A las once de la mañana viene una compañía a relevarnos y nos retiramos a unos kilómetros de allí, en una pequeña casa. Nos dan rancho caliente y el pan, que era poco, lo devoramos enseguida. Por la tarde llovió; el agua se filtraba en aquel cuarto donde teníamos que dormir. Apenas si cabíamos de pie.
Nos dijeron que estuviésemos preparados para salir de un momento a otro, pues había que relevar a la división que nos hizo el relevo anterior. Hasta las once de la noche no habíamos conseguido dormir nada: éramos demasiados.
Pero enseguida se nos quitó el sueño con la gran noticia que trajo el alférez:
-Muchachos, Madrid se ha rendido. Y para vuestro conocimiento, la guerra se acabó.
¡Oh! ¡Qué gran noticia aquella -que podía haber venido mucho tiempo antes-! Empezamos a bailar de lo contento que estábamos y a tirar salvas al aire, pues eran las últimas balas que íbamos a tirar. Nuestro entusiasmo no podía ser mayor ahora que España era toda nuestra.
Continuar leyendo “Capítulo XXIII. Madrid cae: se acabó la guerra.”
Capítulo XXIII. Madrid cae: se acabó la guerra.





Además, este proyecto -el conjunto de artículos de este blog- está registrado en SafeCreative con este número de licencia: