
Cartel de la película El espía que volvió del frío,
basada en la novela homónima de John Le Carré.
Imagen: Vintagescore.
Recordando este incidente del Capítulo XVI:
Al aclarar el día vemos un cadáver a dos metros de las trincheras. El cabo me ordenó a mí y a otro que cogiéramos al muerto y que lo arrastrásemos a la trinchera para luego ser evacuado a retaguardia.
Lo registramos y mi compañero cogió las alpargatas que tenía en el morral, que eran nuevas. Yo le cogí billetes de veinticinco pesetas y de cincuenta, que eran iguales a los nuestros, pero que carecían de valor porque no estaban estampillados -creo que aún los tengo como recuerdo-.
Y pregunté qué había pasado con ese dinero.
-Pues creo que todavía lo tengo -respondió mi abuelo-.
Y en efecto, aún conserva billetes sin estampillar de la época, que me mostró al poco de ir a buscarlos. Según me contó mientras los examinaba, había que llevar aquellos billetes al banco para que pusieran una estampilla. Sin ella, el billete carecía de valor, y era una de las pocas formas que había en aquella época de evitar las falsificaciones. El enemigo estaba lleno, por lo visto, de dinero sin estampillar.
En un principio pensé que había cogido el dinero del muerto porque a él bien poco le iba a servir, y que mi abuelo podría cambiarlo por algo caliente de comer una vez volviera a retaguardia, tabaco, o lo que fuera. Pero lo curioso es lo que me contó a propósito de este hecho.
-El dinero que cogíamos al enemigo teníamos orden de entregarlo inmediatamente y estaba prohibido que nos lo quedáramos. ¡Amigo, pero el hambre es muy negra!
-¿Querían requisar el dinero para comprar armas en el extranjero o para sufragar gastos de la campaña?
-No, no. Para los espías.
Intermezzo 2. Espías.





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