Nov 20 2009

Capítulo XIII. Comienza la batalla.

Categoría: GeneralJulio @ 18:16

artilleria-sierra-republicanos

Artillería republicana. Imagen: Fuenterrebollo.com

Salimos de Venta del Hoyo a las dos de la tarde, yendo a un pequeño pueblo llamado Azucaica, que estaba situado a cuatro kilómetros de Toledo y a tres de las trincheras enemigas. Y aunque nos veíamos ambos muy bien, no tenían artillería, lo que era un alivio. Muchas veces tiraron con ametralladora, pero era imposible que llegaran sus ráfagas hasta nosotros.

El enemigo se encontraba en un lugar llamado La Torreta, e imaginábamos una torre y que nuestra misión sería reconquistarla. Estaban situados a la izquierda de la capital, río arriba, el cual estaba situado a menos de un kilómetro de nuestra posición.

Volvimos a la rutina de las semanas anteriores: la instrucción. Pero esta vez teníamos que salir ocultos del pueblo para que los rojillos no se percataran de las fuerzas que allí había.

La instrucción era fatigosa por el terreno escarpado de la zona. Por las tardes, que eran libres, nos prohibieron salir del pueblo sin orden de un superior, ¡con lo que a mí me gustaba el turismo en tiempos de guerra!

Los domingos, de nuevo, lavábamos la ropa e íbamos a una pequeña ermita, o lo que quedaba de ella, a oír misa.

Por las noches hacíamos vigilancia cerca de la orilla del río. Las noches eran malas: el frío era extremo y apenas teníamos con qué resguardarnos de él. Pero no todo iban a ser buenas noticias: una noche, de repente, tiró la artillería -se ve que habían llevado a esa zona-, afectando a la estación de Toledo y… ¡al pueblo! La sorpresa fue mayúscula, pues nos habían dicho que el enemigo no tenía artillería en la zona.

La escena fue dantesca: las mujeres, con los hijos en brazos, salían corriendo con gritos y llantos a refugiarse a unas cuevas cercanas. Por suerte no murió nadie, y aunque la artillería cesó el fuego muchos pasaron la noche en las cuevas esperando el amanecer. A nosotros, por fortuna, tampoco nos pasó nada.

Nos enteramos que habían traído la artillería desde Talavera de la Reina… pero si llegan a saber lo caro que les saldría no la hubieran traído. A la mañana siguiente, sobre las diez, empiezan a tirar nuestras baterías a las posiciones de los rojos. Tiraban proyectiles de los pesados, que levantan toneladas de humo y tierra al explotar.

Comenzamos a hacer trincheras. Una compañía de prisioneros trabajaba en arreglar un nuevo ramal para poder llevar el tren a la capital. Lo hacían de noche porque durante el día el enemigo podía verlos.

El veintidós de octubre, doce de la mañana, partimos a otro pueblo, Esquivias, bastante grande, y nos informan que es para dar una rectificación a la vanguardia por la zona de Madrid, que estaba a unos diez o doce kilómetros.

Al día siguiente, domingo, me levanté indispuesto. La noche anterior había bebido mucho vino, pues como íbamos a correr mucho peligro decidimos distraernos bebiendo. Aquella noche dormí poco y lo peor es que al día siguiente tenía servicio de vigilancia. Y llovió toda la mañana; la tarde mejoró algo.

A las cuatro empiezan a llegar las fuerzas que iban a unirse a las nuestras. Las unidades que llegaron fueron banderas de tercio, tabor (un pequeño batallón) de regulares y varios batallones.

Tuvimos suerte: no éramos los primeros en ir a la lucha, pero seríamos los últimos en abandonarla.

Partimos a las dos de la madrugada. No había dormido nada en todo el día.  Pasamos por el pueblo de Seseña, que estaba deshabitado. La quietud de Seseña era un signo de que nos dirigíamos a un frente peligroso. Caminábamos en el mayor silencio que podíamos.

A las seis llegamos a un valle estrecho. Nos dicen que no nos separemos de aquel puesto. Hacía un frío intenso. El sol salió tarde porque el valle era muy hondo.

A las siete comienza a tirar nuestra artillería. Los disparos sonaban cada vez más fuerte. El enemigo, buscando de dónde les tiraban, respondió. Algunos obúses caían cerca de nosotros, pero nos sentíamos protegidos en el valle.

A las dos empieza el tableteo de las ametralladoras.

-Por las mañanas, en ayunas, me tomo de vez en cuando un zumo de una o dos naranjas y el zumo de un limón.

Mi abuelo: hombre prevenido vale por dos.

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