuadas a mi situación-, un amigo íntimo y una mujer junto a él. La escena no deja equívocos: sé, sin más, que es su novia. Está mucho más fuerte de lo normal, como si hubiera estado dos años haciendo musculación en un gimnasio.

Hay que tomar la decisión: escapar de la nave antes de que la masa de agua penetre por ella y nos ahogue a todos. Ya he estado ahí antes; he vivido esa escena diez o tal vez veinte veces antes; en unas pocas consigo escapar. Recuerdo una vez -porque este sueño tiene el don de quedarse marcado a fuego vivo en mi cerebro- en que logré escapar saltando por encima, como un Peter Pan que hubiera recuperado las ganas de volar, pero no es lo habitual.

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