En el frente también me puse enfermo; tanto, que pensé que no lo contaba. Padecí las fiebres palúdicas, y no fue desde luego muy agradable.
Antes de llegar la noche me empezaba la fiebre con mucho frío y mucho temblor en el cuerpo. La cama era a suelo abierto, pues mi compañero de habitación (que siempre nos quedábamos juntos) buscaba hierba seca y la extendía en el suelo haciendo de colchón. Luego ponía la manta encima.
Yo me acostaba, me ponía la manta de él y encima me volvía a poner hierba seca para así tener más abrigo. Él se acostaba entonces a mi lado, de tal forma que si yo comenzaba a sudar, él también. Yo le decía que se retirara un poco que las fiebres palúdicas decían que se contagiaban, pero él no hacía caso y seguía durmiendo conmigo. Las fiebres nunca se le pegaron.
De comida me daban dos botes de leche condensaba, pero yo con una tenía y aún me sobraba. Tomaba algo más a ruego de mi compañero, que siempre estaba insistiendo en que comiera pero yo no tenía apetito debido a la fiebre. El médico del batallón era teniente y por enfermedad no mandaba a nadie al hospital, decía.
Tal era así que uno de mi escuadra murió de gripe.
Como si fuera un perro.
Por no mandarlo al hospital.
De esta forma estuve casi quince días. Tengo que decir que veinte años después, en mi vida civil, volvieron las fiebres, pero gracias a Dios que con un fuerte tratamiento médico desapareció para siempre.
Después de este paréntesis, volvemos al camión que pensábamos que nos dirigía a Madrid. Estos cogen la dirección de Getafe y Carabanchel Alto y Bajo. Por el camino encontramos escuadrones de caballería que, a paso ligero, iban hacia la capital española.
-Entraremos pronto en Madrid -nos decíamos muy agitados unos a otros.
Bajamos de los camiones. Nos llevan a un sanatorio bastante grande. Oíamos las ametralladoras cantando y algunas explosiones de artillería. En el sanatorio nos dicen que no nos quitáramos el correaje, lo que nos extrañó mucho. También nos prohibieron asomarnos a las ventanas para que el enemigo no nos viera. Las trincheras estaban bien cerca.
La artillería enemiga podía tirar allí pero no suponía que allí se alojaban entre cuatro mil o cinco mil hombres. A las seis de la mañana comenzamos a barruntar que entraríamos en acción en cualquier momento y que debía ser la razón de que nos prohibieran salir a las ventanas y quitarnos el correaje. Hasta las doce no salimos de allí.
Luego nos enteramos de todo lo que pasaba en Madrid; aquello fue un levantamiento general por todo el frente madrileño. No habían creído oportuno entrar aún en Madrid. Nos paramos unos días más. ¿Estábamos en el fin de la guerra?
7:34 de la mañana.
-Hoy he dormido de un tirón. Le he dicho a dos o tres amigos unos ejercicios que vi en el programa de Saber Vivir para antes de dormir. Levantas los brazos así… mirando al frente, y luego el cuello lo giras lentamente así…
-Está bien. ¿Te vas a desayunar?
-Sí, ahora me tomo en ayunas el zumo de un limón y de una naranja con miel.
-Está bien eso. Yo no me lo tomaría en ayunas porque me provoco.
Mi abuelo se dirige a la cocina y dice en voz alta, como el sereno que auncia la tranquilidad de la noche:
-Hoy no me baño.
Mi abuelo, nonagenario 100%.
Imagen: rancholasvoces.blogspot.com.
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Capítulo XX. Muere como un perro.






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5 de Febrero de 2010 15:14
Tu abuelo es un hombre muy fuerte, tanto física como mentalmente. Y además tiene mucho sentido del humor!!
Me imagino la escena del “hoy no me baño” y la naturalidad con la que debió decirlo y quedarse tan pancho, jejeje
Me encanta tu abuelo!!
Un abrazo muy grande para los dos!!
5 de Febrero de 2010 16:36
¡Pues sí! A mí me sacó la sonrisa, ya ves, por cierto gracias por tus comentarios, le dan vida al blog y se agradece que lo sigas, otro gran beso de parte de los dos.