Nov 16 2009

Capítulo III. Los hombres bajitos

Categoría: GeneralJulio @ 14:19

Paseo Canalejas 1935Paseo de Canalejas, Salamanca, 1935

Anochecía cuando llegamos a la estación de Mouforte, en Lugo. Bajamos para cenar: de primero, sopa de fideos, y del segundo conservo el recuerdo de que era imposible de tragar. Nos salvó la cantina, y no sería la última vez.

De nuevo en marcha, pasamos por León, y ya al aclarar el día atravesamos Zamora, llegando a la capital a las nueve de la mañana. Las casas de los alrededores parecían muy descuidadas, con los techos de tejas.  La noche, además, había sido incómoda. El frío, al que no estábamos acostumbrados, entraba por las paredes de los vagones y nuestras mantas eran de muy mala calidad. Las camas eran unos simples bancos con tablas puestas de cualquier forma, y como además estábamos apelotonados fue imposible conciliar el sueño.

Vimos el amanecer, y atravesando viñedos y olivares llegamos a Salamanca. De inmediato nos condujeron al cuartel. En las calles, como nos sucedió al desembarcar, las gentes nos miraba con extrañeza: les parecíamos muy altos. Los hombres más grandes que vimos por allí nos llegaban a los hombros. Nos pareció muy curioso y comentamos el hecho durante el camino.

Llegamos al cuartel, en el que se produjeron situaciones cómicas. Alas diez de la noche, hora de repartir el rancho, nos daba risa el ver esos soldatos tan pequeñitos, que todavía vestían con sus pantalones de pana pues hacía pocos días que habían llegado y no les habían dado el uniforme. Nos miraban de arriba abajo y nos preguntaban:

-¿De dónde sois vosotros?

-De Canarias

-¡Qué grande sóis!

Otros preguntaban:

-¿De qué quinta sois?

-Del cuarenta -y se miraban perplejos, pues era su misma quinta y les parecíamos poco menos que gigantes.

La cena la trajeron en una pequeña perola de garbanzos con carne, que no pude comer porque estaba demasiado picante. A éste le sigue otro de carne con papas, y que por ser del mismo cocinero tampoco pude comer. El vino, además, era evidente que estaba hecho con polvos.

Al acabar la cena nos dirigimos a nuestra compañía. Un capitán nos habla algo sobre compañerismo y lo bueno y valientes que decían que éramos los canarios. Desde allí nos destinan a dos compañías de depósito: a mí me correspondió la quinta.

Al día siguiente pedimos permiso para salir a la calle para enviar un telegrama a nuestra familia, que aguardaban impacientes las primeras noticias nuestras. No nos lo concedieron hasta las seis de la tarde, y a pesar de todos los inconvenientes y de la avalancha de soldados conseguí enviarlo; otros tuvieron que esperar al día siguiente.

¿Qué contar de la cena de esa noche? Era el mismo cocinero.

¡Coi(ñ)!

(Es la expresión de mi abuelo para coño, o contra, o cónchale, en el cual la ñ final se pronuncia ahogada, de tal forma que casi desaparece pero se intuye.)

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Una respuesta a “Capítulo III. Los hombres bajitos”

  1. Jose Jaime dice:

    Te he incluido el cuaderno entre mis preferidos para que más gente pueda conocerlo.

    Yo la semana que estuve en la mili, la sopa con fideos eran dos fideos. El picante por contra me encanta.

    Curioso que parecieran tan enanos. ¿Sois más alto entonces qué nosotros?

    Abrazo
    Jose Jaime´s last blog ..Adiós a la luz My ComLuv Profile

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