Pasé así del cuerpo de infantería al de caballería. Bien recuerdo ese veinticuatro de diciembre de 1936, cuya noche pasamos caminando por las calles de Madrid pues el guía equivocó las calles y dimos un gran rodeo acompañado de lluvia intermitente.
Al llegar al cuartel no había camas para nosotros y tuvimos que dormir en el suelo de cemento que estaba mojado. Ni que decir tiene el gran frío que pasamos con una sola manta… que entonces eran de muy mala calidad.
A los dos o tres días me destinan un caballo, del que había que aprender su nombre y el número de la cuadra que le correspondía. Nos enseñan a montarlo, la instrucción, primero en tierra y luego sobre él, y el manejo del sable y la lanza. También había que aprender de memoria todas las partes de que se componen la montura y el cabezal del caballo, así como su anatomía y limpieza. El capitán se ponía guantes blancos y pasaba la mano a contrapelo: si las yemas de los guantes quedaban algo sucias, mandaba arrestar al soldado.
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