Puerto de Vigo.
Acabábamos de partir del Puerto de la Luz, y a la mañana siguiente sólo se veía mar y cielo.
A las siete de la mañana nos dieron agua de castaña y un café que era imposible de tragar. A las doce del mediodía nos dan un rancho que dejaba a las claras que ya no comeríamos como en el cuartel.
Aun así, eran pocos los que podían comer tranquilos, pues con el vaivén del barco muchos reclutas caían sobre otros, algunos vomitaban del mareo, a otros se les caía la comida… Era un verdadero desastre. 1.500 hombres parecían demasiados para aquellas estancias.
El día veinte nos embargó la alegría. En el horizonte se veía tierra. Sin embargo, pasa la tarde, la noche, de nuevo la mañana y nos parecía que estábamos en el mismo sitio.
Por fin, el veintinuo, entrada la tarde, se veía la cima de grandes montañas, y esta vez sí que daba la impresión de que nos acercábamos a ellas. Las dejamos atrás, pasando a otras más pequeñas, hasta que aparecieron unas casas con sus tejados relumbrando al sol.
“Estamos cerca”, nos decíamos con ánimo. En efecto: estábamos entrando en la bahía del viejo muelle de Vigo. Vimos algunos viejos barcos atracados. Nos dieron orden de no bajar porque iban a repartir el rancho, pero muchos no pudimos aguantarnos las ganas y saltamos por la baranda… y el resto nos siguió con muchas ganas de pisar tierra de una vez. Recuerdo que era un día soleado. Todo allí nos parecía precioso; no sabría decir si porque aquel lugar era extraño para nosotros o porque en verdad lo era.
Visto el revuelo, nos hacen formar y nos llevan en dirección al tren. Pasamos por calles empedradas y con pendiente. Las gentes, que parecían al tanto de nuestra visita, corrían al vernos pasar; otras se asomaban a los balcones y nos decían adiós con las caras muy sonrientes, y nosotros caminábamos muy orgullosos y mirábamos a todas partes como queriendo conocer todo enseguida.
En la estación nos dan un pan, que devoro, pues además de sabroso estaba caliente. Montamos en los vagones. Las chicas gallegas venían a ofrecerse como madrinas de guerra. Nosotros aceptábamos y les damos papel para que nos apuntaran la dirección. La pena es que el tren se ponía en marcha y con la celeridad con que escribían ¡no podíamos entender el nombre!
El tren se alejaba atravesando extensos campos llenos de flores, con sus casas de piedra y teja. Debido a la escasez de hombres, veíamos a las mujeres con sus azadas removiendo la tierra de las viñas.
Con su vertiginosa marcha, el tren sigue atravesando campos de varios colores, debido a que el verdor variaba porque el césped era de semillas diferentes. Por todas partes se veía ganado lanar, vacuno y cabrío.
Caía la tarde. Parecía que nos entristecíamos al recordar nuestra querida tierra y a la familia. Para olvidar sólo podíamos hacer una cosa: cantar.
Capítulo II. Desembarco en VigoBueno, bueno, bueno… ¡bueno estaba, y se murió!






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16 de Noviembre de 2009 6:27
Estas historias me gustan muchas, además lo has escrito muy bien.
Ameno es, además de saber meter en el ambiente del momento.
¿Las madrinas? ¿son chicas que se ofrecen para enviar cartas?
Un abrazo
Jose Jaime´s last blog ..Adiós a la luz
16 de Noviembre de 2009 13:52
@Jose Jaime: ¡Hola! Gracias por el comentario, le diré a mi abuelo que alguien ha dejado uno, le hará ilusión, aunque a él esto de la informática le resulta algo complejo de entender. Sí, las madrinas era como una especie de motivación para los soldados; a nivel particular, creo que fue idea de los militares. Se supone que le escribías. Mi abuelo también me contó que las madrinas a veces tenían varios soldados con los que se escribían. ¿Serían las guapas?
16 de Noviembre de 2009 6:28
Estas historias me gustan mucho además lo has escrito muy bien.
Ameno es, además de saber meter en el ambiente del momento.
¿Las madrinas? ¿son chicas que se ofrecen para enviar cartas?
Un abrazo
Jose Jaime´s last blog ..Adiós a la luz