
Puerto de La Luz, Las Palmas de Gran Canaria.
Era el doce de marzo de 1938 cuando fui llamado a filas. Tenía dieciocho años por aquel entonces, y recuerdo que apenas me quedaban dos meses para cumplir diecinueve.
Decían que las circunstancias por las que atravesaba la patria eran críticas para los buenos españoles que sentían el amor patrio; por tanto, no quedaba otra que salir en defensa de ella.
Acudí a la Caja de Reclutas nº60, en Las Palmas de Gran Canaria, la capital de mi isla. Allí mismo nos afilian al ejército y nos miden. A cambio, ocho pesetas, para enviarnos a casa con la obligación de presentarnos de nuevo el dieciocho de ese mes de marzo.
Llegado este día, de nuevo en la Caja de Recultas, nos destinan al cuartel de los barracones del Puerto de la Luz, concretamente al 4º batallón, 3ª compañía. Permanecimos allí un mes menos un día.
La estancia en el cuartel era bastante rutinaria. Aprendimos instrucción de pie y de fusil. Nos levantábamos a las seis de la mañana. Desayuno, a las seis y media, que consistía en un pequeño cucharón de cola cao o vitamina con leche.
A las siete comenzábamos la instrucción, que se prolongaba hasta las once y media. El almuerzo era a las doce, abundante y variado. Nos sentábamos en mesas de diez personas. La comida consistía en un litro de vino blanco, una botella de agua y varios platos.
Volvíamos a la instrucción a la una hasta las cinco y media de la tarde, cenábamos a las seis y luego continuábamos con la marcha de frente o paseo hasta las nueve, que pasaban revista.
A las diez ya estábamos acostados, en colchones de saco con un poco de paja en su interior. Pasábamos mucho frío, sin embargo, por no tener mantas.
El día ocho juramos bandera. La instrucción duró hasta el dieciséis de abril. Y el diecisiete salíamos para la península.
Nuestra misión, decían nuestros superiores, era luchar contra los canallas marxistas, que se querían apoderar del suelo español. La orden de salida era a las nueve de la noche.
La mayoría de los familiares vinieron al cuartel a despedirse de sus hijos. Después entraron las guaguas que nos llevarían al muelle para embarcar. Las escenas conmovedoras no se hicieron esperar: suspiros, abrazos, llantos, desmayos, y algún que otra persona tuvo ataques. Fue tal el tumulto y la tristeza que nos ordenaron echar a la gente fuera del cuartel para poder salir de allí, pues nos era imposible.
Las calles por las que pasábamos estaban llenas de gente, viendo a sus jóvenes hijos abandonar su tierra para partir a la guerra, y con llantos y lamentos nos decían adiós.
Cuando llegamos al muelle vimos allí el barco que nos esperaba. Se llamaba Domine. Muy tranquilos, bajamos de las guaguas y formamos. Acto seguido, los oficiales, suboficiales y cabos se despidieron de nosotros dándonos la mano. Empezaron a tocar el himno nacional, el de la Falange y el Legionario. Nosotros bajamos cantando a las bodegas del barco.
Yo me quedé arriba, en proa. Y allí estuve hasta perder de vista mi isla.
Antes dejabas abierta la puerta del zaguán porque ¿quién va a entrar en una casa que no es la suya? A nadie le entraba en la cabeza. Y hoy le das dos vueltas a la llave.
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Capítulo I. Recluta y la partida





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16 de Noviembre de 2009 6:40
Lo he leído al revés por el Reader.
Es muy interesante, espero hagas un libro y lo publiques, está muy bien redactado, expresado, y con buen ritmo, ese es mi parecer.
Abrazo
Jose Jaime´s last blog ..Adiós a la luz