Trincheras en la Guerra Civil Española. Imagen: ociolatino.com
Oscurecía.
Aumentaba el silencio, roto por algún disparo esporádico de fusil. Nuestro trabajo consistía en vigilar. Aguardábamos el contraataque del enemigo, y la oscuridad de la noche les era una buena oportunidad.
Llegaron las diez cuando empieza un fuerte tiroteo seguido de bombas de mano. El enemigo quería aproximarse a las trincheras. Cruzaban el campo unas grandes bengalas que iluminaban todo el terreno para ver si los rojillos se acercaban. A la media hora cesó todo. Empieza a llover: no tengo más que una vieja manta, y quedo al amparo del cielo.
La lluvia era constante y el terreno se volvía arcilloso. La tierra húmeda se pegaba a todas partes, la ropa, la manta, y nuestro estado era bastante lamentable.
A las once empieza otro ataque. El barro había llenado los fusiles y era imposible apuntar con precisión, y había que estar constantemente limpiándolo. La situación se volvió crítica; había que coger las bombas de mano y lanzarlas de vez en cuando. Una de los rojos reventó tan cerca de los parapetos que me llenó la cara y los ojos de tierra.
Había que rezar algo para ver si salía con vida de aquella noche, pues entre el sueño -llevaba tres noches sin dormir-, el agua torrencial, el frío y el tiroteo me sentía desfallecer en aquellos momentos.
También había que salir al polvorín en busca de munición, pasando por encima de los cadáveres de los rojos y algunos de los nuestros. Muchas veces, al ir al polvorín o desplazarte en la trinchera, pisaba vísceras de los muertos, que debido a la metralla estaban esparcidos por allí, y se te erizaban los pelos.
El día aclara. Y después de la noche más larga nos damos perfecta cuenta de dónde nos encontrábamos. Era peligroso de defender: el enemigo no tenía tan difícil recuperar el terreno, y podríamos haber caído prisioneros en el mejor de los casos. Sin embargo, la tranquilidad del cuerpo en que estaba me ayudó a serenarme. El Batallón de Voluntarios de Toledo era conocido por su arrojo en el combate y sus victorias antes las unidades marxistas.
Lo mejor del día es que salió el sol, que nos hacía buena falta para secar las mantas y nuestras ropas. Ese día no bebimos agua: tan sólo latas de sardina, pan de hacía ya varios días, una pequeña lata de carne y chocolate. Aquella noche volverían los contraataques.
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Capítulo XV. Contraataque. Vísceras. Sardinas.






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Miércoles, 2 de Diciembre de 2009 23:27
No me extraña que tu abuelo aún recuerde con tanta nitidez los horribles momentos que vivió en la guerra
No creo que nadie pudiese olvidar algo asi
Dale un gran beso de mi parte
porque recordar esos momentos no le debió resultar nada fácil.
pd: otro beso muy grande para ti
Último artículo del blog de yomisma77… 365 días para no olvidar… 
Jueves, 3 de Diciembre de 2009 23:04
@Yomisma: Muchas gracias por tus comentarios, en cuanto tenga un hueco se lo comento. Tienes razón en ambos comentarios. Por cierto, este es mi primer break de la noche, y no sé si es la oscuridad de la noche pero tengo algo importante que hacer mañana y lo veo negro… Vamos a ver qué pasa. Horas quedan. Besos.